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Cambio climático, una amenaza para la salud del planeta
 
 
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 LA TIERRA EN PELIGRO
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Glaciar Perito Moreno (Argentina), declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1981.

La señal del calentamiento global provocado por la actividad humana se ha buscado y encontrado en el aumento de la temperatura media en la superficie terrestre, que subió 0,6 grados en el siglo XX. En un estudio publicado en 2012, el Banco Mundial advirtió de que, al ritmo actual, la temperatura de la Tierra aumentará cuatro grados a final de siglo. Ya en su tiempo, el físico-químico sueco Svante Arrhenius (1859-1927), premio Nobel de Química en 1903, fue uno de los primeros en señalar que el consumo de carbón por parte del hombre estaba produciendo un aumento del dióxido de carbono en la atmósfera, que podía provocar una subida de la temperatura terrestre. Sin embargo, Arrhenius pensaba que podría ser un calentamiento beneficioso al librarnos de futuros períodos glaciales.

Según el informe de 2012 de la Organización Meteorológica Mundial, desde la era preindustrial (año 1750) hasta la actualidad, las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera han aumentado un 40%, las de óxido nitroso se han incrementado un 20% y las de metano se han disparado hasta casi un 160%. Estos tres gases, conocidos popularmente como gases de efecto invernadero, se han destacado como los principales causantes del calentamiento global producido por la quema de combustibles fósiles. El cambio climático es hoy una amenaza muy real que supone aumentos de las temperaturas, subidas del nivel del mar, alteraciones en las precipitaciones y mayor intensidad de acontecimientos meteorológicos extremos. Sus efectos se harían sentir de forma especial en la salud humana, la agricultura, los bosques, las reservas de agua y los ecosistemas.


DE ESTOCOLMO A COPENHAGUE
Los Gobiernos del planeta han organizado en los últimos años varios foros para discutir cuestiones como el calentamiento global y adoptar medidas correctoras. La primera cita fue en 1972 en Estocolmo (Suecia), donde se celebró la primera Conferencia Internacional sobre el Medio Humano. Pero fue veinte años después, en Río de Janeiro (Brasil) y en el marco de la denominada Cumbre de la Tierra de las Naciones Unidas, cuando realmente se sentaron las bases para que los países del mundo lucharan contra los estragos de la contaminación. Tras ese hito histórico, la cita clave fue la cumbre de Kyoto (Japón) de 1997, donde 165 países aceptaron un protocolo para reducir sus emisiones de gases a la atmósfera en un 5,2% respecto a las cifras de 1990 entre 2008 y 2012.

Desde aquel encuentro, la lucha de los países por la reducción del efecto invernadero ha evolucionado con dificultad, ya que es difícil conseguir el compromiso de los países: Estados Unidos nunca ha refrendado el tratado de Kyoto, países como España lo incumplen pese a haberlo aceptado y estados emergentes como China y la India se niegan a supeditar su crecimiento económico al respeto a la naturaleza. El desacuerdo sobre la manera de afrontar el calentamiento global se hizo patente en la cumbre de Copenhague, celebrada en diciembre de 2009. Dicha conferencia, que contó con la presencia de científicos, dirigentes de organizaciones no gubernamentales y ministros o jefes de Estado de los 192 países miembros de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, tenía como objetivo alcanzar un acuerdo jurídicamente vinculante con medidas para reducir la emisión de gases de efecto invernadero. La finalidad última del encuentro era consensuar un tratado, aplicable a partir de 2012, que tomase el relevo del protocolo de Kyoto.

Sin embargo, los resultados de la cumbre de Copenhague fueron más bien pobres. Incapaces de consensuar un acuerdo global, los países participantes en la conferencia se limitaron a hacer pública una breve declaración que alertaba sobre el peligro que representaba el cambio climático y que expresaba la necesidad de contener el ascenso de la temperatura en un máximo de dos grados respecto a los niveles de la época preindustrial. Era un documento vago, despojado de todo carácter vinculante, que ni siquiera establecía los mecanismos mínimos para contener las emisiones de gases de efecto invernadero. El grado de desacuerdo imperante en la conferencia fue tal que los delegados se negaron a votar la declaración y se limitaron a “tomar conocimiento” de su existencia. “Ha sido decepcionante”, declaró sobre la cumbre Edward Miliband, a la sazón secretario de Estado de Energía y Cambio Climático de Reino Unido, para poner de manifiesto la magnitud del fracaso.


