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Etruscos, una civilización enigmática
 
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 ETRUSCOS Imprimir Enviar Guardar
 
Los etruscos, rasena según propia denominación, aparecieron en la actual Toscana a finales del s. VIII a.C. Desde allí, este pueblo colonizó el valle del Po e inició una expansión política que lo convirtió en la potencia hegemónica del norte y el centro de la península Itálica entre los ss. VII y V a.C., hasta que, finalmente, fueron absorbidos por la expansión romana.

Pese a la gran cantidad de vestigios materiales que se conservan y al interés que han despertado entre historiadores de diferentes épocas, todavía existen dudas sobre el origen de los etruscos. La imposible ubicación de su lengua, aún indescifrada, dentro de las conocidas por los especialistas y las notables diferencias entre sus formas artísticas y las de los pueblos vecinos han contribuido a crear un cierto misterio en torno a este pueblo.


LOS ETRUSCOS SEGÚN LOS HISTORIADORES ANTIGUOS
Ya en la antigüedad, griegos y romanos se interesaron por conocer el origen de los etruscos. Unos y otros, conscientes de las peculiaridades culturales de este pueblo, coincidieron en señalar las características que los diferenciaban de los de su entorno. Así, surgieron diferentes tesis sobre sus orígenes, de las que son herederos en buena medida los trabajos que sobre la misma cuestión continúan publicándose.

Heródoto afirmó en sus Historias que los etruscos eran originarios de la región de Lidia, en Asia Menor; de esta forma se justificaba la repentina aparición de la cultura etrusca hacia el año 700 a.C. En la misma línea, su coetáneo Helánicos señalaba que, si bien no eran de origen lidio, procedían del Mediterráneo oriental y eran los descendientes de pueblos prehelenos que habían abandonado Grecia y las islas del Egeo tras la llegada de los aqueos.

La tesis planteada por Dionisio de Halicarnaso fue completamente diferente. Para él, el origen de la civilización etrusca había que buscarlo precisamente allí donde estaba asentado este pueblo, en la misma Etruria. No se trataría, pues, de una civilización trasplantada, sino que sería el fruto de la evolución cultural y política de pueblos autóctonos.


LAS TESIS MODERNAS
Los investigadores actuales no se alejan mucho de sus planteamientos. Descartada la relación con los pueblos indoeuropeos del norte, frente a los que defienden la procedencia oriental de los etruscos, otros apuntan a su origen autóctono.

Para los que defienden un origen mediterráneo oriental, la presencia etrusca sería la consecuencia de la llegada de colonos de origen lidio junto con comerciantes que habrían instalado pequeñas colonias en el área nororiental de la península Itálica. Los recién llegados habrían aportado su cultura a los pueblos itálicos autóctonos, que ya habían experimentado grandes cambios en sus formas sociales, como demuestran los vestigios de la cultura villanoviana, anterior a la llegada de los etruscos. La minoría etrusca, o lidia, conformaría una aristocracia militar que se impuso sobre la población autóctona.

Por otro lado, algunos historiadores defienden el carácter autóctono de la civilización etrusca. Según éstos, a finales del s. VIII a.C., la cultura villanoviana habría representado un gran salto cualitativo en la organización social y en las formas culturales de las poblaciones autóctonas del norte de Italia. Además, los habitantes del área que se conoce como Etruria habrían recibido importantes influencias orientales a través de las colonias que griegos y fenicios habían fundado en el sur de Italia (Magna Grecia) y en las islas de Córcega, Cerdeña y Sicilia, así como en el norte de África (Cartago).

Gracias a estos estímulos, las poblaciones autóctonas experimentaron un proceso de transformación cultural y social que propició el desarrollo de formas originales propias (lengua, tecnología, religión). En definitiva, la civilización etrusca, lejos de ser una simple imposición cultural de pueblos orientales, sería el fruto de un lento proceso en el que se habrían fundido elementos autóctonos y orientales gracias a las relaciones comerciales.

