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Huracanes, el rugido de la atmósfera
 
 
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 DE BAJA PRESIÓN A ALTA TENSIÓN
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Un avión se introduce en el ojo de un huracán para estudiar el fenómeno meteorológico.

Jeanne, Iván, Katrina, Ike, Irene o Sandy han dejado de ser simples nombres propios. Tras de sí se esconden grandes monstruos naturales capaces de sembrar la destrucción por dondequiera que pasen. Fuerzas de la naturaleza que recuerdan al hombre su condición: que es una partícula de polvo susceptible de ser borrada en unos segundos. La historia lo ha querido tener presente y, como en la Antigüedad, desde el siglo pasado bautiza a los huracanes. En los libros quedan los nombres de los más feroces, temibles dioses que, a pesar de los avances tecnológicos, aún son ganadores de todos los combates. En la memoria de la gente aún golpea el recuerdo del Micth, el ciclón que en 1998 arrasó Nicaragua y Honduras provocando la muerte de más de 10.000 personas y causando pérdidas de miles de millones de dólares. En 2005 el Katrina golpeó el sur y el centro de Estados Unidos, asoló la ciudad de Nueva Orleans y se convirtió en el más destructivo y costoso de ese país. Más frescas todavía están las escenas de devastación provocadas por el tifón Haiyan, que en 2013 azotó el centro de Filipinas y dejó a su paso más de 6.000 muertos.

¿QUÉ ES UN HURACÁN?
Un huracán es el ciclón tropical de mayor intensidad que existe. Los ciclones son áreas de bajas presiones en las que los vientos se arremolinan en dirección antihoraria en el hemisferio norte y horaria en el sur; sus vórtices pueden alcanzar hasta medio millón de kilómetros cuadrados y van acompañadas de fuertes tormentas. Cuando generan vientos superiores a 117 kilómetros por hora reciben el nombre de huracanes. Se denominan depresiones tropicales cuando producen vientos que soplan a una velocidad igual o inferior a 62 kilómetros por hora; y tormentas tropicales, cuando la velocidad del viento se sitúa entre los 63 y los 117 kilómetros por hora.

Los huracanes pueden llegar a superar los 300 kilómetros por hora y duran dos semanas aproximadamente. Su formación está ligada a unas fechas y unas regiones oceánicas precisas. Suelen originarse entre el 15 de mayo y el 30 de noviembre en la cuenca del Atlántico, el noroeste de la cuenca del Pacífico, el norte y el suroeste del océano Índico, el suroeste de la cuenca indoaustraliana y la cuenca australiana al suroeste del Pacífico. Reciben nombres distintos según la zona en la que se producen: ciclón en la bahía de Bengala, tifón en la zona de Japón, Corea y China, willy-willy en Australia y baquío en Filipinas.


FORMACIÓN DE LOS HURACANES
Los huracanes suelen desarrollarse a partir de una depresión atmosférica. Una depresión atmosférica es una bajada rápida de presión en una zona rodeada por un entorno que mantiene el nivel barométrico o nivel de presión. El concepto de presión atmosférica hace referencia al peso que ejerce la atmósfera sobre los cuerpos que se encuentran en la superficie terrestre. Esta puede variar con la altura (a más altura menor es la columna de aire que se encuentra sobre nuestras cabezas) y con la temperatura (el aire caliente pesa menos que el frío).

Las depresiones atmosféricas se perciben físicamente por la aparición en el cielo de nubes organizadas vertical y desordenadamente, lluvias, sensación de sofoco, fuerte humedad y vientos en aumento. Según en la región en que se desarrollan son extratropicales o tropicales. Las primeras suelen provocar cambios bruscos de tiempo, pero son las segundas las que a menudo originan los huracanes. Las depresiones tropicales no van acompañadas de anticiclones (áreas de altas presiones) que las regulen, solo se dan en la superficie oceánica y se generan en las épocas más cálidas del año. Aunque las causas que ocasionan las depresiones tropicales aún se desconocen, las zonas donde se originan poseen una serie importante de características comunes, tales como las altas temperaturas (el ecuador es la única zona que recibe perpendicularmente los rayos del Sol en una época del año), la humedad, la inestabilidad térmica en las masas de aire y el ser lugar de encuentro de los dos sistemas de vientos alisios (corrientes de aire que viajan desde las zonas subtropicales de alta presión hasta el ecuador, de baja presión).

El proceso de formación de un huracán comienza cuando en estas zonas la temperatura de la superficie oceánica supera los 26ºC. El agua libera entonces gran cantidad de calor y vapor de agua a la atmósfera. El aire cálido asciende y el vapor de agua se condensa originando nubes acompañadas de tormentas. Estas concentraciones, a su vez, producen aún más calor, que sigue ascendiendo.

La gran concentración de humedad y calor hace que la presión descienda y genere una depresión tropical. Mientras, a la zona siguen llegando del exterior corrientes de aire cálido y húmedo que sobrealimentan el proceso al generar aún más emisiones de calor y vapor. Estas convergen con las anteriores en el centro de la tormenta y ascienden sumándose al flujo ascendente.

