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Dinosaurios, los gigantes del pasado
 
 
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 REPTILES GIGANTESCOS
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Los esqueletos de dinosaurios hallados a menudo se muestran en museos de historia natural.

Durante siglos los dinosaurios fueron los reyes del planeta, unos gigantescos reptiles que dominaron la superficie de la Tierra mucho antes de que apareciera el primer ser humano. El encuentro de sus huesos fosilizados a lo largo de la historia dio lugar a múltiples leyendas. Los chinos los consideraban dragones, mientras que los europeos creían que eran los monstruos que se habían ahogado en el diluvio universal descrito en la Biblia. La palabra dinosaurios significa literalmente “lagartos terribles”, aunque en realidad los dinosaurios no son lagartos. El hallazgo de sus enormes fósiles dejó de piedra a los científicos del siglo XIX, que se enzarzaron en una auténtica batalla por desenterrar sus huesos y descubrir especies nuevas.

MONSTRUOS DE PIEDRA
La historia de los dinosaurios partió de una premisa errónea que dominó la investigación científica durante décadas: creer que los enormes fósiles de huesos que se encontraban pertenecían a un tipo de lagarto de gran tamaño. Hasta mediados del siglo XIX no se determinó que aquellas piezas que sobrepasaban la talla de cualquier animal actual pertenecían a un orden de especies totalmente diferente y desconocido: los denominados reptiles arcosaurios.

En 1812 en Lyme Regis, una localidad costera del condado de Dorset (Reino Unido), una niña de unos 12 años llamada Mary Anning halló mientras jugaba cerca de unos acantilados el fósil de un extraño monstruo marino de casi cinco metros de longitud. El descubrimiento de este reptil-pez, al que se denominó ictiosaurio, animó a la joven a seguir recolectando fósiles que después vendía a los turistas. Fascinada por sus hallazgos, Anning dedicó toda su vida a buscar entre las piedras restos de estos seres cuya especie nadie sabía determinar con exactitud. Encontró así el primer plesiosauro, otra especie marina que tardó casi diez años en desenterrar, y un pterodáctilo, un curioso reptil alado. Aunque ninguno de estos seres era técnicamente un dinosaurio –de hecho en aquella época este término ni siquiera se había creado– sus descubrimientos sirvieron para despertar el interés de los científicos ante la evidencia de que la Tierra había albergado hacía milenios criaturas asombrosas, completamente distintas de cualquier ser hasta entonces conocido.

En 1822 la esposa del médico británico Gideon Algernon Mantell encontró un diente fosilizado de lo que podía ser un gigantesco animal que había habitado la Tierra antes de la aparición del hombre. En un principio los restos fueron enviados a París, al laboratorio del renombrado anatomista francés Georges Cuvier, quien los identificó erróneamente como los de un rinoceronte. Descontento con esta respuesta, Mantell consultó a otros especialistas y averiguó que aquella pieza correspondía a la dentadura de un enorme monstruo que se asemejaba a las iguanas actuales, por lo que decidió llamarlo Iguanodon. La ciencia demostraría con los años que estas especies ni siquiera están emparentadas, pero la hipótesis abría una nueva vía de estudio en el ámbito de la zoología. Sin embargo, había opiniones que pesaban más que otras y, tras la descalificación de Cuvier, los científicos londinenses consideraron que las observaciones de Mantell no tenían validez, puesto que eran la simple opinión de un médico aficionado a la geología. A pesar de sus carencias, el aficionado había acertado en todo: aquel diente pertenecía a un animal herbívoro, probablemente un reptil de más de tres metros de longitud que había vivido en el período Cretácico. Nunca se había visto nada como aquello.

Después de enviar más restos a Cuvier, el zoólogo francés le escribió y se retractó de su primera impresión: efectivamente, aquellos dientes pertenecían a un animal desconocido. Entonces Mantell quiso dar a conocer su descubrimiento ante la Real Sociedad para el Avance de la Ciencia Natural, el principal grupo de científicos británicos. Pero su amigo, el profesor de Geología de la Universidad de Oxford, William Buckland, le aconsejó que no se precipitara y estudiara mejor su hallazgo. Buckland se la jugó: había encontrado restos de un enorme ejemplar antediluviano en una cantera de Oxfordshire (Reino Unido) y quería ganar tiempo para estudiarlo a fondo. Dos años después, Buckland presentó su hallazgo, al que llamó Megalosaurus bucklandii ante la Real Sociedad y pasó a la historia por realizar la primera descripción de este tipo de monstruos en un diario científico.