La lengua etrusca es uno de los elementos más oscuros en la historia de este pueblo y el que plantea mayores problemas a los especialistas. En general, está ampliamente reconocido su origen no indoeuropeo y su relación con otras lenguas de la cuenca mediterránea. Sin embargo, a pesar de que se conoce el valor fonético de su escritura, sus signos no han podido ser interpretados y, en consecuencia, continúa siendo indescifrable. La influencia de la lengua etrusca ha quedado patente en la permanencia de topónimos en las regiones centrales de la península Itálica y en un pequeño número de palabras que, a través del latín, han pasado luego a las lenguas románicas, tales como persona, atrio o mundo.


HISTORIA DE LOS ETRUSCOS


Los primeros signos de la civilización etrusca habrían aparecido a principios del s. IX a.C. en el territorio situado entre los ríos Arno y Po, en el centro-norte de la península Itálica. Aprovechando su superioridad organizativa, demográfica y militar (empleo de armas de hierro y conocimiento de la táctica de los hoplitas griegos), los etruscos emprendieron la conquista política de los territorios de su entorno mediante la fundación de ciudades-estado.

EL PERÍODO DE EXPANSIÓN
Los etruscos controlaban los pasos alpinos desde el valle del Po, lo que les permitía controlar el comercio entre las colonias griegas y cartaginesas del sur de Italia y las poblaciones de Europa central. Hacia el Este, llegaron hasta la costa del mar Adriático y, en dirección Sur, ocuparon el Lacio y parte de la Campania, regiones a las que podían acceder no sólo por vía terrestre, sino también marítima gracias al dominio naval que habían impuesto en el mar Tirreno.

Roma, por entonces un pequeño enclave urbano, fue ocupada por los etruscos a finales del s. VII a.C.; la ciudad del Tíber estuvo regida por una dinastía de origen etrusco, los Tarquinos, entre los años 616 y 509 a.C. La presencia etrusca en Roma no se limitó al simple dominio político de estos monarcas; la disposición de los elementos urbanos, como las murallas o el trazado de las calles, las formas arquitectónicas de sus templos y la creación de la cloaca máxima son exponentes de la influencia de los etruscos en Roma.

El s. VI a.C. fue la época de esplendor de la civilización etrusca. Al sur de Roma, penetraron en la región de la Campania, donde se impusieron no sólo a la población autóctona (volscos, samnitas), sino también a las ciudades de la Magna Grecia. En 535 a.C., una flota conjunta etrusco-cartaginesa derrotó en Alalia (colonia griega en la costa de Córcega) a la flota formada por los griegos de Massalia (Marsella) que les disputaban el control del Mediterráneo occidental.

No obstante, a finales del s. VI a.C. los griegos frenaron la expansión etrusca por el sur de la península Itálica. El hecho de no constituir un estado unificado sino una confederación de ciudades impidió a los etruscos mantener su dominio de manera continuada y enfrentarse con garantías a los griegos y a las rebeliones de las poblaciones sometidas. Asimismo, la ausencia de un estado etrusco cohesionado explicaría la decadencia de Etruria.


ROMA CONTRA ETRURIA
La nobleza romana expulsó al rey Tarquino el Soberbio (509 a.C.) y estableció un régimen republicano en un proceso que no era sólo un cambio político de monarquía a república, sino la constatación del sentimiento de latinidad entre los pueblos del Lacio, origen del futuro poder de Roma. La expulsión de Tarquino significó el inicio de las guerras entre las ciudades de la liga etrusca y Roma, cuyo desarrollo se conoce exclusivamente a través de las fuentes romanas, textos en los que se confunden realidad, leyenda y manipulación de los hechos en beneficio de una "historia romana"; valga como ejemplo la leyenda del héroe romano Cayo Mucio Escévola y el rey Porsena de Clusium (Chiusi).

Según las fuentes romanas, las ciudades etruscas de Tarquinia y Veyes (Veio) fracasaron en su intento por recuperar Roma para el rey Tarquino. Sin embargo, la mayor parte de los historiadores actuales niega esta victoria romana; al contrario, afirman que Porsena ocupó de nuevo Roma y mantuvo durante años una especie de protectorado militar sobre la ciudad.

Los etruscos volvieron a ser derrotados en el sur de Italia años más tarde cuando el rey Hierón de Siracusa, ciudad griega de Sicilia, agrupó a la mayor parte de las fuerzas helenas de la Magna Grecia y de Sicilia, y venció a los etruscos en Cumas (474 a.C.). De este modo desapareció de forma definitiva el dominio etrusco al sur del Tíber.


