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Polo Norte, los fríos confines del planeta
 
 
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 LA AMENAZADA TIERRA DEL HIELO
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En verano desaparece del océano Ártico casi el 40% de los bloques de hielo.

El Polo Norte es, hasta el momento, la mayor masa de agua helada del planeta. Sin embargo, el aumento de la temperatura de la Tierra amenaza con provocar el deshielo del océano Ártico y poner en riesgo todo su ecosistema. En el último siglo, las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero han incrementado la temperatura media del planeta en 0,8 grados centígrados. Según la ONU esta temperatura seguirá aumentando al menos durante un siglo, y cada vez lo hará a mayor velocidad. De hecho, desde 1880 la extensión del hielo se reduce notablemente en verano y en la actualidad casi el 40% de mar helado desaparece durante el agosto. Las predicciones del Informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC) aseguran que a partir de 2030 la región estará completamente libre de hielo durante el período estival. Si no se hace nada para conseguir remediarlo, la enorme masa de agua helada del Polo Norte se derretirá y el cambio será irreversible.

Pero aunque el deshielo supone una gran amenaza para el planeta, a algunos países limítrofes podría beneficiarles económicamente. Ahí está el verdadero peligro, pues la desaparición del hielo provocaría un desastre ecológico, pero facilitaría la explotación de las balsas petrolíferas de la zona y abriría nuevas rutas de navegación entre Europa y Asia sin necesidad de pasar por el canal de Panamá. Los siete kilómetros cuadrados de hielo permanente constituyen, desde la Guerra Fría, una de las regiones de mayor actividad científica del planeta, la excusa perfecta para que varias naciones con intereses en la zona hagan circular sus banderas por sus heladas aguas. Como si fuera una partida de Risk, el Polo Norte está en juego y varias potencias esconden sus ases en la manga.


UN FUTURO DERRETIDO
El Polo Norte es un paisaje que ofrece unas condiciones únicas en la Tierra. A diferencia de la Antártida, el vasto continente helado que ocupa el Polo Sur, el Polo Norte apenas cuenta con plataforma terrestre. Su territorio está ocupado por el Ártico, un gran océano helado en el que coexisten grandes masas inamovibles de hielo con enormes icebergs que flotan a la deriva en sus aguas. El Ártico es un mapa cambiante, con rutas de navegación que se abren durante el verano y largas llanuras de hielo durante el invierno.

En 2007 saltaron todas las alarmas cuando las imágenes vía satélite mostraron que la capa de hielo del Polo Norte estaba disminuyendo. Los científicos alertaron entonces de que el cambio climático había derretido en un año la misma cantidad de hielo que se había fundido en los últimos 15 años. El Polo Norte vivía los efectos del calentamiento global y padecía el mayor deshielo marino desde que se tienen datos. Lo peor es que ningún estudio se había planteado este descenso acelerado. Los informes del IPCC concluyeron que, si no se ponía remedio, para antes del año 2030 el océano Glacial Ártico podría quedar vacío de hielo marino. Este hecho podría causar estragos en el ecosistema y provocaría la desaparición de especies como los osos polares, unos plantígrados que durante el invierno son capaces de vivir en el hielo sin necesidad de pisar tierra firme. Además, la entrada de aguas procedentes del Atlántico destruiría el plancton ártico, que posee unas características propias, y alteraría toda la fauna marina, que quedaría expuesta a una mayor radiación solar.

El deshielo del Polo Norte podría tener también consecuencias muy negativas para las poblaciones indígenas que habitan en la zona del Ártico. Mientras que el Comité Científico Internacional del Ártico (IASC) se ocupa de coordinar la investigación en la zona, el Comité Ártico (CA) es el organismo internacional encargado de velar por la seguridad de las minorías étnicas, cuyos territorios ya se están viendo afectados por la disminución del hielo. La apertura de nuevas rutas de navegación y la falta de delimitación territorial en zonas que durante siglos han permanecido heladas y cuyo mapa se transforma en cada estación suponen las principales amenazas para estas poblaciones.

