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Terremotos: cuando la tierra tiembla
 
 
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 UN GRAN PODER DESTRUCTIVO
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En febrero de 2002 Turquía fue asolada por un terremoto de magnitud 6 en la escala de Richter.

Si bien las palabras sismo, temblor y terremoto suelen usarse como sinónimos, no lo son en sentido estricto. Sismo, del griego seismos (sacudir), es el término científico más general utilizado para referirse a cualquier movimiento repentino de tierra. De acuerdo con esta acepción, un temblor es un sismo de baja intensidad y alcance geográfico limitado, es decir un microsismo. Mientras un terremoto es un sismo de gran intensidad, amplio alcance geográfico y de efectos catastróficos, es decir, un macrosismo. Los terremotos pueden ser naturales o artificiales. Los primeros se dividen en tectónicos y volcánicos.

DESDE LAS ENTRAÑAS DE LA TIERRA
Los terremotos tectónicos son los más frecuentes, con un porcentaje del 90% del total. Ocurren cuando súbita y bruscamente se libera la energía acumulada por el contacto entre las secciones en movimiento que conforman la corteza terrestre (placas tectónicas) y se originan habitualmente a una profundidad de entre 17 y 34 kilómetros, aunque pueden llegar a estallar a 750 km de la superficie terrestre. El punto desde donde se libera dicha energía en forma de ondas de choque o vibraciones se denomina hipocentro o foco. Desde él las ondas se propagan en círculos concéntricos hasta el punto de la superficie terrestre llamado epicentro, donde se proyecta el foco.

Las ondas de choque o sísmicas se dividen en internas y superficiales. Las internas o de período corto se subdividen a su vez en longitudinales (ondas P o primarias) y transversales (ondas S o secundarias). Las ondas P se desplazan en la misma dirección de la propagación mediante sucesivos impulsos de expansión y compresión que afectan a los materiales que atraviesan. Por ser las más rápidas (de 7,5 a 14 km/s) y traspasar tanto sólidos y líquidos como gases, son las primeras en manifestarse y alcanzar la superficie. Las ondas S, que se desplazan a menor velocidad (de 4 a 7,5 km/s) y no pueden atravesar ni líquidos ni gases (por la falta de elasticidad de estos), se manifiestan en segundo lugar mediante vibraciones perpendiculares a la dirección de la propagación. La velocidad de esta última en los tipos de ondas está determinada pues por la elasticidad y densidad de las capas rocosas.

Por su parte, las ondas superficiales, ondas L o largas, son producto de la llegada de las ondas P y S a la superficie. Se propagan con mayor lentitud (4 Km/s), sus vibraciones son más amplias y el periodo de las mismas más prolongado, ya sean en círculos verticales de acuerdo con el sentido de la propagación (ondas Raleigh) o en planos horizontales y en dirección perpendicular a la propagación (ondas Love). Al hacer que el suelo y todo lo posado sobre él se mueva en todas direcciones, estas ondas son la causa directa de los daños que provocan los terremotos en edificaciones y obras de infraestructura.

El registro de las ondas P, S y L por aparatos denominados sismógrafos e instalados en estaciones sismológicas de todo el mundo permite establecer la ubicación geográfica de los epicentros y la profundidad de los focos cuando ocurre un terremoto. De paso, la información de los registros en sismogramas brinda la oportunidad de conocer la constitución y actividad interna del planeta.

Cuando el terremoto ocurre en el subsuelo marino puede desencadenar un movimiento ondulatorio de las aguas que, al acercarse a las costas, se convertirán en gigantescas y poderosas olas (maremotos o tsunamis, su nombre en Japón) capaces de arrasar con todo a su paso tierra adentro.

Los terremotos volcánicos, por su parte, son menos frecuentes (7% del total). Su alcance geográfico es limitado, su intensidad generalmente baja y sus efectos regularmente moderados. Ocurren antes o durante la erupción de un volcán, debido a la explosión provocada por la violenta liberación de gases y lava acumulados en la chimenea volcánica, obstruida por el ascenso del magma.

Menos frecuentes son los terremotos artificiales, es decir, los movimientos de tierra provocados por ciertas acciones humanas, como las pruebas subterráneas de explosivos nucleares, el bombeo de agua desde las entrañas terrestres, las detonaciones para grandes obras de ingeniería (presas, carreteras, etc.) o los derrumbamientos provocados por la actividad minera.


GEOGRAFÍA DE LOS TERREMOTOS
Si bien prácticamente todo el planeta es susceptible de presentar actividad sísmica, solo en determinadas regiones ocurren con frecuencia terremotos, entendidos como sismos de gran intensidad. Esas grandes regiones coinciden con las zonas afectadas por la fricción de las placas tectónicas e incluso con áreas de vulcanismo.

Una de estas regiones, donde se concentra el 85% de la actividad sísmica en el mundo, abarca desde el extremo este de Rusia hasta Nueva Zelanda, pasando por Japón, Filipinas, Indonesia y las islas occidentales del Pacífico Sur. Otra región recorre toda la costa occidental de América, desde las islas Aleutianas, al sudoeste de Alaska, hasta la cordillera de los Andes en Chile, pasando por las cadenas montañosas de México y Centroamérica.

También son regiones de gran actividad sísmica la que rodea el mar Mediterráneo y comprende Turquía, los países balcánicos e Italia; las zonas montañosas de Asia, desde el Cáucaso hasta la China occidental, pasando por las cordilleras de Pamir e Himalaya, y el Gran Valle del Rift, en el este de África, que abarca de Yibuti a Mozambique y se extiende por el mar Rojo y el valle del Jordán.