DE LA DECADENCIA A LA DESAPARICIÓN
Durante gran parte del s. V a.C., Veyes, una de las ciudades más poderosas de Etruria, disputó a Roma el dominio del Lacio. Finalmente, en 396 a.C., tras un largo asedio (las fuentes romanas hablan de diez años), Veyes se rindió. Sus habitantes fueron esclavizados, y la ciudad, repoblada con latinos y romanos. La llegada de los galos representó para las ciudades etruscas un peligro mayor que el que, desde el sur, representaban romanos, griegos y samnitas; así, Veyes se vio privada de la ayuda del resto de las ciudades de la liga etrusca. Hacia 390 a.C. los galos penetraron en el valle del Po, desde donde realizaban continuas incursiones contra el territorio etrusco, saqueando las principales ciudades. Aunque una de estas hordas celtas, dirigida por Brennos, tomó y saqueó Roma, fueron los territorios de Etruria los que resultaron más perjudicados por estas invasiones.

A mediados del s. IV a.C. Roma emprendió una serie de campañas de conquista que, iniciadas con la conquista de Vulci, redujeron paulatinamente el territorio etrusco. En 351 a.C. los romanos atacaron Tarquinia y llegaron en sus incursiones hasta Fiesole, forzando a los etruscos a comprar la paz a Roma mediante un fuerte tributo en oro. Sin embargo, los romanos continuaron sus campañas contra los territorios de Etruria septentrional.

Las luchas de los romanos contra los samnitas y los volscos fueron aprovechadas por los etruscos, que se aliaron con estos pueblos y con los galos cisalpinos en un intento por sacudirse la presión romana. No obstante, los romanos se mostraron superiores y, en 295 a.C., derrotaron a etruscos y a galos en la batalla de Sentinum, a las puertas de Roma. Tras esta victoria, los romanos ocuparon Etruria, hecho que se consumó cuando, en 265 a.C., destruyeron el santuario de Volsinii (Bolsena) y se produjo la disolución de la liga etrusca. Sin embargo, durante todo el período republicano Roma aún hubo de reprimir revueltas etruscas. Finalmente, a principios del s. I a.C., el dictador romano Lucio Cornelio Sila repartió lotes de tierra entre los veteranos de sus legiones, romanizando definitivamente toda la región etrusca.


LAS ACTIVIDADES PRODUCTIVAS: AGRICULTURA Y METALURGIA


Los etruscos desarrollaron una agricultura avanzada en relación con otros pueblos itálicos. El principal producto agrícola era el trigo, y Roma constituía el principal comprador de trigo etrusco en épocas de malas cosechas en el Lacio y la Campania. La viticultura fue otro de los sectores importantes en su producción agrícola, como demuestra el hallazgo de ánforas de vino etrusco en el sur de Francia.

Gran parte del éxito de su agricultura se basaba en sus conocimientos de ingeniería hidráulica y en la realización de grandes obras para el drenaje de las tierras. En el sur de Etruria, el suelo, muy arcilloso, impedía la filtración del agua hacia el subsuelo, creando pantanos y marismas no aptos para el cultivo. Los etruscos desecaron estas zonas creando tierras para uso agrícola. Asimismo, para conservar la fertilidad de los suelos, salvándolos de la erosión, encauzaron los cursos de agua mediante la construcción de canales subterráneos. A su vez, la ganadería ovina logró una gran expansión y la lana etrusca era muy apreciada en toda la cuenca mediterránea.

Como sucedía con la agricultura, los etruscos también demostraron un nivel superior al de sus vecinos en el desarrollo y la aplicación de las técnicas metalúrgicas. La base principal del sector minero consistía en la extracción del hierro de la isla de Elba y de las proximidades de las ciudades de Volterra y Vetulonia, y en su transformación (fundido y forjado) en las ciudades de Populonia, famosa también por su industria del cobre, Vetulonia o Veyes. Sin embargo, se desconoce si estas técnicas fueron aprendidas de los griegos o, por el contrario, eran legado de la tradición metalúrgica de la cultura villanoviana.

