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Energía nuclear, una fuente de energía polémica
 
 
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 UNA FUENTE DE ENERGÍA POLÉMICA
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La central nuclear de Blayais (Francia) es una de las 196 que actualmente están en activo en Europa.

El cambio climático es uno de los mayores problemas ambientales a los que se enfrenta el hombre en la actualidad. Sus efectos son una realidad, como han venido certificando varios estudios científicos aparecidos en los últimos años. Ante este panorama, algunos países se plantearon reducir drásticamente las emisiones de gases favorecedores del efecto invernadero, causa principal de la alteración climatológica que sufre la Tierra. Esta estrategia hizo renacer con fuerza, a principios del siglo XXI, la idea de potenciar la energía nuclear. A favor tiene una casi nula emisión de sustancias nocivas. En contra, la peligrosidad que entraña. El debate está servido.

CAMBIO CLIMÁTICO, UNA REALIDAD
Cuando empezó a hablarse del cambio climático, este era visto por algunas personas como algo parecido a una leyenda urbana. Poco a poco, diferentes estudios demostraron que era una realidad, pero todavía existían muchos escépticos que denunciaban un catastrofismo excesivo. Sin embargo, en los últimos años se han disipado la mayor parte de las dudas. El cuarto informe científico de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre el clima, presentado a principios de 2007, indicaba que la temperatura media de la Tierra se incrementaría entre 1,9 y 4,6 grados en los próximos cien años. Son cifras alarmantes, teniendo en cuenta que durante el siglo XX, el incremento no llegó al grado centígrado.

A pesar de la inexactitud de las predicciones meteorológicas, el estudio realizado por el Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU muestra que el cambio climático es real y se ha acelerado a causa de la actividad humana. Durante las jornadas en las que técnicos y delegados de los gobiernos analizaron el trabajo del IPCC, Alex Alusa, representante del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente declaró: “No se cuestiona ya el cambio climático, si existe o no, hay una aceptación general del problema, aunque no se coincida siempre en las medidas que hay que tomar al respecto”.

Como bien certifica Alusa, el debate que se centraba en la existencia del cambio climático ahora ha pasado a un segundo plano. Lo que realmente genera ahora disparidad de criterios es la manera de afrontar la problemática. Los gobiernos han coincidido en constatar la necesidad de reducir radicalmente la emisión de gases que provocan el efecto invernadero, piedra angular del cambio climático. Entre estos gases destaca sobre todo el dióxido de carbono. Sin embargo, las dificultades aparecen cuando se debe pasar de lo general a lo concreto, del objetivo a las soluciones. De entrada existen reticencias de estados en desarrollo que no quieren renunciar a su crecimiento, como China o India, y de grandes potencias que temen que una apuesta clara por la sostenibilidad signifique una merma de su economía, como Estados Unidos. Además, la reducción de emisiones no es, de por sí, una tarea fácil; necesita de una estrategia muy meditada.


LA ENERGÍA NUCLEAR
En este contexto ha renacido el interés por la energía nuclear. Esta modalidad energética, nacida del descubrimiento de la radiactividad a principios del siglo XX, se había desarrollado gracias a una coyuntura bélica. La necesidad de dar con nuevas opciones armamentísticas en un mundo dominado por el enfrentamiento entre estados incrementó la investigación. Este peligroso proceso alcanzó su punto culminante con el lanzamiento por parte de Estados Unidos de dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, durante la Segunda Guerra Mundial. Los ataques mostraron el poder devastador de las armas nucleares: murieron más de 200.000 personas y 300.000 resultaron heridas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS se basó en una progresiva nuclearización de los arsenales de ambas potencias y una estrategia de peligro disuasorio: unos y otros mantenían su presión bajo la amenaza del eventual lanzamiento de sus armas más devastadoras. El equilibrio se basaba en un miedo justificado al holocausto total. Esta circunstancia marcó negativamente la imagen de la energía nuclear. Sin embargo, no impidió que, a mediados de los años cincuenta, se abrieran las primeras centrales nucleares con objetivos pacíficos: Shippingport (Pennsylvania) y Dresden (Illinois), en Estados Unidos; Obninsk, en la URSS; Calder Hall, en el Reino Unido, y Marcoule, en Francia.