En febrero de 2009 la expedición Catlin Arctic Survey confirmó que el hielo ártico era mucho más frágil de lo que se pensaba. Los tres exploradores británicos que la formaban no pudieron completar la travesía de mil kilómetros hasta el Polo Norte geográfico, pues las condiciones meteorológicas y el escaso grosor del hielo ponían en peligro su seguridad. El director de la expedición, Pen Hadow, aseguró que el hielo encontrado era casi todo hielo joven de apenas un año de antigüedad, lo que vendría a confirmar que el Ártico se está calentando a un ritmo que duplica el del resto del planeta. El grosor medio del hielo analizado con un radar Sprite (un sistema portátil capaz de penetrar en el hielo) era de 1,77 metros, cuando se esperaban encontrar una media de tres metros. Además, apenas encontraron hielo azul, color que adquiere el agua de mar congelada cuando tiene varios años de antigüedad. Las alarmas saltaron de nuevo.


EFECTOS DEL CALENTAMIENTO
La desaparición del hielo del Polo Norte causará estragos en todo el planeta, pues provocará alteraciones en la denominada cinta transportadora oceánica, un sistema natural de corrientes oceánicas que lleva el calor de las aguas ecuatoriales a los polos. De esta manera la temperatura de los mares se rebaja, lo que hace que el clima no sea tan extremo cuando se avanza hacia estas latitudes. Las enormes masas heladas del Polo Norte son importantes para la vida en la Tierra porque actúan como un factor regulador de la temperatura del agua, contribuyen a rebajar el calentamiento global y favorecen la circulación oceánica y atmosférica.

El calentamiento del Ártico no solo supondría un desastre ecológico por la destrucción de unos hábitats que durante siglos han permanecido inalterados, sino también por la liberación de sustancias muy contaminantes que permanecen aisladas en el interior de las grandes masas de hielo. Si los contaminantes orgánicos persistentes llegan a las aguas del Ártico y se introducen en la cadena alimentaria de la zona podrían causar estragos en el plancton, que quedaría expuesto a mayor radiación solar, en los peces y en la fauna polar de la región hasta llegar a afectar a los grupos humanos, como los pueblos inuit. Además, este cambio se produciría de forma abrupta y desplazaría hacia la zona especies animales y vegetales que, atraídas por la mayor cantidad de luz en el agua y por el aumento de la temperatura, lograrían extinguir las variedades autóctonas. Los biólogos lo tienen claro: una vez que esto ocurra, ya no habrá marcha atrás.


A LA CONQUISTA DEL POLO
No solo el calentamiento global supone una amenaza para el Polo Norte. También la crisis energética y el agotamiento de los combustibles fósiles se encuentran entre los principales factores que pueden acelerar la destrucción de la zona. En el Ártico se encuentran el 25% de las reservas de petróleo y gas del planeta. Bajo su superficie helada, en un subsuelo cuya profundidad exacta se desconoce en muchas zonas, se ocultan balsas de crudo y gas natural aún sin explotar. La región es por tanto un lugar codiciado que ya ha despertado el interés de los países limítrofes y de las multinacionales. Multitud de proyectos científicos sirven de justificación a varios países para exhibir su presencia en el Ártico en lo que promete convertirse en una guerra más fría que la mantuvieran Estados Unidos y la Unión Soviética durante años.

En 2007, una expedición científica rusa compuesta por dos minisubmarinos alcanzó el fondo marino en la vertical del Polo Norte. A pesar de que Rusia había destacado el interés científico de su expedición, el despliegue de su bandera a 4.000 metros de profundidad bajo el Ártico desató una oleada de críticas entre los que veían en la hazaña rusa un claro interés por ser los primeros en llegar a la zona, situada en aguas internacionales. Muchos ecologistas hablaron de “conquista” y se preguntaron entonces el porqué de ese interés ruso por gastar millones de dólares en investigar en el subsuelo ártico, algo que no se hacía desde que en 1958 los estadounidenses enviaron a la zona el submarino nuclear Nautilus. Pronto hallaron una respuesta.

La Tercera Conferencia de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar estableció en 1982 que las aguas territoriales de un país corresponden a 12 millas náuticas contadas a partir del fin de su plataforma continental. Además, la ley, aprobada por 119 naciones, concede una zona de explotación económica adicional de 200 millas, en la que el país tiene derechos exclusivos sobre las aguas y el lecho marino. Esto permite a los países costeros pescar en estas aguas y extraer petróleo del subsuelo. Sin embargo, esta Ley del Mar establecía que a partir del 1 de enero de 2009 los países podrían solicitar la extensión de estas 200 millas. Si Rusia pudiera demostrar que su plataforma continental se extiende por debajo de gran parte de las aguas del Ártico, todas las reservas naturales de gas y petróleo quedarían en su zona legítima de explotación y entraría en conflicto con otros países, como Canadá, Islandia, Suecia, Noruega, Finlandia, Estados Unidos (a través del estado de Alaska) y Dinamarca (a través de la isla de Groenlandia).