En su elevación, las corrientes comienzan a arremolinarse debido al efecto Coriolis, desviación lateral que sufren los cuerpos en movimiento dentro de un sistema rotatorio y que depende de su velocidad. Aplicado a los fenómenos meteorológicos, es la espiral que forman las corrientes cuando durante su trayectoria sus coordenadas espaciales se ven alteradas por la rotación de la Tierra.

Este movimiento intensifica la tormenta y genera una depresión en el centro de la espiral que se denomina ojo. El ojo es un sector en calma, con poca nubosidad, y que mide entre 30 y 65 kilómetros de diámetro. Alrededor de él se encuentra la pared del ojo, un anillo de nubes en el que se concentran los vientos de mayor intensidad. Más allá, hacia el exterior, se identifica una gran masa de bandas nubosas con fuerte actividad lluviosa. El huracán ya se ha formado, y tiene energía de sobra para mantenerse en activo. El aire cálido, despojado de su humedad, no puede ascender más al topar con la estratosfera, y sigue uno de los tres caminos que se le presentan para descender: la vía del ojo, los espacios entre las bandas de nubes y el alejamiento en espiral del centro para su posterior bajada.

La escala Saffir-Simpson mide la intensidad del huracán y lo tipifica en cinco grados determinados por la velocidad de los vientos que genera. Un huracán de quinto grado puede provocar vientos sostenidos de más de 250 kilómetros por hora y marejadas de más de 5,5 metros.


EFECTOS DEVASTADORES
Un huracán de esta categoría provoca consecuencias devastadoras, ya que viene acompañado de fuertes vientos, lluvias torrenciales, altas marejadas y tornados. Pese a la espectacularidad de los intensos vientos huracanados y los impresionantes tornados, es la marejada el efecto más dañino y peligroso.

La marejada es una columna de agua de 80 a 160 kilómetros de ancho y más de 4,5 metros de alto que impacta contra las costas provocando inundaciones severas e importantes pérdidas humanas. De cada 10 personas fallecidas a causa de un huracán, nueve lo son debido a la marejada. Generada por los vientos, su intensidad varía en función, sobre todo, de dos factores: el nivel de la marea y la geografía de la costa. Si la marejada se suma a la subida de la marea o la costa es de carácter más llano que abrupto, las inundaciones serán mayores. Estas pueden agravarse también por las lluvias torrenciales generadas por el huracán, que pueden alcanzar los 300 litros por metro cuadrado. En este sentido, el nivel máximo lo tiene el ciclón tropical Denise, que en 1966 acumuló 1.144 litros por metro cuadrado en 12 horas.

Los vientos, que circulan a velocidades que van desde los 119 kilómetros por hora, en un huracán de categoría 1, a más de 250 kilómetros por hora en la máxima categoría, suelen agravar los dos efectos anteriores, además de provocar fenómenos tan espectaculares como los tornados. Estos suelen surgir en el cuadrante frontal derecho del huracán y afectan a un radio de 240 kilómetros a partir de la costa. Se clasifican según la escala de Fujita.


HOMBRE VS NATURALEZA
Cada año, entre mayo y noviembre, este conjunto de disturbios climáticos vuelve a reunirse para visitar, bajo el ala destructiva del huracán, las tierras tropicales y volver a hundir, en muchos casos, la economía de algunas zonas acostumbradas a sufrir su inclemencia. Por ahora, el hombre nada puede hacer para detener el origen de un fenómeno que, para los mayas, era dios del trueno, el rayo, los vientos y las tempestades: Huracán. Y los nativos tropicales se ciñen a a los consejos listados en los ya consabidos manuales de prevención y alerta.

Sin embargo, parece que en un futuro el hombre podrá, si no plantar cara a la naturaleza, sí intentar controlar sus intenciones. Esto es lo que opina, por ejemplo, el meteorólogo Ross N. Hoffman que ha investigado un modo de desviar la trayectoria de los huracanes. En realidad, tras su trabajo se esconde un fin aún más ambicioso: lograr que el hombre tenga en su mano el control del tiempo. Esta idea, que hace unos años podía parecer propia de la ciencia ficción, hoy va tomando visos de realidad.

En el desarrollo de sus estudios, el científico ha tenido presente la teoría del caos, que apunta a que un ínfimo cambio en las condiciones ambientales puede suponer una gran desestabilización en un sistema. Por este motivo cree que variando mínimamente las condiciones meteorológicas se podrían suavizar los efectos de un huracán o, al menos, desviar su trayectoria. Los cambios serían tan sencillos como calentar un cuarto de grado más la superficie oceánica mediante la energía solar acumulada por los satélites, evitar la evaporación de agua extendiendo una capa de aceite biodegradable sobre el mar o simplemente modificar actividades como el riego de campos.

Estas investigaciones hacen pensar en un nuevo triunfo del hombre frente a la naturaleza, cuyo inclemente paso podría ser esquivado. Sin embargo, ¿qué hay de la lucha del hombre contra el hombre?¿En manos de quién quedaría el poder para controlar el tiempo? ¿Hacia qué territorios se desviarían los ciclones? Mientras la ciencia sigue su curso y el dios Huracán atisba el peor de los futuros, ser convertido en mercenario, la ética y el derecho internacional abren una nueva página aún por escribir.


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