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John F. Kennedy, el primer mito político de la televisión
 
 
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 UNA MUERTE ANUNCIADA
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John Fitzgerald Kennedy realiza el juramento de su nuevo cargo de presidente en 1961.

El 8 de noviembre de 1960, John Fitzgerald Kennedy, de 43 años, candidato a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Demócrata, se fue a dormir sin saber si a la mañana siguiente se confirmaría su exigua ventaja sobre el candidato republicano, Richard Nixon. En realidad, la televisión parecía haber sido el arma más poderosa de Kennedy. No en vano, los teóricos consideran la campaña como el nacimiento del marketing moderno. En el duelo dialéctico entre los dos candidatos, millones de telespectadores vieron alguno de los cuatro debates televisados: los primeros de la historia.

Sin duda, las espontáneas y estudiadas intervenciones del candidato demócrata habían seducido a la mayoría de ciudadanos estadounidenses que lo habían visto frente a los televisores. Sin embargo, su victoria en las urnas no fue arrolladora. El sillón presidencial se mantuvo en el aire durante buena parte del recuento, pendiente de los resultados en Texas e Illinois, que podían decantar la balanza hacia un candidato o el otro. Kennedy ganó las elecciones por un margen de 119.450 votos populares en una jornada en la que hubo 69 millones de votantes. De este modo se convirtió en el primer católico que alcanzaba la presidencia de Estados Unidos, así como en la persona más joven que ocupaba el despacho oval.


NACIDO PARA EL ÉXITO
Con la llegada a la cúspide del poder en Washington, John Fitzgerald Kennedy colmaba las aspiraciones de su familia. No en vano, el joven John había sido preparado a conciencia para alcanzar los más altos objetivos. El 35º presidente de Estados Unidos nació el 29 de mayo de 1917 en Brookline, cerca de Boston. La dinastía de los Kennedy, procedente de Irlanda, estaba afincada entre la clase dirigente de Nueva Inglaterra. Su padre, Joseph Patrick, que disponía de una gran fortuna, fue embajador de Estados Unidos en Londres de 1937 a 1940. Su madre, Rose Fitzgerald, era también de origen irlandés e hija de John Francis Fitzgerald, que había sido miembro del Congreso y alcalde de Boston. En el verano de 1935, John estudió Economía política en la Escuela de Economía de Londres. En 1936, ingresó en la Universidad de Harvard, donde acabaría graduándose en Derecho cuatro años después. Después participó en la Segunda Guerra Mundial, en el Pacífico Sur, pese a sus problemas crónicos de espalda. Durante el conflicto se ganó la aureola de héroe cuando la lancha cañonera que comandaba, la PT109, se hundió al ser atacada por un destructor japonés. Kennedy, aunque quedó gravemente herido, logró poner a su tripulación a salvo.

Con un currículum académico brillante y una hoja de servicios militares envidiable, el joven John tenía el camino allanado para comenzar su carrera política. Su ascenso fue meteórico. En 1952 ganó las elecciones para senador por Massachusetts. Por aquel entonces ya llevaba un año casado con Jacqueline Bouvier. Y tan solo ocho años más tarde, en 1960, fue designado candidato a la presidencia de la nación por el Partido Demócrata. Su rápido progreso contrasta con el de su rival en los comicios presidenciales de 1960: Richard Nixon. El aspirante republicano era un político experimentado que llevaba desde 1947 en Washington, ciudad en la que había ocupado distintos cargos, entre ellos la vicepresidencia durante los dos mandatos de Eisenhower.


EL GOBIERNO DE KENNEDY
El 20 de enero de 1961, John F. Kennedy tomó posesión del cargo de presidente de Estados Unidos con un discurso inaugural que tenía aires de desafío: “Pagaremos cualquier precio, llevaremos cualquier carga, cumpliremos cualquier dificultad, soportaremos a cualquier amigo y nos opondremos a cualquier enemigo para asegurar la supervivencia y el éxito de la libertad”. En el contexto de la época el discurso podía interpretarse como una invitación a la intervención armada estadounidense en cualquier país, aunque no dejaba de ser ambiguo.

