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Arqueología, los restos del pasado
 
 
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 TRAS LAS HUELLAS DE LA HUMANIDAD
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Pirámide de la Luna en Teotihuacán (México).

La arqueología es una disciplina científica que tiene como objetivo la recuperación y el análisis de los restos materiales de las civilizaciones del pasado con el fin de estudiar las características de la vida y la historia de las sociedades pretéritas. Su importancia radica en que, gracias a ella, podemos entender nuestro propio pasado para alumbrar así los episodios ocultos en el desarrollo del ser humano.

EXPLORANDO EL PASADO
La figura del arqueólogo ha evolucionado mucho con el tiempo. En el s. XIX, se consideraba un personaje peculiar, fuera de su momento histórico y obsesionado con el pasado. Era un profesional visto casi como una caricatura. Con el paso del tiempo, se convirtió en una figura casi legendaria debido al enfoque épico utilizado por el cine y la literatura popular (desde el explorador Allan Quatermain hasta el archiconocido Indiana Jones). En la actualidad, el arqueólogo es visto como un científico serio cuyo trabajo permite sacar a la luz materiales que permiten reconstruir de forma objetiva las bases de una civilización para evitar los riesgos interpretativos y sortear las lagunas de las fuentes literarias.

Para ello, el arqueólogo ha utilizado diversas técnicas a lo largo de la historia que van desde la prospección clásica (localizar y determinar la existencia de los restos del pasado mediante la inspección ocular, la toponimia y la cartografía) o los polígonos de Thyssen (construcción geométrica que permite identificar asentamientos arqueológicos) hasta los modernos georradares (el método geofísico más adecuado para exploraciones del subsuelo de escasa profundidad), las fotografías áreas y por satélite (que mejoran los resultados de las prospecciones) y los detectores de metales. Todo ello permite la realización de mejores excavaciones estratigráficas, realizadas mediante planos preestablecidos, y análisis de los restos hallados más certeros, gracias a técnicas como las tomografías axiales computerizadas y los análisis de ADN (muy útiles en el estudio de momias y restos orgánicos).


UNA HISTORIA DE GRANDES DESCUBRIMIENTOS
A pesar de que ya en la edad media y en el renacimiento se encuentran precedentes claros de la arqueología, el enfoque científico de la disciplina no despegó hasta el s. XIX, cuando los eruditos decimonónicos recogieron las teorías sobre historia antigua expuestas por ilustrados como Johann Joachim Winckleman. El pionero fue el danés Christian Jürgensen Thomsen, quien publicó un libro en el cual describía el sistema de las tres edades prehistóricas (piedra, bronce y hierro). Este texto está considerado el primer manual de clasificación arqueológica de la historia. A su vez, destacó la obra del también danés Jens Jacob Asmussen Worsaae, quien sentó las bases de la estratigrafía arqueológica, y del alemán Alexander von Humboldt, quien registró minuciosamente los monumentos y objetos precolombinos.

Los principales ámbitos de estudio de la arqueología del s. XIX y principios del s. XX fueron el origen del hombre, los trabajos sobre el antiguo Egipto (que culminaron con el hallazgo de la tumba de Tutankhamón en 1922) y las excavaciones en Siria y Mesopotamia (que permitieron el hallazgo de las construcciones de Nínive, Ur y Babilonia). Además, en 1870 el alemán Heinrich Schliemann descubrió la mítica ciudad de Troya y más adelante dirigió excavaciones en Micenas y Tirinto. También cabe destacar las investigaciones en cerámica ática del británico John Davidson Beazley. Respecto a América, hay que señalar la localización de numerosas ciudades de época precolombina como Copán, Palenque, Uxmal, Quiriguá, Tiahuanaco o Machu Picchu. Por otro lado, el avance que transformó la arqueología moderna fue el sistema de datación absoluta denominado carbono 14 (isótopo radiactivo del carbono), descubierto en 1946 por el estadounidense Willard Frank Libby. Finalmente, el último movimiento a destacar fue la new archaeology, corriente nacida en la década de 1960 y auspiciada por el estadounidense Lewis Robert Binford, que defendía una arqueología que adoptase los métodos de análisis de la antropología con el objetivo de afianzarse aún más como una ciencia.


ÚLTIMOS DESCUBRIMIENTOS
A inicios del s. XXI, la arqueología no ha parado de ofrecer nuevos e inesperados hallazgos a la luz de las nuevas tecnologías y métodos de investigación. Respecto a los orígenes del hombre, en los últimos años se han hallado en África nuevos fósiles de homínidos que datan la ascendencia humana a hace más de 4 millones de años. Asimismo, las excavaciones en Georgia y en Europa occidental (sobre todo en Atapuerca) han transformado nuestra visión de los primeros asentamientos humanos en climas templados, dotados de unos mayores y más antiguos conocimientos técnicos de lo que se pensaba. Además, el hallazgo en 2004 de un homínido enano en la isla de Flores (una especie de reciente desaparición y contemporánea de los humanos modernos) obtuvo una gran resonancia mundial y aún hoy se desconocen gran parte de sus características. En cuanto a las construcciones fúnebres, cabe señalar el hallazgo de los sepulcros de tres reinas asirias en Nimrud (Iraq), la revelación en 2002 de las tumbas intactas de tres reyes en el yacimiento sirio de Qatna, el descubrimiento en 2005 de una nueva cámara mortuoria en el Valle de los Reyes o el hallazgo en 2002 del arquero de Amesbury, a 5 km de Stonehenge. Pero, quizás, los descubrimientos más impactantes de las últimas décadas han sido los hallados en el yacimiento de la antigua ciudad de Caral, de 4.600 años de antigüedad, en Perú; la antigua aldea de constructores de las pirámides en Gizeh (Egipto); el fuerte de Jamestown, en el estado de Virgina (el primer asentamiento británico en territorio estadounidense); o las ciudades de Canopus y Heráklion en las profundidades del puerto de Alejandría y la bahía de Aboukir. También han destacado los descubrimientos de algunos de los santuarios más antiguos del mundo en Göbekli Tepe, en Turquía; las excavaciones en la enorme Pirámide de la Luna en Teotihuacán (México); o los restos de sacrificios rituales en Huaca de la Luna (Perú). Por último, como curiosidad, se podría apuntar los trabajos de rescate de pecios y embarcaciones hundidas como el HMS Pandora (un barco destinado a capturar a los amotinados del Bounty), el submarino Hunley y el acorazado USS Monitor (ambos fechados en la guerra de Secesión).