El traicionado Mantell nunca se rindió, montó un museo de fósiles que no fue del todo bien, y en 1833 encontró los restos de un gigantesco Hylaeosaurus armatus. A pesar de sus hallazgos, el hecho de no ser un investigador profesional le vetó las puertas de los círculos científicos, sobre todo después de que el paleontólogo Richard Owen le desacreditase y se atribuyera gran parte de sus descubrimientos.


EL CIENTÍFICO DEPREDADOR
Según afirma el escritor Bill Bryson en su libro Una breve historia de casi todo, Richard Owen fue un personaje oscuro y mezquino que manipuló durante años a la sociedad científica londinense. Bryson asegura que este acérrimo detractor de Charles Darwin se aprovechaba de los estudios de otros, se inventaba los datos de su currículum y plagiaba a científicos emergentes para, después de adjudicarse sus méritos, desautorizarlos en público. Era un depredador nato, dispuesto a quitar de su camino a cualquiera que pudiera hacerle sombra. A pesar de sus malas prácticas, Owen se convirtió en toda una eminencia, por lo que no le fue difícil que en 1841 la comunidad científica aceptara su término Dinosauria (lagartos terribles) para nombrar un grupo taxonómico nuevo en el que incluyó al iguanodon, al megalosaurio y al hileosaurio. Se apropió así de los descubrimientos de Mantell y aprovechó un accidente de este para destruir los estudios que el científico aficionado había realizado antes que él.

El tiempo pondría a Owen en su lugar y desacreditaría parte de sus teorías: los dinosaurios eran reptiles pero no lagartos, y tampoco todas sus especies eran gigantescas. A pesar de su error etimológico, el término siguió utilizándose y dentro del superorden Dinosauria quedaron incluidos aquellos reptiles arcosaurios que presentaban características morfológicas como la cavidad pélvica y el fémur articulado con la cadera por medio del cóndilo.


MOVIMIENTOS DE CADERA
El secreto de los dinosaurios está en la cadera. Hasta 1858 se pensaba que poseían unas extremidades similares a las de los lagartos que les obligaban a caminar a cuatro patas. Esta creencia, promovida por los hallazgos de esqueletos incompletos, estableció la teoría inicial de que eran cuadrúpedos. Sin embargo, este error no tardó en disiparse. En 1858 el paleontólogo William Parker Foulke descubrió en la pequeña localidad de Haddonfield (Nueva Jersey, Estados Unidos) el primer esqueleto de dinosaurio casi completo, que evidenciaba un hecho insólito: aquel animal tenía una postura bípeda, es decir, al igual que los hombres y las aves, caminaba sobre dos patas. La posición de las extremidades por debajo del cuerpo (como los mamíferos) y no en los costados (como los lagartos) despertó la curiosidad de los científicos.

Estudios posteriores que se basaron en la disposición ósea de las extremidades completaron el superorden Dinosauria. Sin embargo, a diferencia de lo que creía Owen, los dinosaurios no constituían uno, sino dos órdenes de reptiles diferentes: los ornitisquios, de cadera similar a las de las aves (Ornithischia), y los saurisquios, de cadera de reptil (Saurischia). La diferencia básica radica en el hueso pélvico, que en los ornitisquios se dispone hacia atrás (de forma similar a las aves), mientras que en los saurisquios se dirige hacia delante (como en el caso de los reptiles).

La disposición de la cadera ha llevado también a una hipótesis que en la actualidad se considera prácticamente indiscutible y que afirma que las aves proceden de los dinosaurios. La explicación radica en que la postura erecta no se da en los reptiles actuales, que poseen un origen más primitivo que el de los dinosaurios, pero sí en los pájaros. Debido a esto, después del descubrimiento del archaeopteryx, la mayoría de los estudios apuntan a que las aves son el resultado evolutivo de pequeños dinosaurios carnívoros carroñeros (Coelosaurus) que vivían en los árboles durante el período jurásico. El Archaeopteryx se considera el eslabón intermedio entre los dinosaurios y las aves. Era un terópodo con la pelvis saurisquia y cola de lagarto (ninguna ave actual posee cola como prolongación de su columna vertebral), pero tenía pico con dientes y alas con plumas. Se considera que poco a poco en el proceso evolutivo el hueso del pubis de este tipo de dinosaurio fue apuntando hacia a atrás como ocurre en las aves actuales, debido a que esta disposición era más apta para volar.