Sea como fuere, lo cierto es que el hierro se convirtió en la base de la producción de multitud de objetos destinados a la agricultura (picos, arados, azadones), a la guerra (lanzas, espadas) y a los ámbitos doméstico y religioso. Así, en Vulci destacó la producción de trípodes, candelabros y armas, realizados en hierro, bronce o cobre; por su parte, la ciudad de Perusa (Perugia) estaba especializada en los productos de hierro forjado. Paralelamente se desarrolló una importante producción de platería, muy influenciada por los conocimientos técnicos y artísticos de fenicios y griegos, en buena medida gracias a las grandes minas de plata del monte Argentarius, en la costa del mar Tirreno.


LA EXPANSIÓN DEL COMERCIO
Los etruscos lograron controlar las rutas comerciales que enlazaban las principales ciudades fenicias y griegas con el norte de la península Itálica y, desde aquí, con el interior del continente europeo. Gracias al desarrollo de una potente flota no sólo impusieron su dominio sobre las vías terrestres, sino que éste llegó hasta las rutas marítimas que cruzaban el mar Tirreno. Dominio logrado muchas veces mediante acciones de piratería contra los navíos de las potencias competidoras; para los griegos, los términos pirata y etrusco fueron sinónimos durante siglos, aunque las prácticas de los navegantes griegos y fenicios tampoco diferían mucho. Prueba del gran desarrollo naval de los etruscos es la invención del espolón y del ancla que les atribuyen algunos autores clásicos.

En cuanto a las relaciones con Europa central, los etruscos lograron controlar los pasos alpinos y conectar con las rutas por las que transitaba el ámbar del norte de Europa; los productos de Etruria llegaban hasta las regiones del norte de Europa a través del Rin y del Ródano. También está atestiguada la presencia de objetos etruscos en el sur de la Galia y en el sudeste de la península Ibérica. Al mismo tiempo, la posición estratégica de Etruria en el centro de la península Itálica hacía que sus caminos fueran fundamentales para unir las ciudades griegas del sur de Italia con el interior del continente. Una prueba de la vitalidad comercial se encuentra en el uso de la moneda para las transacciones. Si en principio los etruscos usaron como monedas pequeñas piezas de cobre importadas de Grecia y Asia Menor, hacia 500 a.C. acuñaron ya sus propias monedas de oro, iniciándose las acuñaciones en plata en torno a 450 a.C.


CIUDAD Y CIVILIZACIÓN ETRUSCAS


Las ciudades constituyeron la piedra angular de la civilización etrusca; de su importancia da fe el cuidado que mostraron los etruscos a la hora de elegir su ubicación y los elementos urbanísticos con que dotaban sus asentamientos. Así, se buscaron los lugares elevados de fácil defensa que dominaran las vías de comunicación más importantes, y las ciudades fueron rodeadas por sólidas murallas construidas con sillares bien tallados, sobre todo a partir de los ataques de celtas y romanos. La fundación de las ciudades se realizaba siguiendo un pormenorizado ritual recogido en los libri rituales; en ellos se regulaban el trazado de las calles, el número y la disposición de las puertas de la muralla y de los templos de la ciudad. Las necrópolis, como ciudades de los muertos, también estaban concebidas siguiendo los mismos modelos urbanísticos.

En cuanto al plano de las ciudades, aunque algunas, como Vetulonia, no presentaban una forma regular, era habitual la estructura hipodámica; las ciudades presentaban un plano ortogonal en damero, configurado por una serie de calles anchas perpendiculares entre sí y una densa red de otras menores en la misma disposición. Así, los centros etruscos crecían a partir de dos calles principales (una de norte a sur y otra de este a oeste) que configuraban el plano general de la ciudad; el resto de calles discurría paralelamente a estas dos vías. Además, como medida higiénica y para el drenaje, las ciudades contaban con una amplia red de cloacas.

Las casas estaban construidas de ladrillo o adobe, piedra y madera. La cimentación era de piedra, y las paredes, de madera o adobe. Las casas de la aristocracia etrusca constaban de un patio central (el atrium tuscinum de los romanos) alrededor del cual se situaban las habitaciones y el resto de dependencias domésticas. La cámara central proporcionaba luz y ventilación a toda la casa. En estas mansiones se celebraban los denominados simposios, que consistían en fiestas animadas por músicos y bailarines. A diferencia del mundo romano, el acceso de las mujeres a estas fiestas estaba permitido, ya que las mujeres gozaban de un alto prestigio y reconocimiento social en el mundo etrusco.

