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Samuráis, la poética de la guerra
 
 
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 GUERREROS LEGENDARIOS
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Hacia 1500, la casta de los samuráis se convirtió
en sostén de la clase gobernante.

Fuertes, maestros de la espada, ascetas, cultivados y de vida fugaz. Los samuráis se extinguieron en el siglo XIX, pero ahora las películas rememoran su fiereza y valores: el honor y la fidelidad hasta la muerte. El último samurai, de Edward Zwick, con Tom Cruise como protagonista, o Kill Bill, protagonizada por Uma Thurman y dirigida por Quentin Tarantino, aportan una visión occidental de la historia. Mientras, Zatoichi, del realizador japonés Takeshi Kitano, quita hierro a la leyenda y mezcla sangre, humor naif y hasta un toque de music hall. Dos visiones que mucho tienen que ver con los modelos culturales forjados a uno y otro lado del mundo.

Cuando empezó la expansión de Europa occidental hacia Oriente, comenzó a imponerse una visión particular de esa región del mundo y cundió el interés por los hábitos y costumbres de los pueblos que la habitaban. Los relatos de Marco Polo constituyen la primera manifestación de esta tendencia.

En su afán colonizador, Occidente forjó una imagen sesgada de Oriente, al que confirió un toque de rareza y exotismo con la intención de “desnaturalizar” lo diferente, lo que constituye el primer paso para justificar el enfrentamiento y la dominación. La difusión en Europa de cuentos como Las mil y una noches fue parte de esta construcción imaginaria.

En el siglo XIX, cuando las potencias europeas afianzaron sus dominios coloniales en Oriente sobre bases capitalistas, la expansión fue concebida como una verdadera empresa, de la cual formó parte la producción intelectual “orientalista”. Cabe recordar que Napoleón Bonaparte dirigió su campaña de Egipto acompañado por equipos de historiadores, arqueólogos, zoólogos y botánicos. La campaña napoleónica dio pie incluso a que en las universidades europeas naciese una nueva especialidad: la Egiptología. En el marco de esta tradición, como a lo largo del siglo XX, actualmente Oriente sigue proveyendo a Occidente de grandes mitos que no solo alimentan el imaginario occidental, sino que, además, refuerzan mecanismos de rechazo que, muy a menudo, son simientes de racismo y xenofobia.

En el Extremo Oriente –hablar de “extremo” alude a un “centro” que, arbitrariamente, se sitúa en Europa occidental–, Japón representa un ejemplo particular de esta tradición “orientalista”. Tras desplazar a Europa, que salió debilitada de la II Guerra Mundial, Estados Unidos asumió y desarrolló esta particular visión de Oriente. Así es como los samuráis nipones se han convertido en personajes habituales de Hollywood. Hasta las mismas empresas cinematográficas niponas, dispuestas a vender por encima de todas las cosas, se empeñan en saturar los mercados occidentales con productos inspirados en esta versión occidental de su propio pasado. En este contexto, a través de cómics, filmes, series televisivas y videojuegos, Japón sigue siendo una fuente de duros guerreros, generalmente acompañados por fogosos dragones y un esoterismo superficial.

Sin embargo, más allá de los mitos y las leyendas, ¿quiénes fueron realmente los samuráis? En Japón, al igual que en Europa, la propiedad de la tierra constituyó la base del poder durante el Medioevo. Los terratenientes, miembros de la nobleza, no solo eran dueños de la tierra, sino de los campesinos que, sometidos al régimen de servidumbre, vivían en ella. En constante rivalidad por incrementar sus posesiones, los señores feudales combatían entre sí. Cada señor –daimio– organizaba su propio ejército y realizaba campañas contra sus rivales. Para asegurarse su lealtad, los campesinos asignados a esta tarea recibían una cuota de arroz superior a la que percibían los demás trabajadores rurales. Con el tiempo, los campesinos prestatarios de este servicio –samuro, en japonés, significa precisamente “servicio”– se especializaron en su rol de guerreros y se convirtieron en samuráis, miembros de la casta militar.

La clase guerrera de los samuráis, que también era conocida por el nombre de bushi, se formó entre los siglos IX y XII. Entre este último y el XVI, los conflictos interfeudales se convirtieron en sangrientas guerras civiles. A mediados del 1500, el general Oda Nobunaga, tan despiadado en el ejercicio del gobierno como amante de la poesía, centralizó el poder en su persona. La casta de los samuráis se convirtió en el principal sostén de la clase gobernante. En 1582, Toyotomi Hideyoshi lo sucedió en el mando y terminó de unificar Japón. Tras su muerte, en 1598, le sucedió Tokugawa Ieyasu, que trasladó la corte imperial de Kyoto a Edo (hoy Tokyo). Desde entonces, la familia Tokugawa, apoyándose en la casta samurái, dominó la vida japonesa durante doscientos cincuenta años.

En 1876, se inició la era Meiji. La casta guerrera entró en decadencia y sus privilegios fueron gradualmente abolidos. Pero en un Japón industrializado y moderno, en plena expansión económica y militar, el moderno ejército nipón heredó la tradición samurái. La política imperialista japonesa, cuya máxima expresión se dio durante la II Guerra Mundial, se basó en un ultranacionalismo, de tipo fascista, que se alimentó de los mitos y rituales de los samuráis. Los aviadores suicidas (kamikazes) fueron una clara expresión de esta continuidad.