LA PERSPECTIVA DE LA FICCIÓN
La popularización de la arqueología causada por la enorme repercusión internacional que obtuvo el descubrimiento de la tumba de Tutankhamón causó una gran fascinación por la disciplina en escritores y cineastas. No obstante, la pasión por el descubrimiento de mundos pretéritos desconocidos ya había comenzado previamente en la literatura de aventuras como en Las minas del rey Salomón (1885), de Henry Rider Haggard, El hombre que pudo reinar (1888), de Rudyard Kipling, o El mundo perdido (1912), de sir Arthur Conan Doyle. Pese a todo, fue a partir de las décadas de 1920 y 1930 cuando la figura del arqueólogo intrépido se hizo muy popular gracias a la producción cinematográfica. En esa época, se comenzaron a filmar numerosas expediciones y descubrimientos arqueológicos en todo el mundo, lo que dio origen a un subgénero documental cada vez más especializado. Sin embargo, la creación cinematográfica vinculada a la arqueología más exitosa fue la ficción sobrenatural y la de aventuras. Así, se filmaron obras clásicas relacionadas con el antiguo Egipto (La momia, 1932, de Karl Freund; Tierra de faraones, 1955, de Howard Hawks), la Roma clásica (Escipión el africano, 1936, de Carmine Gallone; Los últimos días de Pompeya, 1960, de Mario Bonnard) o la América precolombina (El secreto de los incas, 1954, de Jerry Hopper).

Pero, sin duda, el personaje más famoso y el que más ha contribuido a la popularización de la figura del arqueólogo (y también a cierta tergiversación de su función) ha sido Indiana Jones, protagonista de cuatro célebres filmes dirigidos por Steven Spielberg entre 1981 y 2008. Otros títulos recientes muy exitosos han sido el remake de La momia (1999), de Stephen Sommers, y sus secuelas; la adaptación del videojuego Lara Croft: Tomb Raider (2001), de Simon West; la naturalista Apocalypto (2006), de Mel Gibson; la superproducción de aventuras La búsqueda (2004), de Jon Turteltaub; y la española Ágora (2009), de Alejandro Amenábar. Además, numerosos autores de best-sellers literarios, como Michael Crichton, Jean M. Auel, Ken Follett, Douglas Preston, Lincoln Child o Matilde Asensi, han empleado diversos elementos de la arqueología en sus obras.


LA AMENAZA DE LA PSEUDOARQUEOLOGÍA
No obstante, la fantasía relacionada con la arqueología no solo se ha limitado a los ámbitos de la ficción, sino que también ha generado teorías absurdas y espectaculares en torno a la propia ciencia arqueológica. Por ejemplo, el descubrimiento de la tumba de Tutankhamón y las posteriores muertes de algunos de los personajes que estuvieron involucrados en su hallazgo provocaron la extendida creencia de que el material de la tumba causaba graves enfermedades, a causa de una presunta maldición del faraón. Asimismo, desde hace siglos se especula sobre la existencia real de la Atlántida, territorio mítico ideado por el filósofo griego Platón en sus textos políticos. Recientemente, se ha querido justificar en algunos círculos la posible existencia de restos arqueológicos que podrían demostrar la veracidad de episodios míticos procedentes de la tradición bíblica como el Éxodo o el arca de Noé, totalmente rechazados por la comunidad científica.

Por otro lado, desde la década de 1960 se ha ido extendiendo la manipulación de ciertas evidencias del pasado para justificar una presunta y risible visita de extraterrestres en el pasado (entre otras teorías inauditas), fomentada sobre todo por sectas religiosas extremas, grupos de paracientíficos y divulgadores poco rigurosos. Así, construcciones como las pirámides mayas o egipcias, extraños objetos como la máquina de Anticitera o el mapa de Piri Reis, las calaveras deformadas por la cultura Paracas o las espectaculares líneas de Nazca han servido para generar una pseudociencia arqueológica que pretende esclarecer los misterios del pasado con hipótesis cercanas a la ufología, la superchería y las leyendas.

Todo ello ha provocado que los entendidos en la materia consideren muy perniciosa esta tendencia porque puede desviar la atención del interesado sobre el verdadero valor de la arqueología hacia teorías del todo disparatadas, destinadas a fomentar la ignorancia por intereses creados. Estos especialistas consideran que el rigor científico es la única herramienta fiable para explicar la mayor parte de los misterios de la historia. Gracias a ello, la arqueología permite separar la realidad de la ficción y este valor debe ser protegido de la acción de las pseudociencias.


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