LA CUMBRE DE CANCÚN
Dado el precedente de Copenhague, la cumbre de Cancún, celebrada en diciembre de 2010, se inició en un clima de pesimismo. La opinión generalizada entre analistas y participantes era que el encuentro se saldaría con un nuevo fracaso. Sin embargo, la habilidad y la capacidad negociadora de Patricia Espinosa, secretaria (ministra) de Relaciones Exteriores de México, el país anfitrión, permitió que las delegaciones asistentes a la convención lograran ciertos puntos de acuerdo. Los compromisos alcanzados fueron considerados tibios por algunos gobiernos y organizaciones ecologistas, pero abrían una vía para combatir de forma efectiva el cambio climático.

El acuerdo fue consensuado por todos los países presentes en la cumbre, excepto Bolivia. Entre sus puntos más destacados, incluía la creación de un fondo de ayuda financiera para que los países en desarrollo pudieran combatir la deforestación de su territorio, el establecimiento de fórmulas de protección de los bosques tropicales y la implementación de un sistema de control de emisiones de gases de efecto invernadero, con el objetivo de limitar el calentamiento global de la Tierra a 1,5 ºC.

El acuerdo era una mera declaración de intenciones, por lo que los mecanismos necesarios para hacerlo efectivo quedaron pendientes de definir. Sin embargo, fue recibido con alivio por parte de la opinión pública porque reflejaba un cambio de actitud de la comunidad internacional frente a la amenaza del cambio climático.


LA CUMBRE DE DOHA
En diciembre de 2012 concluyó una nueva conferencia de Naciones Unidas sobre el cambio climático, celebrada en la ciudad de Doha (Qatar). Las duras negociaciones y el acuerdo de mínimos logrado, alejado de las recomendaciones de los científicos que pedían medidas drásticas para frenar el calentamiento global, pusieron de nuevo de manifiesto las diferencias de criterio y de intereses entre los participantes en la cumbre.

El principal acuerdo alcanzado en la conferencia fue la aprobación de la prórroga del protocolo de Kyoto hasta 2020. Sin embargo, países como Japón, Canadá, Rusia o Nueva Zelanda, manifestaron su negativa a prolongar el protocolo, por lo que los países participantes en el segundo período de Kyoto tan solo representan el 14% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. En la cumbre también se estableció un plan de trabajo para lograr en 2015 un nuevo acuerdo mundial en materia de clima, jurídicamente vinculante, que entraría en vigor en 2020.


PREDICCIONES ALARMANTES
Para precisar impactos y plazos temporales del cambio climático en el futuro, el Centro Hadley, líder mundial en la predicción, se planteó ya en 1999 varios supuestos de emisiones de dióxido de carbono, el gas de efecto invernadero más importante. El centro llegó a la conclusión de que si no se tomaban medidas para reducir tales emisiones, la temperatura media global en 2080 sería tres grados centígrados superior a la actual, de modo que la tierra se calentaría dos veces más rápido que el océano. En 2050, la subida de temperatura sería de dos grados, y mil millones más de personas sufrirían la escasez de agua. En caso de que no se hiciera nada por evitarlo, la cifra ascendería, y la escasez de agua podría afectar incluso a 3.000 millones de personas. En lo que respecta a la cuestión sanitaria, los expertos del Hadley calcularon que en 2080, unos 290 millones de personas más que en la actualidad correrían riesgo de sufrir malaria. Si se estabilizaran las emisiones de gases a la atmósfera, la cifra podría bajar hasta 175 millones de personas.

Según un estudio realizado por la Universidad de East Anglia (Reino Unido) en 2003, la contención de las emisiones estabiliza el clima y los impactos a largo plazo, excepto la subida del nivel del mar. El problema se debe al hecho de que el calor tarda llegar a las profundidades de las aguas marinas y su efecto, una vez desencadenado el calentamiento, se mantiene durante mucho tiempo, provocando la expansión del agua y el deshielo continental y ártico. Las predicciones indican que el mar subirá cuarenta centímetros en el 2080 si no se toman medidas para contener las emisiones de CO2, y de treinta a veintisiete centímetros en el mejor de los casos. Más aún, se espera que la elevación del nivel del mar alcance casi un metro dentro de dos siglos.

