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ENTENDER EL MUNDO/MONOGRÁFICOS
El viaje: de la exploración al turismo
 
 
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Playa de Sanlúcar, de Germán Álvarez Algeciras, muestra cómo se iba a la playa en el siglo XIX.

Desde que el veneciano Marco Polo descubrió la belleza del lejano Oriente en el siglo XIII, el negocio del turismo ha evolucionado mucho. Los orígenes de los grandes viajes se remontan a las antiguas expediciones de la Edad Media y la Edad Moderna para descubrir rutas comerciales alternativas y conquistar nuevos territorios. La mayoría de estos arriesgados viajes tenían por objetivo hacerse con el control del mercado de la seda, de las especias o del té, para lo que se trazaban periplos muy peligrosos en un mapamundi aún por dibujar. Teorías, especulaciones y cálculos náuticos desafiaban los peligros de los confines de la Tierra, en cuyos límites la superstición situaba monstruos infernales. Gracias a la curiosidad y el deseo de aventura de grandes hombres como Cristóbal Colón, Américo Vespucio y Fernando de Magallanes, el mundo, hasta entonces plano y limitado a tres continentes, comenzaría a cambiar de forma.

UN NUEVO MUNDO
En 1492 el almirante Cristóbal Colón, al servicio de los Reyes Católicos, cambió el rumbo de la historia al toparse con un nuevo continente al otro lado del Atlántico en su intento por alcanzar las Indias y demostrar que la Tierra no era plana, sino redonda. El descubrimiento de estas tierras, que posteriormente se conocerían como América, alteró el orden mundial y animó a los grandes emprendedores a lanzarse a la exploración y conquista de los nuevos territorios. Así, Hernán Cortés, en México, y Francisco Pizarro, en Perú, –por citar dos de los múltiples nombres que hicieron las Américas– conquistaron las ricas civilizaciones del Nuevo Mundo.

La Edad Moderna aceleró su paso guiada por el timón de los descubrimientos. Tras la ocupación de vastas extensiones de terreno por parte de los exploradores españoles y portugueses, aventureros de otros países europeos se lanzaron al encuentro de nuevos lugares en el Caribe, América del Norte, África y Polinesia. Bajo el espíritu del conocimiento, expedicionarios ingleses como Francis Drake, que llevó a cabo la segunda circunnavegación del mundo conocido siguiendo los pasos de Magallanes, y John Davies, que exploró las gélidas tierras de Groenlandia y los cálidos mares de Sudamérica donde descubrió las islas Malvinas, ayudaron con sus viajes a ampliar el mapa terráqueo. Otros aventureros procedentes de los Países Bajos, como Jacob Le Maire y Abel Janszoon Tasman, llegarían más allá de Tierra del Fuego y salpicarían el atlas con sus apellidos, que sirvieron para nombrar estrechos, golfos e islas como Tasmania. Este deseo por aclarar los puntos oscuros del planeta se extendió hasta mediados del siglo XX, con exploradores como el doctor David Livingstone y su periplo africano por el lago Tanganika en busca de las míticas fuentes del Nilo, y el estadounidense Finn Ronne, quien determinó en los años cincuenta que la enorme masa helada que configura la Antártida era el sexto continente.


LA REVOLUCIÓN TURÍSTICA
Hasta el siglo XIX, los viajes tenían motivaciones puramente comerciales, como descubrir nuevas rutas; territoriales, para conquistar nuevas regiones ricas en recursos naturales; y religiosas, con las grandes peregrinaciones a lugares santos como Santiago de Compostela para los católicos o La Meca para los musulmanes. Con la Revolución industrial surgida en Inglaterra en 1750 y desarrollada durante el siglo XIX en el resto del mundo, el viaje adquirió un nuevo significado como forma de ocio. Esta reformulación venía amparada por el triunfo de la burguesía, nueva clase social emergente. Gracias a los avances técnicos y a la máquina de vapor nació el ferrocarril, nuevo medio de transporte de masas que se convertiría en uno de los principales motores del turismo moderno.

Los primeros viajes burgueses respondían a la necesidad de buscar sosiego y descanso en lugares alejados de las grandes urbes, donde la superpoblación provocada por el abandono del campo y el proceso de industrialización había traído ruidos e insalubridad. Ante el estrés generado por la gran ciudad y casi por prescripción médica, surgió el concepto de vacaciones de descanso, que puso de moda las estancias en balnearios, casas de campo y lugares de costa privilegiados por un clima saludable. Las curas de sueño, los baños en aguas termales con propiedades medicinales y las dietas depurativas se configuraron como un sistema alternativo para solucionar, por temporadas, los males que conllevaba vivir en las ciudades.

Subidos en el ferrocarril del progreso, los burgueses disfrutaron de los privilegios de las clases adineradas y utilizaron los viajes como una manera de alcanzar notoriedad social. El lujo de trenes como el mítico Orient Express, la existencia de vagones de primera y segunda clase en los medios de transporte y la grandeza de los primeros transatlánticos son una muestra de este deseo por marcar diferencias a la hora de viajar. Esta ansia por exhibir el poder económico también se encuentra en la Gran Exposición de Londres de 1851, primera feria universal, a la que asistieron más de seis millones de visitantes. El evento, de carácter elitista e inaccesible para la mayoría de las economías debido al alto precio del alojamiento y el transporte, demostró el enorme potencial del turismo como industria floreciente. Existía un precedente: apenas diez años antes, el londinense Thomas Cook había creado la primera agencia de viajes de la historia, una empresa que organizaba excursiones y ofrecía servicios turísticos adaptados a cada cliente.


