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Estados Unidos, el mundo feliz de los inventores
 
 
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 PATENTE DE INVENCIÓN
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El primer teléfono de Bell, fotografiado por la Oficina de Patentes de Washington.

El fenómeno de las patentes registradas en Estados Unidos, cuyo aumento ha sido espectacular en los últimos años, viene a demostrar que la invención es un rico patrimonio de este país. La inventiva de los europeos, que en la Edad Media empezaron a proteger con patentes algunos de sus inventos, está de capa caída si se compara con la de los estadounidenses. La Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos ha emitido más de ocho millones de licencias desde su nacimiento, en 1802, y concede hoy unas 6.000 nuevas licencias cada semana. Esta oficina, que forma parte de la Secretaría de Comercio, recibe cerca de 500.000 solicitudes anuales para patentar.

En 2002, la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos celebró su 200 aniversario. Para festejarlo, reunió a 37 de los inventores más distinguidos del país para que hablaran de su trabajo. Entre los miembros de la llamada Galería de Inventores Nacionales, que tenían cientos de patentes en su haber, no faltaban ni personas a sueldo de grandes empresas y universidades, ni gente con gran inventiva que trabajaba por su cuenta. Había algunos que se habían enriquecido con los inventos. Otros vivían de su sueldo o de su pensión. Pero todos seguían entusiasmados con el proceso creativo que les llevó a producir ideas originales. Incluso destacaron el papel crucial que, a veces, podía tener un golpe de fortuna. Sobre el futuro de los inventos, hubo también acuerdo unánime en considerar que el gobierno y la sociedad debían actuar para que la innovación no bajara el ritmo. Donald Keck, coinventor de la fibra óptica, que fue una revolución en el mundo de las telecomunicaciones, observó: “Siempre estamos justo al comienzo de la invención y la comunicación”.

Entre la mayoría de miembros de la Galería de Inventores Nacionales existía el convencimiento de que el futuro del proceso innovador pasaba por dar a los niños las herramientas para pensar de forma creativa y la motivación para inventar. Steve Wozniak, coinventor en 1976 del primer ordenador personal Apple I y cofundador de la empresa Apple Computer, confesó que de pequeño leía libros sobre hombres inventores y decidió convertirse en uno de ellos. Dijo: “Todo empieza con nuestros hijos. Tienen que creer que pueden hacerlo y que no es algo que solo se consigue en grandes empresas. Ahora los niños oyen hablar más de empresas que inventan cosas que de personas inventoras”. Otro inventor nacional como Robert H. Rines, pionero en la tecnología de radar y sonar de alta definición, pidió que la oficina de patentes revitalizara su departamento para los pequeños inventos. James E. West, inventor de la tecnología de electrodos laminares que se utiliza en el 90% de los micrófonos actuales, abogó por dar a los niños una sólida base en ciencia y matemáticas en un entorno creativo para fomentar el arte de inventar. West, que tiene más de 250 patentes, comentó: “Inventar es un arte. Nuestras herramientas no son los pinceles, los lienzos ni las pinturas. Nuestras herramientas son las matemáticas y la física. Y tenemos que enseñar a los niños a utilizarlas”. Para reforzar aún más el papel principal de Estados Unidos en el campo de la invención, West consideró que “se debe fomentar el ingenio de los grupos minoritarios y de la mujer”.

Patsy O. Sherman, la mujer que descubrió y desarrolló el tejido Scotchgard repelente de manchas mientras trabajaba como química, habló de la necesidad de preparar mentes curiosas. Su invento fue un descubrimiento accidental ocurrido en 1953 cuando ella y un colega intentaban desarrollar un material elástico resistente al deterioro por los combustibles de los aviones. Sherman observó: “Una mente preparada se da cuenta cuando algo no va según lo esperado y la observación estimula la curiosidad. Podemos animar y enseñar a los jóvenes a observar, a hacer preguntas cuando pasan cosas inesperadas. Podemos aprender a no ignorar lo imprevisto. Solo tenemos que pensar en todos los grandes inventos que han sido resultado de la casualidad y darnos cuenta de algo de lo que nadie se había dado cuenta antes”.

Según Richard M. Russell, de la Oficina de Política de Ciencia y Tecnología de la Casa Blanca, el 52 % del crecimiento de su país desde la Segunda Guerra Mundial procedía de los inventos. El funcionario estadounidense se mostró partidario de apoyar decididamente todo lo relacionado con el mundo de la investigación. Tampoco perdió la ocasión de referirse al papel del gobierno a la hora de garantizar la continuidad de la innovación. Sostuvo que era un asunto prioritario luchar por una oficina de patentes fuerte y moderna. “No tendremos inventos si no podemos proteger la propiedad intelectual”, subrayó Russell.