El informe global GEO-2000, realizado por el Programa de la ONU para el Medio Ambiente sobre la situación ambiental del planeta al comienzo del tercer milenio, llegó a la conclusión de que “el presente discurrir de las cosas es insostenible y ya no se pueden posponer los remedios por más tiempo”. El informe alertó especialmente del problema emergente del nitrógeno: “Estamos fertilizando la tierra a escala global de forma experimental e incontrolada”. Una de las organizaciones ecologistas más importantes del mundo, la World Wide Fund for Nature (WWF), se hizo eco del problema denunciando que la liberación de nitrógenos en el ambiente puede alterar tanto el crecimiento como la composición de las especies y reducir su diversidad. Esta misma organización lleva años aplicando lo que llama el índice planeta vivo, que es una combinación de tres indicadores diferentes: la superficie de cubierta forestal, las poblaciones de especies de agua dulce y las poblaciones de especies marinas. Con tales baremos, constató que, entre 1970 y 1995, el planeta había perdido la tercera parte de su riqueza.


EL MUNDO, ZONA A ZONA
En 2001 se presentó un informe del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU que, elaborado por 700 científicos, abordaba los efectos del calentamiento terrestre a lo largo del siglo XXI. El estudio, que consta de más de mil páginas, está considerado uno de los análisis más completos sobre los efectos del cambio climático en el mundo y se actualiza periódicamente. Según el informe, el cambio climático, causado principalmente por gases contaminantes emitidos por industrias y vehículos, consiste en un aumento de las temperaturas a escala global. Esto provoca, por un lado, que se evapore más agua de los océanos y, en consecuencia, que aumenten las precipitaciones. Por otro lado, acelera la fusión de los hielos polares, lo que hace subir el nivel del mar. Todo ello puede redundar en cambios en las corrientes de circulación oceánica, reguladoras del clima mundial, y en las corrientes de circulación atmosférica. El resultado final es que el cambio climático afecta a todas las regiones del mundo, aunque no siempre en el mismo sentido.

En el informe del IPCC de 2001 se hablaba de los principales efectos globales del cambio climático: aumento de la temperatura, aumento de las precipitaciones, extinción de las especies y desplazamiento de la población. Además se analizaba cómo afectaría el cambio climático a las distintas zonas del planeta. Según el informe, en Europa habría más sequías en los países mediterráneos; la producción agrícola crecería en el norte y se reduciría en el sur; los destinos turísticos cambiarían debido a las olas de calor en verano y a la reducción de nevadas en invierno; y la mitad de los glaciares alpinos desaparecerían en un siglo.

En África, la reducción de precipitaciones reduciría las cosechas, agravaría los déficits de agua potable y provocaría más desertización. Por si fuera poco, el aumento del nivel del mar causaría, además de la erosión costera, grandes desplazamientos de poblaciones en el oeste, en el sudeste y en Egipto.

Por su parte, Asia se vería azotada por más ciclones y precipitaciones torrenciales en el sur, más catástrofes naturales, menor seguridad alimentaria, pero mejores cosechas en el norte.

En Oceanía, el aumento de cinco milímetros anuales en el nivel del mar reduciría la superficie habitable en las islas del Pacífico y el consiguiente desplazamiento de poblaciones, a la destrucción de las barreras de coral y a la modificación de los bancos de pesca.

Finalmente, América del Norte sufriría el aumento de huracanes en la costa atlántica, la reducción de las praderas y el avance de enfermedades infecciosas como la malaria. América Latina tendría más precipitaciones catastróficas, más sequías, más cólera y malaria. En los polos, la fusión de los casquetes polares provocaría cambios en la circulación oceánica que afectarían al clima de todos los continentes.


DAÑOS ECONÓMICOS
Estos estudios demoledores se vieron reforzados por otros datos, como los relativos a las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera, que, según la Organización Meteorológica Mundial, aumentaron un 0,5% en 2005. Ante este escenario tan desalentador, el gobierno del Reino Unido movió ficha. Londres buscaba liderar la lucha mundial contra el calentamiento global, por lo que contrató como asesor independiente a Al Gore, ex vicepresidente de Estados Unidos y realizador del documental-denuncia sobre el cambio climático Una verdad incómoda. Además, el entonces primer ministro británico, Tony Blair, y quien a la sazón era su ministro de Hacienda, Gordon Brown, instaron a uno de sus más estrechos colaboradores en materia económica, Nicholas Stern, a realizar un estudio sobre los efectos del cambio climático en la economía mundial. Era el primer trabajo que partía de un planteamiento no científico para abordar el problema.

