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Orinoco, la serpiente enroscada de Venezuela
 
 
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 EL GRAN RÍO
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Los yanomami son uno de los principales pueblos indígenas de la cuenca del Orinoco.

El río Orinoco es una de las joyas naturales de Venezuela. La gran serpiente enroscada, como lo llamaban los indígenas tamanacos, es el tercer río más largo de Sudamérica y uno de los más caudalosos del mundo. Su cuenca, que ocupa 880.000 km2, se extiende por Venezuela y Colombia, sirve de frontera natural con Brasil y abarca casi el cien por cien de la Guayana.

El Orinoco siempre alimentó las leyendas y despertó los deseos de aventura de los exploradores que buscaban descubrir todos sus secretos y riquezas. Durante siglos sus aguas, que serpentean lánguidamente por los llanos y se retuercen una y otra vez dibujando infinitos meandros rodeados de selva tropical, fueron el centro de las expediciones que iban en busca de oro y minerales preciosos. Sin embargo, más allá de las leyendas que le atribuían tesoros materiales, dos son las grandes joyas del Orinoco: por un lado, su incalculable riqueza natural, con una biodiversidad que convierte las riberas del río en una de las reservas de flora y fauna más importantes del planeta; y por otro, el legado antropológico y cultural de las etnias indígenas que aún permanecen asentadas en su cuenca.


UN TRAZADO SINUOSO
El Orinoco nace en el cerro Delgado Chalbaud, situado en la sierra de Parima, en el punto que marca los límites entre el estado venezolano de Amazonas y Brasil. Asimismo, su cauce bordea el escudo de Guayana por el oeste y sirve de frontera entre Venezuela y Colombia. Es por tanto un río que ha delimitado de forma natural las fronteras de varios países sudamericanos.

Son cuatro los tramos diferenciados en los 2.160 kilómetros que ocupa el río: el Alto Orinoco, que va desde las fuentes del monte Delgado Chalbaud hasta el raudal de Guaharibos; el Orinoco Medio, que sigue la dirección norte hasta la desembocadura del Apure; el Bajo Orinoco, que toma dirección este; y el amplio delta formado antes de desembocar en el Atlántico, cuyo vértice se sitúa entre Piacoa y Barrancas. Esta serpiente enroscada tiene alrededor de 1.900 km navegables con gran número de meandros, la mayoría en terrenos con escasa inclinación, lo que hace que el recorrido de las aguas sea muy lento.

Además, el Orinoco es la única vía de comunicación entre la veintena de pueblos indígenas que se expanden por su cuenca, cubierta por enmarañadas selvas que hacen imposible otro medio de transporte que no sea el barco. Las clasificaciones de estos pueblos son muy diversas y responden a una población censada de 30.000 habitantes aunque, según los antropólogos, el número real podría doblar esta cifra. A lo largo del cauce del Orinoco, desde su nacimiento hasta el delta, se distribuyen grupos de yanomami, panare o eñepas, piaroa, guajibos, yekuana, maquiritare y warao.


LA TIERRA DE LOS YANOMAMI
Los primeros tramos del Orinoco destacan por sus enormes saltos de agua, como el de Libertador, que alcanza los 17 metros de altura. Estos ochenta primeros kilómetros discurren por una densa selva, hecho que dificultó en gran medida el descubrimiento de sus fuentes. El Alto Orinoco es la tierra de los yanomami o yanomamos, un pueblo indígena de cazadores, pescadores y agricultores que siembran yuca, batata y maíz en plena selva tropical. El aislamiento de este pueblo indígena exclusivo de los bosques tropicales de Venezuela y Brasil ha hecho que su cultura se conservase casi intacta hasta mediados del siglo XX. Esta etnia, cuya población estimada es de 22.000 personas, se divide en grupos familiares muy dispersos, como los sanumá, los tanomanos y los yanam, que hablan lenguas diferentes pero comprensibles entre sí. Son pueblos seminómadas que recorren el norte de Brasil y el sur de Venezuela a la búsqueda de terrenos donde construir sus chozas de forma cónica, denominadas xabono. Las tierras del Orinoco no son fértiles, así que cuando agotan una tierra de cultivo se desplazan a otro lugar donde vuelven a poner en funcionamiento sus plantaciones. Para cazar utilizan arcos y flechas empapadas en curare, un veneno mortal, y para pescar usan el timbó, una planta que agitada en el agua logra aturdir a los peces. En las ceremonias religiosas utilizan drogas alucinógenas e incineran a sus muertos para ingerir después sus cenizas y conservar así su recuerdo.