La utilidad bélica de la fuerza atómica había quedado comprobada, pero paralelamente se había descubierto también la forma de generar energía destinada al consumo doméstico. Tanto es así que Lewis L. Strauss, presidente de la Comisión de la Energía Atómica de Estados Unidos entre 1953 y 1958, pronosticó en un artículo publicado por el New York Times en septiembre de 1954 que dicha energía sería en el futuro “demasiado barata como para medirla”. Strauss también previó que hacia el año 2000 existirían unas mil centrales nucleares en funcionamiento en todo el territorio estadounidense. El político se basaba en la creencia de que el desarrollo implicaría que la demanda de energía creciera enormemente en todo el mundo.


CAÍDA Y RESURGIMIENTO
Alcanzado el siglo XXI, la previsión de Strauss respecto al aumento en la demanda de energía se ha cumplido. En cambio, el político erró respecto a la propagación de la energía nuclear en su país: en lugar de mil centrales nucleares, en 2003 Estados Unidos tenía 66 abiertas, aunque algunas de ellas disponían de más de un reactor. ¿Por qué se equivocó el dirigente estadounidense? La respuesta se encuentra en el mencionado rechazo popular a la energía nuclear, originado tanto por las connotaciones bélicas de la misma como por el peligro que conlleva su gestión –demostrado por catástrofes tan dramáticas como la de Chornobil– y el grado contaminante de sus residuos –con una gran perdurabilidad y potencia contaminante, lo que obliga a establecer grandes medidas de seguridad–. De hecho, las primeras protestas de la organización ecologista Greenpeace, nacida en Canadá a principios de los años setenta, fueron contra las pruebas nucleares estadounidenses en Alaska.

La cruzada antinuclear, muy viva al inicio de los años ochenta, se recrudeció todavía más a partir del 26 de abril de 1986. Ese día, la planta nuclear Lenin, situada en la ciudad ucraniana de Chornobil (antigua URSS), registró un grave accidente en su reactor cuatro. El balance del desastre fue de 31 muertos y miles de afectados por las radiaciones. Según un informe realizado en 2006 por la sección alemana de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (AIMPG), la catástrofe podría haber causado la muerte de entre 50.000 a 100.000 personas que intervinieron en las tareas de control del accidente, y la invalidez de entre 540.000 y 900.000. Además, este estudio sugiere la relación directa entre Chornobil y la multiplicación del cáncer, las deformidades en neonatos y la muerte infantil en varias zonas.

Así pues, la mala prensa de la energía nuclear condicionó su desarrollo. En Estados Unidos, el miedo a los accidentes hizo que se aprobaran normas de seguridad muy estrictas que encarecían los costes y llevaron a que algunas compañías abandonaran sus proyectos. En los años ochenta, en Europa, merced al tratado del Euratom (Comunidad Europea de la Energía Atómica), firmado en 1957 en Roma, había 139 centrales nucleares destinadas a liderar la estrategia energética en el viejo continente. Pero Chornobil, la caída de precios del petróleo y una previsión de menor demanda de electricidad modificaron los planes. Aunque Francia siguió apostando por la energía nuclear, los demás países europeos firmaron una moratoria en la que se comprometían a no abrir nuevas centrales nucleares. Por ejemplo, Alemania, país puntero en esta modalidad energética, detuvo su programa y, a finales del siglo XX, decidió su clausura progresiva. Como consecuencia, el desarrollo de la energía nuclear se vio ralentizado.