En cualquier caso, la nueva administración Kennedy asumió con entusiasmo la iniciativa de finales de la etapa del presidente Eisenhower sobre el enfrentamiento agresivo contra el comunismo y la penetración soviética en el continente americano y el sureste asiático. En política interior, hubo tres asuntos que quiso abordar: la defensa de los derechos civiles, la lucha contra la pobreza y el relanzamiento económico basado en el intervencionismo del Gobierno.


ACCIONES EN LATINOAMÉRICA
En Latinoamérica, Kennedy apostó fuerte en primera instancia por la contrainsurgencia como una forma de combatir a la guerrilla de izquierdas con sus mismas tácticas. Pero al tiempo que se hacían planes para la utilización de la CIA o las nuevas fuerzas especiales y se establecían escuelas de contrainsurgencia en Panamá y en otras zonas, el presidente pronto se dio cuenta de que el secreto de la estabilidad política radicaba más en el desarrollo económico que en la represión. Esto, aunque su firma autorizara a la CIA (Agencia Central de Inteligencia) para que entrenara y equipara a paramilitares cubanos con el fin de invadir Cuba, operación que fracasó entre el 15 y el 19 de abril de 1961 en la bahía de Cochinos.

Ya el 15 de junio de 1960, siendo senador, había expuesto en el Senado de Estados Unidos cuál debía ser la política exterior de su país en América Central y del Sur al afirmar: “Debemos remozar nuestras relaciones con las democracias de América Latina, reagrupándolas en una plena asociación internacional de Occidente, trabajando a través de una robustecida Organización de Estados Americanos e incrementando la afluencia de ayuda técnica, de capital para desarrollo, de inversión privada, de intercambio de estudiantes y de excedentes agrícolas”. Concluía diciendo: “Un regreso a la política de buena vecindad no es suficiente, no basta con la diplomacia del dólar, ni tampoco con una protectora actitud que dé por sentada su dedicación a una cruzada anticomunista”.

Tras ganar las elecciones presidenciales, Kennedy se reafirmó en su tesis y le dio el nombre de Alianza para el Progreso, que en 1961 recibió la aprobación, con la abstención de Cuba, de la Organización de Estados Americanos (OEA). En aquella cumbre de la OEA en Punta del Este (Uruguay), el delegado cubano, Ernesto Che Guevara, afirmó que la iniciativa de Estados Unidos se debía al miedo a la aparición de nuevas Cubas en América Latina. Advirtió, además, que la ayuda estadounidense iba a comportar una mayor deuda externa y una mayor dependencia respecto a Estados Unidos. El intento de Kennedy de crear una plataforma para consolidar una amplia clase media latinoamericana y buscar la integración del campesinado y de las poblaciones marginales en el mercado mediante su instrucción en el uso de tecnologías sencillas a través del Cuerpo de Paz no tuvo éxito. Tanto los sectores dirigentes de la economía y la política latinoamericanas como los propios inversores estadounidenses consideraban más importante la lucha contra la insurgencia popular.


LA CRISIS CUBANA
En el entorno latinoamericano, la piedra en el zapato de Kennedy siempre fue Cuba. La isla, dominada desde 1959 por Fidel Castro, era un ejemplo exitoso de revolución desde la izquierda. Fidel se posicionó en seguida en la órbita de los países prosoviéticos, lo que hacía que Estados Unidos tuviera a tan solo cien millas de su costa a un aliado de su principal enemigo. Este hecho condicionó la política exterior de la Casa Blanca, así como el desarrollo de la Guerra Fría, en la que estadounidenses y soviéticos medían sus fuerzas enfrentándose siempre de manera indirecta.