Por tanto, a pesar de lo que parecía evidente para los científicos del siglo XIX, hoy se sabe que las aves actuales descienden del suborden de los saurisquios terópodos y no de los ornitisquios. El hecho de que los ornistisquios posean una pelvis similar a las de las aves es pura coincidencia y se da a menudo en la naturaleza: muchos organismos diferentes acaban coincidiendo en formas similares de su anatomía aunque no tengan ningún parentesco genético, como por ejemplo los tiburones (que son peces) y los delfines (mamíferos). La evolución es así de caprichosa.


CÓMO DISTINGUIR UN DINOSAURIO
Los dinosaurios dominaron la superficie de la Tierra durante más de 160 millones de años. Existió un gran número de especies, que se esparcieron por los cinco continentes entre el Triásico superior y el Cretácico superior. Entre su clasificación alimentaria había herbívoros, carnívoros, omnívoros e insectívoros. Todos eran animales terrestres y ovíparos, y se cree que ponían sus huevos de forma similar a las aves, es decir de uno en uno (aunque estudios recientes que se basan en el ejemplar de una hembra con dos huevos en su pelvis encontrado en la provincia china de Jiangxi aseguran que lo hacían de dos en dos). Algunos se caracterizaban por poseer una piel dura y escamosa, aunque se sabe que otras especies como el Beipiaosaurus o el Microraptor tuvieron plumas que no se han conservado en el proceso de fosilización. Algunas variedades, como el Hydrosaurus, vivían en manadas o en colonias, pero otros preferían permanecer en solitario. Su tamaño era muy variable y resultaba voluminoso en algunas especies como el Tyrannosaurus, que superaban los cinco metros de altura y los 13 metros de largo, pero también existían algunos tipos, como el compsognathus, que no alcanzaban la talla de una gallina actual. Del mismo modo, existieron dinosaurios bípedos, cuadrípedos y algunos tipos muy específicos, como el Ammosaurus y el Iguanodon, podían adoptar ambas opciones. En todos, la morfología de la cadera les permitía mantener una posición erecta en la que los miembros del cuerpo se mantenían por debajo del cuerpo, lo que repercutía en una mayor eficiencia locomotriz. Sin este tipo de cadera los dinosaurios lo hubieran tenido muy difícil para desplazarse debido a su gran peso. Aun así, a excepción de algunas especies veloces como el Tyrannosaurus, se cree que la mayoría de los dinosaurios se caracterizaba por un caminar lento.

Entre sus habilidades, los dinosaurios podían construir nidos donde depositar los huevos. Algunos científicos han demostrado que especies como el Microraptor eran capaces de trepar a los árboles, mientras que otras como el Oryctodromeus cavaban madrigueras, capacidades que resultan sorprendentes, pues hasta entonces se consideraba que este tipo de acciones era solamente exclusivo de los mamíferos del Cenozoico.

El estudio de estos grandes reptiles ha ido derribando viejos mitos y creencias. Pero la discusión que enfrenta a los científicos desde 1968 se centra en determinar si los dinosaurios tenían la sangre fría, al igual que los reptiles, o caliente, como las aves y los mamíferos. En un principio se dio por hecho que eran animales de sangre fría. Sin embargo, los estudios de Robert T. Bakker realizados en los años sesenta y el descubrimiento del Deinonychus, un dinosaurio depredador que habitó en Norteamérica, por parte del paleontólogo John Ostrom pusieron en duda esta tesis. Para ambos científicos, los dinosaurios eran endotérmicos, es decir, tenían la sangre caliente y eso explicaría que en algunos casos tuvieran plumas para aislarse y que pudieran vivir en regiones semipolares, al contrario que los lagartos y las serpientes, que no soportan el frío.


LA GUERRA DE LOS HUESOS
Todas estas conclusiones no habrían sido posibles si el siglo XIX no se hubiera desatado la fiebre por encontrar evidencias fósiles que dieran una explicación exacta de cómo fueron los dinosaurios. Comenzó así la denominada Guerra de los Huesos, una competitiva carrera llevada hasta la extenuación por Edward Drinker Cope y Othniel Charles Marsh en el oeste de Estados Unidos. Estos jóvenes estadounidenses provenían de familias de economía desahogada, por lo que no tuvieron inconvenientes para dedicarse a competir para ver quién era capaz de conseguir más huesos fosilizados de dinosaurio. Empezaron siendo colegas e incluso tuvieron detalles propios de una gran amistad: cada uno usaba el nombre del otro para bautizar sus propios descubrimientos. Sin embargo, algo debió de pasar entre ambos en 1869 para que a partir de esa fecha se profirieran un odio mutuo hasta la muerte. Su rivalidad les llevó a embarcarse en varias excavaciones por todo el país con el único objetivo de encontrar más huesos de dinosaurios que el otro. El período coincidía con la fiebre del oro en el oeste estadounidense, por lo que los dos buscadores de huesos fueron calificados de auténticos chalados por los buscadores de pepitas con los que compartían territorio. Solo dos millonarios podían dedicar sus esfuerzos a buscar huesos petrificados en regiones en las que todo el mundo buscaba oro.