¿Por qué la energía nuclear volvió a estar en boca de todos? La respuesta es poliédrica, pero una de las principales causas es el cambio climático. Los países desarrollados se han cerciorado de que la emisión a la atmósfera de ciertos gases nocivos, frecuentes en la actividad industrial, están estrechamente ligados al efecto invernadero y la aceleración de un peligroso sobrecalentamiento planetario. La necesidad de reducir la emisión de gases se planteó por primera vez en 1997, en la localidad japonesa de Kyoto, donde se decidió poner en marcha una serie de medidas. Como el mercado energético es el responsable de cerca del 80% de las emisiones, la energía nuclear, una alternativa limpia en este sentido, volvió a barajarse. Otra clave para entender esta segunda oportunidad para la energía atómica es el creciente desarrollo de países emergentes, como China o India, que consumen cada vez más energía y están haciendo aumentar el índice de gases nocivos expulsados a la atmósfera. Es decir: la demanda energética debe crecer y al mismo tiempo se debe revertir la situación actual de perjuicio al medio ambiente.


NO EMITE GASES
La energía nuclear no favorece el efecto invernadero porque su proceso no consiste en quemar un determinado combustible. La energía nuclear se origina a través del bombardeo con neutrones a alta velocidad de los núcleos atómicos de un material radioactivo (uranio o plutonio, generalmente). Estos átomos fisionan –se rompe su núcleo, se dividen– y se produce una reacción en cadena que consiste en la fisión de otros átomos. Todas las sucesivas fisiones dan como resultado una gran cantidad de energía, que puede ser recuperada en forma de calor. Los vertidos tóxicos que genera este proceso son mínimos; la chimenea de la central expulsa sobre todo aire y una cantidad ínfima de radiactividad. Por tanto, es una energía limpia y cuantiosa: con poco uranio se produce una gran cantidad. Las reticencias respecto a su aplicación las genera principalmente la peligrosidad de todo el proceso.

El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, según sus siglas en inglés) de Boston (Estados Unidos) presentó en 2003 un estudio titulado El futuro de la energía nuclear. En él, los científicos del MIT aseguran que “sería un error” excluirla como una de las medidas para afrontar el futuro energético. Pero también remarcan que se hace imprescindible resolver cuatro problemas que plantea: su coste, actualmente no competitivo con el carbón o el gas natural; su seguridad, que aunque se ha incrementado ostensiblemente todavía es motivo de preocupación; sus residuos, cuyo tratamiento aún plantea dudas, y la peligrosidad que entraña que se utilice para otro tipo de fines no energéticos.


DIFERENCIAS DE CRITERIO
En cualquier caso, las dudas no han impedido que la energía nuclear proporcione alrededor del 15% de la electricidad consumida en todo el mundo. El problema es que está previsto que la demanda energética en el mundo crezca. En las estrategias para hacer frente a esta realidad jugarán papeles importantes la eficiencia y el ahorro energéticos, así como las energías alternativas. Pero los partidarios de la energía nuclear creen que dicha solución debe ser preponderante, porque es limpia, cuantiosa y no está sujeta a la voluntad del clima: puede producirse ininterrumpidamente los 365 días del año independientemente de que llueva, haga sol o sople el viento. Entre las personalidades alineadas en este frente pro nuclear destacan el eminente científico ecologista James Lovelock, el ex líder soviético Mijaíl Gorbachov o Claude Mandil, director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía.

Por el contrario, los detractores de esta modalidad energética –principalmente las organizaciones ecologistas– creen que pesa más en la balanza su gran coste, la peligrosidad que entraña y la poca incidencia que dicen que tendría como solución al problema medioambiental. Uno de los argumentos estrella que arguyen, refrendado con estudios como uno de la Unión Europea realizado en 1999 bajo el título de Dilema, es que se necesitarían cien centrales nucleares nuevas en el viejo continente para cumplir con los compromisos adquiridos en Kyoto, una empresa muy complicada tanto política como económicamente. Para ellos es mucho más importante la eficiencia y el ahorro, con instalaciones de cogeneración energética, energías alternativas y un consumo más inteligente. Y pretenden demostrarlo con números. Por ejemplo, la utilización sistemática de bombillas de bajo consumo ahorra el equivalente a varias centrales nucleares. Además, las energías renovables han tenido un rápido crecimiento en los últimos años. En 2013, la energía eólica fue, por primera vez, la tecnología que más contribuyó a cubrir la demanda eléctrica anual en España. El accidente en la central nuclear de Fukushima I (Japón), que se produjo en marzo de 2011 por la acción de un tsunami, reabrió el debate nuclear y reavivó las posiciones contrarias a esta fuente de energía.