Río abajo se encuentran los piaroa, un grupo indígena del Alto Orinoco sociable con otras tribus cercanas con las que efectúan tratos comerciales. Los piaroa, de los que hoy queda una comunidad de unos 11.000 individuos, son un pueblo pacífico cuya hospitalidad sorprendió a los primeros exploradores. A pesar de sus cerbatanas y sus flechas envenenadas, los piaroa acogieron con sorpresa a aquellos extranjeros de piel blanca y largas barbas.


EL ORINOCO MEDIO
Tras recibir las aguas del Ugueto, el Orinoco se hace más ancho y profundo. Corriente abajo destacan los rápidos y raudales que hacen peligrosa la navegación y que se extienden hasta el raudal de Guaharibos. A partir de aquí, comienza el Orinoco Medio, que se expande hasta el raudal de Atures. Es en este tramo de casi 750 kilómetros donde el Orinoco cambia de dirección tras recibir por su margen izquierdo las aguas del Malaca, un río caudaloso que desvía su curso del oeste hacia el norte. Otros afluentes como el Ocamo hacen que el Orinoco alcance una anchura de 400 metros y que comience a albergar en su cauce islas de arena, producto de los sedimentos que arrastra. Cerca de La Esmeralda, bajo la sombra de las grandes formaciones rocosas denominadas tepuyes, el Casiquiare vierte gran parte del caudal del Orinoco hacia el río Negro, que a su vez es un afluente del Amazonas. El Casiquiare es un río insólito, pues se trata del único caso documentado en el mundo de río efluente, descubierto en 1744 por el jesuita Manuel Román y explorado años después por Alexander von Humboldt y Volkmar Vareschi. Al contrario que los afluentes, que incrementan el caudal del río, este efluente roba agua del Orinoco y la desvía hacia el río Negro. A través del Casiquiare, las aguas del Orinoco y el Amazonas se encuentran unidas en una corriente que fluye a favor de uno u otro río según la época del año y el nivel de caudal. Mediante el Casiquiare las dos cuencas más importantes de Sudamérica quedan conectadas: a través de la amplia maraña de afluentes que configuran estos dos ríos se podrían recorrer todos los países sudamericanos, a excepción de Chile, sin pisar tierra. Los dos ríos forman así una amplia red hidrográfica que conecta con sus aguas casi toda Sudamérica.

Los grandes afluentes del Orinoco en el siguiente tramo son el Cunucunuma y el Ventauri. En los altos de estos ríos se encuentran grupos como los yekuana y los maquiritare, dos etnias emparentadas dedicadas a la artesanía y al comercio. Son excelentes navegantes y aprovechan las aguas de los ríos para acercarse a otras comunidades indígenas en sus canoas o curiaras. Más abajo, los ríos Atabapo, Guaviare e Irínida hacen que el Orinoco alcance a partir de San Fernando de Atabapo 1.500 metros de anchura. Las aguas de este tramo son lentas y pacíficas, y forman extensas playas. Aquí se encuentra el parque nacional Duida Marahuaca, en el que se erige majestuoso el tepuy Huachamacare. En esta zona abundan las guacamayas, las nutrias gigantes y las toninas o delfines de agua dulce, los tapires y los agutíes, así como babas y caimanes. Pasado este punto, el Orinoco comienza a recibir afluentes procedentes de la cordillera oriental colombiana y la cordillera de Mérida, como los ríos Vichada y Tomo, que se precipitan en los raudales de Maipures y Atures.