Además, el interés económico ruso se hace patente en sus obstáculos para que otros países realicen investigaciones en la zona. Así, es el único país bañado por el Ártico que mantiene duras restricciones para que los científicos lleven a cabo su trabajo. No lo prohíbe directamente desde el fin de la Guerra Fría, pero aquellas expediciones extranjeras que desean cruzar sus aguas deben pagar unos impuestos desorbitados. Las autoridades rusas alegan que estas tasas son necesarias debido al alto coste que tendrían las operaciones de rescate en caso de emergencia. Sin embargo, los científicos consideran que se trata de medida disuasoria para que la zona se mantenga en exclusiva bajo control ruso.

Este proteccionismo y el fin de la Ley del Mar de 1982 han provocado que los países bañados por el Ártico, entre ellos varias potencias mundiales, comiencen a posicionarse para reivindicar su trozo del pastel helado. Canadá quiso restar importancia al gesto ruso y su ministro de Asuntos Exteriores, Peter MacKay, aseguró: “Esto no es el siglo XV y no se puede ir por ahí plantando banderas y diciendo ‘este territorio es nuestro’”. Efectivamente, los tiempos cambian y la ampliación de territorios hoy en día se realiza mediante acuerdos políticos. En 1999 el Gobierno de Canadá consiguió aumentar su posición en la zona al llegar a un trato con los indígenas inuits (o esquimales) para organizar la región de Nunavut como una entidad subnacional autónoma canadiense. El territorio esquimal (parte de los antiguos Territorios del Noroeste) abarca cerca de 1,9 millones de kilómetros cuadrados de tierra y más de 161.000 kilómetros cuadrados de agua en el norte de Canadá e incluye islas situadas en las bahías de Hudson, James y Ungava.

Otros países lo que intentan ahora es afianzar su legítima presencia en el Polo Norte y han aprobado proyectos que, más allá de la ciencia, les sirven para recordar a sus vecinos su soberanía en la zona. Así, en 2008 Noruega inauguró en las islas Svalbard, bañadas por el Ártico, la Reserva Mundial de Semillas, una enorme bóveda en la que, al estilo del Arca de Noé, se conserva una muestra de todos los cereales de la Tierra. La elección del lugar tampoco era arbitraria: la región está calificada como territorio neutral en caso de conflicto bélico según el Tratado de Svalbard, firmado en 1925 por cuarenta naciones. Mediante este proyecto Noruega desplegó su bandera sobre el hielo para recordar que no está dispuesta a renunciar a sus derechos en el Ártico.

Por su parte, la Comisión Europea ha intentado sin éxito involucrarse en las negociaciones sobre la explotación de los recursos energéticos del subsuelo ártico y sobre la apertura de nuevas rutas marítimas. Para lograrlo, solicitó al Consejo Ártico que le permitiera asistir a las reuniones en calidad de observadora, algo que también ha sido solicitado por China e Italia. Sin embargo, su solicitud fue rechazada, entre otros motivos por la prohibición de la Unión Europea (UE) de comercializar con productos que implican la caza de focas, una actividad económica muy rentable para algunos países bañados por el Ártico. El siguiente paso de la Comisión Europea ha sido buscar la adhesión de algunos Estados de la zona que hasta entonces han mirado la UE con escepticismo. Así, Islandia, un país que sufrió una debacle económica durante la crisis bancaria de 2008, se plantea solicitar su entrada en la Unión Europea, una candidatura apoyada directamente por Suecia, que busca aliados para hacer frente a los planes de otras potencias. El ministro de Exteriores sueco, Carl Bildt, aseguró que el ingreso de Islandia en la UE daría un giro “en los cada vez más relevantes asuntos del Ártico que ahora están en la agenda de Rusia, Canadá o Estados Unidos sobre recursos energéticos, transporte y medio ambiente”. Las cartas están echadas y la guerra se prevé fría.


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