Stern, que fue jefe economista del Banco Mundial, afirma en su informe, publicado en 2006, que el calentamiento global podría originar una recesión de alcance mundial; de hecho, cuantifica el coste del problema en siete billones de dólares si los Gobiernos no toman medidas radicales en los próximos diez años. La rigurosidad de un estudio como este, planteado desde una disciplina en principio poco ligada a las cuestiones ecológicas –a menudo se piensa que el ecologismo está reñido con el crecimiento económico, por lo que Estados Unidos no suscribió el protocolo de Kyoto–, supone un claro aviso sobre los peligros materiales que plantea el cambio climático para el devenir de la humanidad. Además, Stern apunta que el calentamiento global provocará la emigración de 200 millones de personas, la desaparición de una sexta parte de la población mundial, y la extinción de hasta un 40% de la fauna.


CONCIENCIA ECOLOGISTA
A pesar de las fatales consecuencias del cambio climático y el calentamiento global, tanto ecológicas como socioeconómicas, la conciencia ecologista de la humanidad tardó bastante en despertarse de forma global. Mediada la década de 1970 la preocupación por el estado de la Tierra hizo surgir una serie de movimientos ciudadanos que se enfrentaron al modo de vida de la sociedad industrial expansionista e insostenible. En 1970, Edward Golsdmith fundó en Londres la revista The Ecologist. Un año después, nació Greenpeace en Vancouver (Canadá) con acciones directas no violentas contra las pruebas nucleares estadounidenses en Alaska. En 1972, Goldsmith publicó el Manifiesto por la supervivencia, que dio paso a la creación de partidos verdes en los países desarrollados. En 1974, el francés René Dumont se presentó a las elecciones legislativas francesas como candidato ecologista y consiguió el 1,5% de votos. Esta década estuvo marcada por la fuga de dioxinas de la fábrica química de Seveso (Italia) en 1976, la marea negra en las costas de Bretaña provocada por el naufragio del barco Amoco Cadiz en 1978 y el accidente en la central nuclear estadounidense de Three Mile Island en 1979, que obligó al cierre de las instalaciones y a la evacuación de más de 200.000 personas.

En la década de 1980, el movimiento verde lideró las manifestaciones antinucleares y se fue consolidando como alternativa política en Europa. Fueron años de desastres ecológicos. Se denunciaron los efectos de la lluvia ácida en los bosques europeos y causó gran impacto la muerte de 3.000 personas por la fuga de gases venenosos en la filial india de Union Carbide en Bhopal en 1984. Los accidentes continuaron con la explosión en el reactor 4 de la central nuclear soviética de Chernóbil en 1986: la mayor catástrofe nuclear de la historia, con 31 muertes, 30.000 personas fallecidas por radiactividad en los diez años siguientes y millones de afectados. El remate trágico de la década lo puso en 1989 la peor marea negra de la historia, causada por el hundimiento del petrolero Exxon Valdez en aguas de Alaska. La conciencia ecologista llegó a las Naciones Unidas en 1987. La Comisión de Medio Ambiente y Desarrollo de la ONU, presidida por la noruega Gro Harlem Brundtland, habló por primera vez de desarrollo sostenible, argumentando que progreso económico y protección medioambiental eran compatibles. Después llegó la cumbre de Río de Janeiro, en 1992; el protocolo de Kyoto, en 1997, y toda la serie de cumbres sobre medioambiente que se celebraron posteriormente.

El último capítulo fue la conferencia de Doha. Según el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, los resultados logrados en Doha allanan el camino para alcanzar en 2015 un acuerdo global jurídicamente vinculante. Sería deseable que el consenso alcanzado sobre la necesidad de que el aumento de la temperatura media de la Tierra no exceda los dos grados centígrados se concretase en medidas efectivas para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero. Al fin y al cabo, de ello depende el futuro de nuestro planeta.


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