EL BAJO ORINOCO
El raudal de Atures marca el comienzo del Bajo Orinoco, que se extiende hasta el comienzo del delta, en Picaoa. Es la zona más desarrollada y con más población del río. El Bajo Orinoco ocupa 950 kilómetros y se caracteriza por contar con un caudal muy elevado y un cauce muy ancho, de más de cinco kilómetros, que serpentea de forma muy lenta creando un gran número de meandros. Los afluentes principales de este tramo son los ríos Meta, Cinacuro, Capanaparo y Apure, y algunos ríos de la Guayana como el Sapuare. En esta zona son frecuentes las inundaciones y la formación de pantanos de gran extensión, como si fueran mares interiores, ya que el terreno de este tramo es muy llano y los sedimentos que sobre él se depositan dificultan el drenaje del agua y el avance de la corriente hacia la desembocadura. En las inmediaciones de estos parajes infestados de insectos abundan los morichales o grandes extensiones de palmeras moriche, y en las riberas de los ríos cercanos habitan de forma permanente pequeñas familias de indios pumé, un pacífico pueblo que vive del cultivo de la yuca amarga y el maíz.

En el tramo final, el Bajo Orinoco recibe las aguas del Manzanares, el Iguana, el Suata, el Pao y el Caris, además del Caroní y el Caura, procedentes de la Guayana. Esta es la zona de la gran sabana o de Los Llanos, que suele inundarse en la estación lluviosa obligando a la flora y la fauna del lugar a adaptarse a un medio completamente anegado. En ella habitan desde hace siglos los guajibos, un grupo indígena nómada que plantó cara a los conquistadores europeos y que permaneció aislado durante años debido al peligro que suponía para los exploradores adentrarse en estos territorios.

La gran sabana, que ha sabido mantenerse virgen durante milenios, alberga más de cien especies de mamíferos y cerca de 700 tipos de aves. Entre los reptiles se encuentran el caimán del Orinoco y la tortuga arrau, ambos en peligro de extinción al igual que otras especies de la zona como el armadillo gigante, la nutria gigante, el águila crestada y varias familias de bagres. En las llanuras inundadas vive también el capiraba que, con un peso que puede alcanzar los cincuenta kilos, es el roedor más grande del mundo. Las anacondas, consideradas las serpientes más largas del planeta, pueden alcanzar los cinco metros de longitud y son otro de los peligrosos moradores de estos parajes.

En estas zonas pantanosas también se encuentran grandes reservas de aves que tienen en el Orinoco un lugar de paso obligado en sus movimientos migratorios. Los humedales de Los Llanos constituyen una cita ineludible para algunas aves neotropicales como el chorlo, el andarríos patiamarillo, el andarríos maculado y distintas variedades de correlimos. Las sabanas acogen también especies como el arrocero migratorio, la aguililla tijereta y el águila cuaresmera.


EL DELTA DE LOS WARAO
En los últimos setenta kilómetros antes de llegar al mar, el Orinoco forma un enorme delta que se extiende a lo largo de 275 kilómetros de costa, entre Pedernales (al norte) y Punta Barima (al sur). Aquí el río se ramifica en una extensa maraña de brazos y caños con cientos de efímeras islas en constante cambio debido a las crecidas. Las amplias extensiones de manglares configuran el paisaje más habitual. Entre los caños más importantes se encuentran Macareo, Sacupana, Araguao, Pedernales, Tucupita y Cocuima; y entre las islas, Tórtola, Manamito, Redonda y Tobejuda. Parte de este territorio forma el parque nacional de Mariusa, una reserva de aves de hermoso plumaje que acoge a loros, guacamayas, tucanes e incluso a mamíferos voladores, como el murciélago araguato.

El delta del Orinoco es una zona activa, en continuo cambio, influida por el caudal del río y por las mareas del Atlántico que anegan periódicamente el terreno. Sobre el entramado de islas del delta, que crece unos 45 metros cada año debido al depósito de sedimentos que arrastran las aguas del río, viven desde hace siglos los míticos warao, los indígenas navegantes.

Los warao o guaraúnos habitan en los estados venezolanos de Bolívar, Delta Amacuro, Sucre y Monagas y en la Guayana Británica. La mayor concentración de población se da en el delta central. Reconocidos como grandes navegantes, los warao levantan sus casas sobre palafitos, estructuras de madera situadas sobre el agua de los caños y comunicadas por un entramado de puentes. Warao se traduce como "dueños de la canoa" o "gente sobre agua" y refleja la adaptación de esta población indígena al medio acuático. Su idioma también se denomina warao y es una de las lenguas indígenas mejor conservadas. A través de su tradición oral se ha transmitido gran parte de su historia bélica contra la tribu de los caribes, mucho antes de la llegada de los españoles.