El primer movimiento que Kennedy llevó a cabo fue la invasión fallida de bahía de Cochinos. Los paramilitares asesorados por la CIA fueron repelidos por las tropas de Fidel y este, como respuesta al intento de golpe de Estado, se refugió en su aliado soviético. Entonces, el Gobierno de Moscú decidió tensar la cuerda mediante el emplazamiento de misiles nucleares de ataque en Cuba, hecho que los aviones espía del ejército estadounidense descubrieron a mediados de octubre de 1962. Este episodio histórico se conoce como la crisis de los misiles, y se desarrolló durante trece días en los que el mundo estuvo al borde de un holocausto nuclear. En esos días, Kennedy recibió nuevas presiones del aparato militar para invadir Cuba y acabar militarmente con la amenaza que representaban los misiles, pero cabía el riesgo de que las represalias armadas derivaran en un intercambio atómico con la URSS.

Al final, el conflicto se solucionó con un intercambio. Estados Unidos se comprometió a no invadir Cuba ni promocionar cualquier operación ajena con dicho objetivo, y los soviéticos aceptaron retirar las baterías de proyectiles ofensivos instaladas en la isla caribeña. Además, la Casa Blanca también aceptó un acuerdo bajo mano con el Kremlin; también serían desmontadas las troneras lanzamisiles estadounidenses situadas en la frontera de Turquía con la URSS. Este último pacto secreto fue visto como una cesión inaceptable por el aparato militar de Washington. Pero lo cierto es que la solución de la crisis abrió una nueva etapa en la Guerra Fría, en la que la distensión volvió a ser la tónica dominante.


VIETNAM
En su lucha contra el comunismo, la Administración Kennedy heredó el problema del sudeste asiático. En este sentido, el presidente estadounidense no dejó de enviar consejeros militares y fuerzas especiales a la zona, siguiendo la política intervencionista de Eisenhower. En sus dos años y medio de gobierno, la presencia militar estadounidense en Vietnam creció de forma espectacular hasta llegar a los 16.000 consejeros militares en 1963. Esta circunstancia respondía a la famosa teoría del dominó: el temor de que la victoria del comunismo en Vietnam contagiase a los países vecinos extendiéndose por todo el sudeste asiático y todavía más allá.

El apoyo de Estados Unidos al presidente corrupto de Vietnam del Sur, Ngo Dinh Diem, abrió un camino que terminó en desastre. La misma CIA estuvo involucrada en el golpe militar que acabó con la muerte de Diem en noviembre de 1963, poco antes del asesinato de Kennedy. Con todo, algunas fuentes apuntan que la situación cada vez más preocupante en aquella zona pudo llevar al presidente a sopesar un plan de retirada progresiva de las tropas estadounidenses. Sin embargo, el propio Robert F. Kennedy negó en el año 1964 que su hermano estuviera pensando en un repliegue militar en Vietnam del Sur.


LARGA PRECAMPAÑA
Con un balance modesto en política exterior y algunos logros en política interior, como los grandes avances alcanzados en derechos civiles, en la primavera de 1963, cuando faltaba más de un año para la contienda, Kennedy comenzó a pensar en las elecciones presidenciales. Aunque estaba convencido de que sería reelegido por amplia mayoría, no quiso dormirse en los laureles. Texas pasaba por ser un estado clave: vencer allí suponía tener un 4,5% del total de los votos. Además, era la tierra natal de su vicepresidente, Lyndon B. Johnson.

Pero los demócratas texanos se encontraban divididos, lo que resultaba una mala noticia. Así que Kennedy decidió realizar un viaje a Texas los días 21 y 22 de noviembre de 1963. En la primera etapa de la visita, en San Antonio y Houston, fue recibido con entusiasmo. En Fort Worth, donde pasó la noche antes de volar a Dallas, el presidente anunció sus próximos planes: “En diciembre, Estados Unidos lanzará el cohete más potente de la historia y, por primera vez, se situará por delante de la URSS en la carrera espacial”.