La competición les llevó a protagonizar escenas absurdas, como batallas de piedras cuando se veían obligados a trabajar en yacimientos cercanos, burlas y descalificaciones en revistas científicas e incluso robos de muestras y mercancías. Marsh dejó a su enemigo en ridículo cuando demostró que la reconstrucción del esqueleto de un elasmosaurus que Cope había llevado a cabo era errónea, pues había colocado la cabeza al final de la cola y no del cuello. Cope por su parte se mofaba de su rival públicamente al recordar que Marsh se había paseado por el yacimiento de fósiles de Como Bluff, en Wyoming, sin percatarse de que los cientos de piedras que se encontraban allí esparcidos a la intemperie no eran troncos fosilizados, sino auténticos huesos de dinosaurio.

Esta rivalidad fue muy provechosa para la ciencia, pues en apenas tres décadas se descubrieron 142 especies de dinosaurios en suelo estadounidense, un hecho insólito si se tiene en cuenta que antes de la denominada Guerra de los Huesos este número no llegaba a nueve. Su obsesión por ser los primeros les llevaba muchas veces a no contrastar sus hallazgos, por lo que se atribuyeron hasta 22 veces el descubrimiento de una especie que ya estaba clasificada, el Uintatherium anceps. Su precipitación provocó un problema tremendo a la hora de clasificar científicamente algunas especies, hasta tal punto que incluso hoy varios de sus errores no han sido aclarados. Del mismo modo, en su guerra llegaron a utilizar métodos tan poco ortodoxos como el uso de dinamita, que les ayudaba a cavar más rápido pero destrozaba los fósiles.

Cope murió en la indigencia en 1897, tras gastar toda su fortuna en su obsesión. Por el contrario, Marsh falleció en 1899 en su mansión de Nueva York rodeado de lujos. La Guerra de los Huesos quedó sin un vencedor claro. Desde el punto de vista cuantitativo, ganó Marsh, ya que encontró 86 nuevas especies frente a las 56 de su oponente. Pero en el aspecto cualitativo Cope le superó al clasificar casi 1.300 especies nuevas de fósiles (no solo de dinosaurios) y al publicar 1.400 artículos científicos, más del doble que su competidor. Cope encontró además las especies más famosas, como el Triceratops, el Allosaurus, el Diplodocus y el Stegosaurus. La rivalidad perduró hasta la muerte de ambos investigadores. Tal vez sus huesos aún se están peleando.


LA FIEBRE DE LOS DINOSAURIOS
A la Guerra de los Huesos le sucedió en 1898 el descubrimiento de más de cuarenta toneladas de fósiles en Bone Cabin Quarry, muy cerca del yacimiento de Como Bluff, lo que despertó un interés por estudiar los dinosaurios que se extendió a varios rincones del mundo. Desde entonces el ritmo de los hallazgos se aceleró. En 1902 Barnum Brown desenterró en Wyoming (Estados Unidos) el esqueleto casi completo de uno de los dinosaurios más famosos, el Tyrannosaurus rex. Este enorme depredador, carnívoro y bípedo, llamaba la atención por su gran cabeza, su cuello corto y sus pequeñas extremidades delanteras, pero sobre todo por poseer la dentellada más voraz de la prehistoria, equivalente a una fuerza de presión de cuatro toneladas. También en Wyoming se encontró en 1907 el esqueleto de un diplodoco de más de treinta metros, todo un récord de longitud. Hacia 1910 se halló en Tanzania el esqueleto completo de un Brachiosaurus, que se puede observar actualmente en el Museo Humboldt de Historia Natural de Berlín. Sus 12 metros de altura le convirtieron durante décadas en el más alto y pesado de todos los dinosaurios (se calcula que su peso debió situarse en torno a las cincuenta toneladas).

Además de estas cifras de récord, se han hallado piezas de incalculable valor como el fósil desenterrado en 1971 en el desierto de Gobi (Mongolia), que arrojó nuevas luces sobre el comportamiento de estos animales. En concreto, esta pieza sirvió para determinar cómo cazaban algunas especies carnívoras, pues en ella se observaba un Velociraptor en el momento en que atacaba con sus garras a un Protoceratops. Posiblemente, un alud de tierra provocado durante la lucha sepultó a los dos ejemplares en plena acción. El tiempo fosilizó los restos y la escena quedó inmortalizada como si fuera una fotografía de gran valor testimonial.