Los samuráis, expertos en las artes marciales, manejaban con notable habilidad el arco y la espada. También eran grandes jinetes. La forma de vida del samurái era denominada bushido: bu, en japonés, significa “guerra”; shi, hombre cultivado; y do, “vía o camino digno”. Según el bushido, los samuráis debían llevar un régimen de vida muy frugal y austero, sin interés por la riqueza y los bienes materiales, pero con una escala de valores presidida por el orgullo y el honor. En la práctica, el oficio de samurái constituyó una forma de poder, con toda su secuela de privilegios, incluso económicos.

Si bien a partir del siglo X ya se registran antecedentes de los samuráis, fue durante el período de las guerras civiles del Japón (1482-1558) cuando comenzó a estructurarse la casta guerrera y a perfilarse la normativa de su conducta. Los samuráis, que buscaron su emblema en la flor del cerezo, como símbolo de una vida breve y efímera, pero supuestamente bella, dedicaron su existencia al servicio de su señor o daimio, reconocido como el jefe por los samuráis y responsable de vidas y haciendas en el feudo de su propiedad. Aunque por lo general este señor no se distinguía por su participación en el combate, debía ser digno de esa fidelidad, y dirigir con benevolencia y de manera inteligente la comunidad que dependía de él. Los samuráis respaldaban sus decisiones.

Según los principios del bushido, la espada del samurái encarnaba su alma. Esto significaba que la espada, símbolo de su lealtad al señor, era el instrumento con que lo defendía más allá de su propia vida. Debía estar siempre dispuesto a sacrificarse por su señor y a volver su espada contra sí mismo si era necesario. Esto quería decir que el deseo supremo de un samurái era la superación del miedo a la muerte. Un verdadero guerrero vivía cada momento como si fuera el último. Solo así podía llegar a esa “presencia del corazón”, que, “olvidando el yo”, hacía lo debido y sin titubeos en medio del fragor de la batalla. Debía trascender el instinto de supervivencia, el yo personal y la conciencia para “ser uno con su espada”. Los samuráis no podían temer a la muerte y entablaban batalla sin medir la relación de fuerza ni las dificultades. Si el final era la muerte, morir en la batalla reportaba honor a su familia y a su señor.


ANTES Y DESPUÉS DE LA BATALLA
Al igual que los caballeros del Medioevo europeo, los samuráis solían celebrar duelos, y el desenlace del enfrentamiento manifestaba el dictamen de una voluntad superior, similar a la divinidad o el destino.

Antes de librar batalla, el samurai “invocaba” el nombre de su familia, su rango y las hazañas protagonizadas hasta ese momento. El oponente no debía ser de un rango inferior ni sus hazañas menos gloriosas. Cuando el samurái triunfante acababa con su oponente, procedía a decapitarlo. Al regresar al feudo de su señor tras una campaña, las cabezas de los oponentes vencidos acreditaban su éxito. Las cabezas de los generales y de los guerreros de altísimo rango se mostraban en las celebraciones y eran objeto de un culto especial.

La única salida para un samurái derrotado era la muerte o el suicidio ritual: el seppuku, es decir, la evisceración, también conocida como hara-kiri. El vencido se abría el vientre con su propia espada o un cuchillo especial para la ceremonia y se sacaba las entrañas. Tras ese acto, otro samurái, usualmente el mismo vencedor o un amigo o pariente, le cortaba la cabeza. Esta forma de suicidio era realizada bajo diferentes circunstancias. Generalmente, el seppuku tendía a evitar la captura con vida del guerrero, considerada deshonrosa y degradante.

Dado que el mundo cultural religioso del Japón creía en la reencarnación, el ritual del hara-kiri no era visto como un acto destructivo, sino todo lo contrario. El tipo de muerte decidía la calidad de la futura vida. Para un samurái, los momentos previos al autosacrificio estaban regidos por los fudoshin –niveles de elevación espiritual– y cargados de ritualidad religiosa. Además, como guerreros valerosos y fieles al código de conducta, la muerte aseguraba el honor a su descendencia y la realización plena de su meta espiritual a ellos mismos.

Evidentemente, existían varios rangos y niveles diferentes de samuráis, dependiendo de su nacimiento, su desarrollo personal y sus características. Integrados en clanes, constituían una organización económica, política y militar, administrada según diversas normas y convenciones. La suma de todas esas personas formaba simbólicamente una gran familia que funcionaba como un organismo único, cuyo corazón eran el daimio y los samuráis. Con distintos niveles de importancia, las acciones de cualquiera de los integrantes de este núcleo afectaban a todo el clan, envileciendo y humillando o enalteciendo la vida de cada uno. El daimio tenía la potestad de ejercer justicia, premiando o condenando a los integrantes de su clan.

En esta estructura feudal hereditaria, el clan estaba ligado por intereses económicos, muchas veces consolidados por la vía del matrimonio entre los descendientes de las diversas familias. Al igual que los caballeros andantes del Medioevo europeo, los samuráis se convirtieron en leyenda. No tuvieron la suerte de contar con un Cervantes que, quijotescamente, los desmitificara.


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