Al igual que otros pueblos de la antigüedad, los etruscos fueron amantes de los juegos públicos, de los que tenían un variado repertorio. Las carreras de carros y las competiciones atléticas, como el lanzamiento de disco, el pugilato, las carreras de velocidad o el salto, eran especialmente apreciadas, así como los combates entre gladiadores.


LA LIGA DE LAS CIUDADES
Los autores clásicos mencionan con frecuencia la existencia de una liga de doce ciudades etruscas que formaban una especie de confederación en lo que se podría denominar Etruria. Con toda probabilidad, estas doce ciudades nunca fueron las mismas, ya que la evolución política marcó el auge de unas en detrimento de otras. Las más importantes fueron las de Arretium, Cerveteri, Cortona, Clusium, Perusa, Rusellae, Tarquinia, Vetulonia, Veyes, Volsinii, Volterra y Vulci. Algunas fuentes mencionan la existencia de otras dos ligas etruscas: una de ellas agruparía a las ciudades de la región del Po, con capitalidad en Felsina (Bolonia); la otra agruparía a las ciudades de Campania, con Capua como cabeza de esa confederación.

La liga etrusca nunca se constituyó en Estado, contentándose sus miembros con el establecimiento de una estructura militar solidaria entre las diferentes ciudades-estado etruscas, que permitiera la asistencia mutua en determinadas coyunturas. El fundamento de la liga constituía el vínculo religioso, representado mediante la reunión anual de todos sus representantes en el santuario o fanum de Voltumna, divinidad principal del panteón etrusco, situado en las cercanías de Volsinii.


LAS ESTRUCTURAS POLÍTICAS Y SOCIALES


El régimen político de las ciudades era similar al de algunas polis griegas: la ciudad-estado, formada por un núcleo urbano y su entorno rural. En origen, la ciudad-estado etrusca estaba dirigida por un rey (lucumón) que ostentaba un poder casi absoluto: era juez supremo, comandante en jefe del ejército y primer sacerdote. Los actos públicos del lucumón estaban regulados por un calendario litúrgico basado en las fases lunares. Los símbolos de su poder eran la corona, el cetro, el manto real, el trono y el haz de leña. Roma asumió alguno de estos elementos como símbolos de su propio poder: el trono (silla curul) y el haz (fascio).

Tal y como ocurrió en las polis griegas, el poder de la aristocracia terrateniente y de los grandes comerciantes aumentó en detrimento del poder real hasta que, finalmente, las ciudades etruscas acabaron sustituyendo la monarquía por un régimen dirigido por un órgano colegiado: el zilath, compuesto por un grupo de magistrados. Un caso especial era el zilath mexl rasnal, que actuaba como representante de la liga; otros ostentaban además el título de maru (sacerdote). Estas dignidades urbanas estaban en manos de miembros de la aristocracia, que habían relegado al lucumón a un papel meramente figurativo. Sin embargo, esta organización no contentaba a todos por igual, como lo demuestran las sublevaciones populares en Veyes y Volsinii, donde el poder habría sido temporalmente arrebatado al zilath.

Esta organización política se correspondía con la estricta jerarquía social que caracterizó a la civilización etrusca. En la cima de la estructura social se situaba la aristocracia de los grandes propietarios, terratenientes o urbanos, cuyas formas de vida quedaron recogidas en las pinturas murales halladas en las necrópolis, en las que se los representa en banquetes y fiestas, rodeados por sus esclavos domésticos. Seguía después la gran masa de campesinos, pequeños propietarios agrarios o aparceros de los grandes terratenientes, a los que estaban más o menos sometidos mediante relaciones de clientela. En las ciudades había también un importante número de artesanos y comerciantes, muchos de ellos procedentes de las ciudades griegas. En la base de esta estructura se hallaban los esclavos, cuyo número parece haber sido muy superior al existente en el resto de los Estados vecinos, según se aprecia en las pinturas de las necrópolis. Había, sin embargo, una gran diferencia entre las ciudades costeras, dedicadas al comercio, con sociedades más dinámicas y abiertas, y las del interior, más conservadoras y en las que el poder de la aristocracia era absoluto.


 
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