Los warao son una cultura milenaria que conoce todos los secretos de la fauna y la vegetación que habita en las caudalosas aguas del Orinoco. Según muchos cronistas, fueron los primeros habitantes del continente americano que vieron a los exploradores europeos tras su desembarco en Sudamérica. Además, sus costumbres y creencias se mantuvieran intactas durante siglos pues, a pesar de que estaban entre los objetivos evangelizadores de Bartolomé de las Casas, los misioneros no se establecieron en la zona al considerar que ningún ser humano civilizado podía sobrevivir en aquellas tierras inhóspitas. Aun así, intentaron sacar a los warao de sus aldeas y llevarlos a las reducciones para evangelizarlos, pero estos se escapaban para volver a estar cerca de las aguas que eran su fuente de vida. Los warao conocían todos los secretos naturales del Orinoco y, a bordo de sus curiaras, unas barcas hechas con un solo tronco, pescaban gran variedad de peces, mientras las mujeres recogían frutas en las fértiles riberas. De la palma moriche (Mauritia flexuosa), considerado “el árbol que da vida”, obtenían de todo. De su tronco extraían yuruma, una especie de harina para hacer pan; de la corteza sacaban unos nutritivos gusanos y una bebida dulce que se convertía en alcohol tras dejarla fermentar; con los frutos hacían zumo y jaleas, y aprovechaban sus huesos como leña. Además, con la madera de la palma moriche recubrían los suelos de las chozas y con sus grandes hojas impermeabilizaban el techo y confeccionaban puntas de flechas y arpones para cazar pájaros. Del cogollo comían el palmito y sacaban fibras para hacer cuerdas y tejer chinchorros, alpargatas, cestos y guayucos, una especie de taparrabos que ha caído en desuso.

En la actualidad, esta comunidad indígena de 36.000 miembros sigue viviendo en palafitos sobre el río, utilizando la palma moriche y cultivando el ocumo chino. Algunos se dedican hoy a la tala de madera y de la palma manaca, que venden a los aserraderos y a las fábricas criollas ubicadas en antiguos territorios warao. La familia es la base de esta sociedad indígena y el kobenajoro es el líder político y religioso. Debido al aislamiento y a su cultura milenaria los warao han sabido mantener sus costumbres y su lengua, a pesar de que las construcciones de diques realizadas en los años sesenta en el estado de Bolívar llegaron a amenazar su futuro. Estas obras provocaron la entrada de agua salada en el caño Mánamo, lo que generó el desequilibrio ecológico de la zona. El cierre del caño mediante una presa permitió la navegación a grandes barcos de la industria minera, pero la entrada del mar obligó a los warao a desplazarse, pues no podían sembrar ni pescar como lo habían hecho durante siglos debido a la salinización de los terrenos y del agua. Además, la apertura de esta vía de comunicación dio paso a las grandes explotaciones de palmito y a extensos desmontes para el cultivo de arroz que provocaron cambios en la sociedad warao.


RESERVA ECOLÓGICA
Tanto en sus aguas como en sus márgenes el Orinoco alberga unas variadas y exclusivas flora y fauna que convierten su cuenca en una gran reserva biológica y en una de las maravillas naturales más impactantes del planeta. En las ciénagas y pantanos que componen el delta del Orinoco y en las amplias extensiones de manglares de sus orillas se hallan especies de flora acuática y terrestre, como las orquídeas, y animales como las toninas, las garzas, las ibis coloradas, los chigüires (carpinchos) y las babas.

Además, en el delta del Orinoco se concentran la mayoría de las reservas petrolíferas venezolanas, por lo se hace necesario extremar las precauciones para explotar estos yacimientos sin dañar la riqueza del ecosistema. La degradación medioambiental sufrida a causa de la explotación minera de los años sesenta y la destrucción de vastas extensiones de terreno para el cultivo agrícola está en recesión debido a la toma de conciencia medioambiental. La región Alto Orinoco-Casiquiare (en 1993) y el delta del Orinoco (en 2009) fueron declarados por la Unesco reservas de la biosfera, calificación que obliga a mantener intactas sus condiciones naturales para garantizar la vida en todo el planeta.


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