COMPLEMENTARIEDAD
Al margen de la disparidad de criterios respecto a la estrategia energética del futuro, diferentes voces autorizadas apuntan a una convergencia de soluciones. Según el MIT, es imprescindible la eficiencia en el consumo de electricidad, la generalización de energías alternativas como la eólica o la solar, y la proliferación de plantas de cogeneración. Pero también debe tener un papel importante la energía nuclear. Los científicos del prestigioso instituto estadounidense dicen que “sería un error, llegados a este punto, excluir alguna de estas cuatro opciones de una estrategia global de gestión de las emisiones”. Ahora bien, la energía nuclear debe mejorar su seguridad, tanto en lo que se refiere al proceso de obtención de electricidad como en la gestión posterior de los residuos.

En cuanto al proceso para obtener energía, los reactores de fisión cuentan ya con unas medidas de seguridad elevadas. El combustible tiene un recubrimiento especial que retiene gran parte de los elementos radioactivos, el núcleo del reactor se encuentra en el interior de una vasija de presión de acero que tiene un espesor de treinta centímetros, el circuito del reactor está aislado herméticamente y el edificio de contención que envuelve los reactores está hecho de hormigón recubierto de acero inoxidable. Este último está hoy en día en casi todas las centrales nucleares. Si Chornobil hubiera tenido edificio de contención, los elementos radioactivos que se expulsaron en 1986 hubieran quedado recluidos en él. Además, la inmensa mayoría de países suelen disponer de organismos autónomos que se encargan de realizar un seguimiento continuo de la seguridad de las centrales nucleares. Tras la crisis nuclear de Japón en 2011, muchos países decidieron revisar y aumentar las medidas de seguridad de sus centrales.


LA FUSIÓN
En definitiva, el futuro de la energía nuclear es un debate abierto. El panorama se torna más positivo si se habla de la fusión, el otro proceso que la puede generar. Al igual que la fisión, consiste en bombardear el núcleo de ciertos átomos para que estos inicien una reacción en cadena. Sin embargo, el objetivo final es que los núcleos se fusionen y formen uno de mayor peso atómico. La masa del nuevo núcleo, en cambio, pasa a ser inferior que la suma de las masas de los dos núcleos fusionados; de esta manera, el diferencial resultante se libera en forma de energía. Su principal ventaja es que se utilizan materiales no radioactivos: se trabaja con dos isótopos del hidrógeno, el deuterio y el tritio.

Este proceso se ha ensayado con éxito en el campo militar, en el desarrollo de la bomba de hidrógeno. Sin embargo, su aplicación energética para uso civil todavía presenta muchos problemas. El principal escollo es que la fusión no resulta rentable económicamente: se necesita mucha más energía para producir la reacción que la que se desprende después del proceso. Además, este método se encuentra todavía en fase experimental y resulta muy difícil controlar la energía resultante. El proyecto más ambicioso sobre fusión que se está desarrollando actualmente en el mundo es el ITER (siglas en inglés del Reactor Termonuclear Experimental Internacional), consorcio formado a mediados de los años ochenta por la Unión Europea, Japón, Estados Unidos, Corea del Sur, la India, Rusia y China. Estos países se han propuesto construir un reactor de fusión en la localidad francesa de Cadarache, para lo que se invertirán más de diez años y unos 13.000 millones de euros.


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