A partir de los años setenta, la excavación en nuevas zonas de Latinoamérica y China desenterró nuevos vestigios del pasado. Los huesos de un Diplodocus hallorum hallados en 1979 en Nuevo México sorprendieron por sus cincuenta metros de vértebras. Se pensaba hasta entonces que los dinosaurios de mayor tamaño habían vivido en Norteamérica y en África, pero las excavaciones en las regiones latinoamericanas más inhóspitas, sobre todo en Argentina, arrojaron nuevas luces. En 1989 los paleontólogos de Neuquén, una de las zonas de la Patagonia más ricas en fósiles, desenterraron un Argentinosaurus de más de cien toneladas de peso, por aquel entonces el mayor dinosaurio hallado en el mundo. Sin embargo, el Sauroposeidon encontrado en Oklahoma (Estados Unidos) en 1994 demostró que con sus 18 metros de altura no tenía rival sobre la Tierra.

A juzgar por el gran número de descubrimientos recientes nadie diría que Marsh y Cope murieron hace más de un siglo, pues la Guerra de los Huesos continúa en la actualidad. En 2007 un grupo de científicos argentinos y brasileños descubrieron una nueva especie de titanosaurio, el Futalongkosaurus dukei, un colosal reptil herbívoro que habitó la Patagonia durante el Cretácico, hace 87 millones de años. Con sus 33 metros de longitud, este ejemplar es uno de los dinosaurios más grandes jamás encontrados. En 2014 un equipo internacional de científicos descubrió que el Spinosaurus aegyptiacus, un dinosaurio depredador del Cretácico, era capaz de nadar. En 2015 se dio a conocer el descubrimiento de Yi qi, un pequeño dinosaurio chino con alas de murciélago. El estudio de los fósiles de dinosaurios sigue arrojando luz sobre las características, la vida y la evolución de estos fascinantes animales del pasado.


EL METEORITO EXTERMINADOR
Se desconoce cuál fue la causa de la desaparición de todos los dinosaurios (a excepción de las aves) hace 65 millones de años. Se sabe que algún momento del Cretácico superior se produjo una extinción de entre un 50 y un 70% de los pobladores del planeta. La teoría más aceptada es el impacto de un meteorito contra la superficie de la Tierra. El físico Luis Walter Álvarez y su hijo, el geólogo Walter Álvarez, determinaron en los años setenta que un meteorito había caído hace 65,5 millones años en la península de Yucatán (México), donde provocó el cráter de Chicxulub, de más de 170 kilómetros de diámetro. Esta colisión trajo consigo grandes tsunamis, terremotos y fuegos que amenazaron la vida en el planeta. El impacto provocó además una gran nube de polvo que impidió que la luz del Sol llegara durante meses a la Tierra, lo que propició un cambio climático y un descenso de la temperatura que alteró la vida de todas las especies, tanto animales como vegetales. Privadas de la luz solar, la mayor parte de las zonas verdes del planeta desaparecieron, hecho que afectó a los grandes herbívoros, que perecieron ante la falta de alimento. La muerte de estos repercutió a su vez en los dinosaurios carnívoros, que también murieron. En esta escalada de muerte solo sobrevivieron las especies que lograron adaptarse, principalmente mamíferos y aves, que se vieron obligados a modificar sus costumbres en un amplio proceso evolutivo de selección natural.

La teoría de la nube de Oort, propuesta por el astrónomo holandés Jan Oort, apunta a una explicación similar, aunque en lugar de un único meteorito asegura que los dinosaurios desparecieron debido a una lluvia de cometas y asteroides que colisionaron contra la superficie de la Tierra durante un largo período de tiempo.

Fuesen uno o varios meteoritos, el caso es que los dinosaurios no lograron sobrevivir mucho tiempo, aunque varios fósiles hallados en Nuevo México (Estados Unidos) han confirmado que al menos algunos ejemplares de Hadrosaurus sobrevivieron hasta principios del Paleoceno (Cenozoico inferior). Los descubrimientos arrojarán en un futuro nuevas luces sobre cómo eran y cómo vivieron los primeros y gigantescos pobladores del planeta. Mientras tanto, el misterio de los dinosaurios continuará fosilizado bajo la superficie de la Tierra a la espera de ser desenterrado.


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