EL TURISMO SE DEMOCRATIZA
Con las mejoras laborales y el reconocimiento de las vacaciones como un derecho de todo trabajador, el turismo dejó de ser privilegio de unos pocos para convertirse en un placer accesible para la mayoría. Las mejoras de los transportes, la necesidad de desconectar del trabajo y el ansia cultural por conocer lugares remotos y distintos modos de vida han hecho que el turismo se haya convertido hoy en una actividad económica de primer orden y en el motor de desarrollo de un largo listado de países.

La expansión del sector turístico se aceleró tras la Segunda Guerra Mundial, en los años sesenta y setenta del siglo XX. En Europa, las zonas de costa de países mediterráneos como Italia y España, con playas bañadas por un clima acogedor, se convirtieron en esas décadas en el centro del turismo internacional. Como consecuencia de esta avalancha turística, las localidades de la costa de Levante y del sur español experimentaron una urbanización masiva que se llevó a cabo sin considerar la conservación del paisaje natural.

Una de las causas que fomentaron este fenómeno turístico fue la accesibilidad de las grandes masas de población a un automóvil utilitario, que permitía libertad de movimiento para viajar a cualquier lugar. La comercialización de coches económicos propició la motorización de una gran parte de la población que hasta entonces había dependido del transporte colectivo. Protagonistas de esta libertad sobre ruedas serían automóviles como el Citroën 2 CV en Francia, el Fiat 500 en Italia, el Mini Morris en Inglaterra, el Volkswagen Escarabajo en Alemania y el 600 en España y Argentina, unos cochecitos que, a menudo sobrecargados con todos los miembros de un mismo clan, contribuyeron a la expansión del turismo familiar. Tal fue la influencia de este tipo de vehículos en las vacaciones de toda una generación que, de ahí en adelante, serían conocidos como “turismos”.


DEL COCHE AL AVIÓN

En los años ochenta y noventa del siglo XX, el incremento en la oferta de rutas y vuelos transoceánicos, provocado por el desarrollo de la industria aeronáutica y el nacimiento de las compañías aéreas de bajo coste, inclinó las preferencias turísticas de los europeos hacia zonas exóticas de gran belleza salvaje, como las islas del Caribe o los paraísos del golfo de México. El viaje estrella que despertaba más interés en esos años era la vuelta al mundo, un periplo por los cinco continentes para emular a Phileas Fogg, el héroe de novela creado por Julio Verne. A finales de los años noventa surgieron los viajes de aventura para practicar deportes arriesgados, como el submarinismo o el rafting; el turismo rural, que recuperaba el contacto con la naturaleza; el turismo de congresos, basado en las reuniones de negocios; y el turismo antiestrés, una idea saludable que retomaba el origen de los viajes del siglo XIX y que volvía a poner de moda balnearios y centros termales o spa.

Las ferias de turismo internacional apuntan a un mayor interés del turista actual por los viajes a países asiáticos, como China y Japón, y africanos, como Mauritania y Costa de Marfil, a pesar de que los destinos tradicionales de Europa y América siguen siendo mayoritarios. Como novedad en el sector ha surgido el turismo gastronómico, que tiene por objeto visitar lugares famosos por su cocina e incluso regiones vinícolas como La Rioja (España) o la Toscana (Italia), para degustar in situ el sabor de sus famosos tintos. Y aunque aún no se oferte en las agencias de viajes y solo sea accesible para unos pocos privilegiados debido a su alto coste, desde el año 2001, la puesta en órbita de los primeros turistas espaciales abre una vía a futuros destinos más allá de la Tierra.


UN FACTOR DINÁMICO
Desde el punto de vista económico, el turismo es un generador de riqueza que ha servido como motor económico de aquellas regiones con pocas posibilidades de crecimiento y desarrollo a través de otras actividades industriales. La diferencia entre las divisas y el nivel de renta del país de origen con respecto al de destino son determinantes en la elección de un lugar de vacaciones. Así, la mayoría de los turistas opta por visitar lugares con economías más modestas, donde alcanzan un mayor poder adquisitivo con el mismo gasto de dinero, hecho que beneficia a los países en vías de desarrollo, como Tailandia o la India, que tienen en el turismo una gran fuente de ingresos. Tanto la cultura, con una oferta variada de museos que recojan la historia del lugar, como el clima y la belleza de los parajes naturales juegan un papel fundamental en el éxito de los grandes enclaves turísticos. La disponibilidad de una amplia oferta hotelera y de locales de restauración y servicios, unido a la accesibilidad del lugar, son factores que los turistas valoran a la hora de decantarse por un sitio donde pasar sus días libres. A estos aspectos básicos se ha sumado, desde los atentados terroristas de los últimos tiempos, el concepto de seguridad.

HACIA UN TURISMO SOSTENIBLE
Las directrices actuales de la industria turística, promovidas por la Organización Mundial de Turismo, inciden cada vez más en la sostenibilidad. El denominado “ecoturismo” o “turismo responsable” busca un punto de equilibrio que permita el desarrollo de la actividad turística sin que se degrade el medioambiente, como en muchas zonas de la costa mediterránea, ni se lleven a cabo prácticas abusivas sobre la población de los destinos visitados, como es el caso del turismo sexual. Visitar sin alterar parece ser la máxima apuesta del turismo del futuro, una industria en auge, fuente de riqueza para el país anfitrión, que exige cada vez más un desarrollo sostenible que genere placer, descanso y prosperidad sin destruir la belleza y la cultura de cada lugar.

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