Si los inventos y las patentes parecen estar hoy en día más en la órbita de Estados Unidos, su historia empezó a dar vueltas en la Europa medieval. En aquella época, las cartas reales, cerradas y selladas, se llamaban litterae clausae y las otras cartas, selladas pero abiertas, se conocían con el nombre de litterae patentes. Estas últimas se usaban para conceder privilegios, derechos o títulos. De su nombre latino vino el término patente. Lo más parecido a una patente se dio por primera vez en forma de privilegio en 1323 y fue concedido por Venecia a un ingeniero alemán que se comprometió a construir molinos de grano. Pero la primera patente conocida en el mundo fue otorgada por la República de Florencia en 1421. A la República de Venecia se debió en 1474 la proclamación de la primera ordenanza relativa a patentes. Para gozar del privilegio, el inventor estaba obligado a probar que su idea podía llevarse a la práctica y ser útil. Para ello, tenía que hacer el invento o, al menos, diseñar una maqueta.

El concepto veneciano de la patente se extendió a los demás países europeos. Pero su espíritu original, basado exclusivamente en los méritos del inventor, se perdió con el paso de los siglos. Los privilegios de la patente se convirtieron en una suerte de monopolios otorgados sin leyes específicas, solo por la gracia del gobernante de turno. Así ocurrió en la Inglaterra de Isabel I hasta que, en 1623, el Parlamento inglés impuso el llamado Estatuto de los Monopolios, en virtud del cual los privilegios reales quedaron abolidos, excepto si se concedían “al primero y verdadero inventor de una nueva manufactura”. A lo largo de casi dos siglos, las patentes se fueron concediendo de forma más consuetudinaria que legal. A finales del siglo XVIII, aparecieron las primeras leyes sobre patentes: en 1790 en Estados Unidos y en 1791 en Francia.

En el siglo XIX, las patentes de invención se extendieron por todo el mundo. El auge de las exposiciones universales, que eran grandes escaparates de inventos y de inventores donde los países se jugaban su prestigio, fue un factor importante en el desarrollo de las patentes. En la Exposición Universal de Viena de 1873 se llegaron a armonizar a nivel internacional los derechos de la propiedad industrial. Aunque hubo que esperar hasta 1883 para ver plasmado el acuerdo en el Convenio de París. Este convenio internacional, hoy ratificado por más de un centenar de naciones, instituyó varios conceptos básicos del derecho de patentes, como el derecho de prioridad, el derecho del inventor a ser mencionado, la independencia entre las patentes de los distintos países y la igualdad de trato a los inventores nacionales y a los extranjeros. A finales del siglo XIX, la mayoría de estados tenía leyes de patentes. Incluso algunos países acabaron revisando su legislación más antigua en aquella materia.

Sin duda, uno de los objetivos principales del derecho de patentes es potenciar la innovación tecnológica. Las industrias invierten recursos en investigación y obtienen productos. Así, para recuperar las inversiones solicitan a las autoridades competentes que se les conceda el derecho de explotación exclusiva de los productos inventados. Pero el tema de las patentes relacionadas con la materia viva de la industria biotecnológica, que toca dos cuestiones sociales de vital importancia, como son la salud y la alimentación, parece suscitar un conflicto permanente. El editor de la revista Nature Biotechnology, el estadounidense John Hodgson, recordó que en el sector de la biotecnología, las grandes compañías utilizan los recursos materiales y humanos de las universidades y demás instituciones oficiales, se ahorran inversiones y obtienen importantes beneficios.

A finales del siglo XX, más del 65% de las patentes biotecnológicas mundiales eran estadounidenses y solo el 15 %, europeas. Para muchas organizaciones no gubernamentales como Grain (Genetic Resources Action International), estas patentes se convierten en una excusa para que las empresas obtengan beneficios en campos en los que no han invertido nada. El organismo gubernamental National Institutes of Health (NIH) desarrolló en la década de 1980 el primer tratamiento de terapia genética de la historia, obteniendo después la patente sobre el procedimiento en general, lo que les otorgaba una condición casi de monopolio mundial. En 1990, algunos de los científicos que habían participado en las investigaciones cedieron sus derechos a una compañía farmaceútica (Genetic Therapy Inc.) en la que tenían intereses. Tres meses después, esta empresa fue adquirida por la multinacional suiza Sandoz (hoy Novartis) por 295 millones de dólares. Al final, la inversión pública inicial resultó beneficiosa para una empresa privada que ni siquiera era estadounidense.

En el campo de la agricultura y la alimentación se ponen de manifiesto los mismos problemas que en el de la salud. Las grandes compañías desembarcan en los países que son reserva de la biodiversidad y obtienen información sobre sustancias susceptibles de ser comercializadas. Poco después, las fabrican mediante biotecnología y obtienen la patente en todo el mundo. Es por ello que hoy se puede decir que este mundo feliz de los inventores, no es precisamente un juego de niños.


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