A las diez y media de la mañana del 22 de noviembre de 1963, el avión presidencial aterrizaba en el aeropuerto Love Field de Dallas. Aquella jornada se presumía difícil. Había mucho odio suelto por una ciudad, de tradición republicana, en la que hacía poco se habían registrado episodios violentos contra líderes demócratas. Un mes antes de la llegada de Kennedy, el embajador estadounidense en la ONU, Adlai Stevenson, había sido increpado y empujado por manifestantes. Semanas antes de la llegada del presidente, ya se habían repartido octavillas con su rostro de frente y de perfil sobre la inscripción: “Se busca a este hombre por traidor”. Un tal Bruce Alger, un republicano ultraderechista que era el representante de Dallas en el Congreso, ya había llamado la atención mientras señalaba con su mano un retrato de Kennedy diciendo: “Dios ha hecho grandes hombres. Y Dios ha hecho hombres insignificantes como yo. Por suerte, Colt hizo el 45 para igualar un poco las cosas”.


ASESINATO
Del aeropuerto de Dallas, salieron los coches de la comitiva presidencial en dirección al centro de la ciudad. A las doce y media en punto, a la altura de la calle Elm, sonó un ruido de disparos y el presidente Kennedy se desplomó sobre su esposa Jacqueline. Una bala le había atravesado el cuello y otra la cabeza. El gobernador demócrata de Dallas, John Connally, también resultó herido. Tras los disparos, el coche corrió hacia el hospital. Albert Merriman Smith, periodista de la agencia UPI, dictó la primera noticia desde el radiófono del automóvil donde viajaban los periodistas: “Se han realizado tres disparos contra la caravana del presidente Kennedy en el centro de Dallas”.

A la una de la tarde, hora de Dallas (dos de la tarde en Washington), tras realizarse una operación de urgencia en el hospital Parkland, se confirmó oficialmente la muerte del presidente Kennedy. Unas dos horas después, la policía detuvo al presunto asesino, Lee Harvey Oswald. Pasadas las tres y media de la tarde, Lyndon B. Johnson prestó juramento como nuevo presidente de Estados Unidos en el avión Air Force One con rumbo a Washington. Tenía como testigo a Jacqueline Kennedy, que aún llevaba un vestido manchado con la sangre de su marido. Johnson hizo su primer discurso televisado a la nación en el mismo aeropuerto de Washington. De madrugada, el féretro presidencial fue instalado en la Casa Blanca. Al día siguiente, se trasladó al Capitolio. El 25 de noviembre, Kennedy fue enterrado en el cementerio de Arlington. Durante tres días y tres noches, las tres principales cadenas de radio y televisión del país dieron información sobre aquella gran tragedia nacional, de forma ininterrumpida y sin publicidad.


EXTRAÑAS COINCIDENCIAS
John F. Kennedy pasó a ser el cuarto presidente asesinado en la historia de los Estados Unidos. Una muerte todavía por aclarar y un caso muy oscuro. Como el mismo asesinato de Oswald, transmitido en directo por la televisión, que cayó abatido a tiros por un tal Jack Ruby dos días después de su detención mientras era conducido a la cárcel entre una nube de policías armados. Como la misma mala suerte de Ruby, condenado a muerte, al que un cáncer increíblemente rápido envió al otro mundo cuando acababa de obtener la revisión de su juicio. El asesinato de Robert Kennedy, hermano del presidente John Kennedy, acaecido el 5 de junio de 1968 en Los Ángeles, no hizo más que aumentar las dudas y las sombras en torno a lo que realmente ocurrió en Dallas.

El presidente Kennedy dejó tras su muerte una serie de promesas incumplidas. La mayoría de sus proyectos no fueron sino meras continuaciones de políticas iniciadas por su antecesor en el cargo, Eisenhower: la política agresiva contra Cuba, el impulso del rearme nuclear, la defensa de Berlín, la carrera espacial, la concesión de derechos civiles plenos a la población negra. La política de la Nueva Frontera (el Estado benefactor) todavía tenía orígenes más antiguos: el New Deal de Roosevelt y el Fair Deal de Truman. En realidad, la política social kennedyana fue completada por su sucesor, Lyndon B. Johnson, que acabó desgastándose en Vietnam, la primera guerra televisada en directo.


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