EL RECUENTO DE LOS DAÑOS
Entre los desastres naturales, los terremotos ocupan un lugar relevante por su potencial destructivo. Ahí están para demostrarlo los daños, de leves a severos, a construcciones (casas, edificaciones de todo tipo y monumentos), vías de comunicación (calles, carreteras, puentes) y redes e infraestructura de servicios (telefonía, medios masivos de difusión y suministro de agua, energía eléctrica, gas y otros combustibles). También hay que tener en cuenta los efectos secundarios, como explosiones, incendios e inundaciones, por la rotura de tuberías. Así como los corrimientos de tierra y otros efectos geológicos capaces de cambiar el paisaje. Y ahí están, como consecuencia de la destrucción material, las pérdidas patrimoniales y económicas tanto de familias y empresas en particular como de las poblaciones y países en general, cuyos gobiernos deberán conseguir y destinar recursos para atender a damnificados y contribuir a la reconstrucción, frecuentemente a costa del endeudamiento interno y externo.

Pero ahí están, sobre todo, los daños a la salud física (quemaduras severas, mutilaciones y todo tipo de discapacidades) y mental (traumas, fobias, amnesia y diversos trastornos emocionales) de muchas personas de distintas edades y condiciones, así como las cuantiosas pérdidas humanas. Daños y pérdidas debidos no principalmente a la sacudida que supone un terremoto, sino a la alta concentración de gente en las zonas urbanas y las deficiencias en las construcciones.

De hecho, una de las escalas para medir un terremoto, la de Intensidad o de Mercalli, se basa en la observación de sus efectos. Se trata de una evaluación subjetiva, pues la intensidad del evento depende de la distancia a la cual se encuentra el observador con respecto al epicentro del mismo. Así pues, de acuerdo con la escala de Mercalli, la intensidad de los sismos se clasifica del 1 al 12:

-Intensidad 1: Casi nadie siente el movimiento. La detección es por instrumentos.

-Intensidad 2: Lo sienten unas cuantas personas, incluso en reposo.

-Intensidad 3: Lo siente mucha gente sin percatarse de que es un terremoto. Las lámparas se mecen.

-Intensidad 4: Lo sienten muchas personas en el interior de los edificios. Los cristales de las ventanas vibran y los automóviles estacionados se balancean.

-Intensidad 5: La mayoría de la gente lo siente, y mucha despierta si está durmiendo. Los edificios se cimbran y tanto árboles como postes oscilan. Los objetos pequeños se caen y los líquidos colocados en recipientes se derraman.

-Intensidad 6: Todas las personas lo sienten y muchas salen corriendo de los edificios. Los muebles se desplazan, los cuadros se descuelgan y los cristales de las ventanas se rompen. Se producen algunos daños.

-Intensidad 7: Situación de alarma general. Toda la gente sale corriendo de los edificios. Es difícil mantenerse en pie. Se desprenden ladrillos y baldosas. Los inmuebles mal construidos quedan dañados, y el resto sufren pequeños daños.

-Intensidad 8: Los edificios construidos para resistir sismos sufren ligeros daños, el resto se derrumban. La conducción de automóviles se dificulta. Las ramas de los árboles se desprenden.

-Intensidad 9: Sobreviene el pánico general. Todas las construcciones sufren daños. El suelo se agrieta y surge lodo.

-Intensidad 10: La mayoría de las construcciones se colapsan. Se revientan tuberías subterráneas. Los ríos se desbordan. El suelo se agrieta aún más. Se presentan tsunamis (gigantescas olas) cuando el terremoto ocurre en zonas costeras.

-Intensidad 11: Casi todas las construcciones se derrumban. Los puentes se rompen y las vías férreas se doblan. Las grietas en el suelo son muy amplias y se presenta corrimiento del terreno.

-Intensidad 12: La destrucción es total. Los objetos se mueven de lugar y se voltean. Aparecen ondulaciones sobre la superficie. Los ríos cambian de curso.

Así pues, de los niveles 1 al 4, un terremoto se califica de muy ligero a ligero; de los niveles 5 y 6, de fuerte; del nivel 7, de muy fuerte; de los niveles 8 y 9, de destructivo; de los niveles 10 y 11, de desastroso, y del nivel 12, de catastrófico.



LA MEDICIÓN CAUSA-EFECTO
La otra escala para medir terremotos, la de Magnitud o Richter, es más objetiva, pues se obtiene de manera numérica por medio del sismógrafo, que registra la energía liberada por el terremoto en forma de ondas sísmicas desde su foco. Así pues, la magnitud se expresa en enteros y decimales, donde el incremento de un entero equivale a un aumento de la magnitud del evento diez veces mayor y a una liberación de energía poco más de treinta veces mayor.

A diferencia de la escala de Mercalli, que se centra en los efectos de los terremotos, la escala de Richter se centra en la causa de los mismos. Sin embargo, es posible establecer una relación entre la magnitud del terremoto y sus efectos. Así pues:

-Magnitud 3,5 o menos: Generalmente no se siente, pero lo registran los sismógrafos.

-Magnitud 3,6-5,4: A menudo se siente, pero solo causa daños menores cerca del epicentro.

-Magnitud 5,5-6,0: Provoca daños ligeros en edificaciones mal construidas y en otro tipo de estructuras en un radio de 10 kilómetros a partir del epicentro.

-Magnitud 6,1-6,9: Puede ocasionar severos daños en áreas que se hallan densamente pobladas.

-Magnitud 7,0 a 7,9: Causa graves daños a las poblaciones en un radio de 100 kilómetros desde el epicentro.

-Magnitud 8,0 o más: Provoca la destrucción total en poblaciones localizadas en un radio de más de 1000 kilómetros desde el epicentro.

Si se quieren establecer las equivalencias entre la escala de Mercalli y la de Richter, por ejemplo, las intensidades I y III de la primera corresponden a las magnitudes 3 y 4 de la segunda; asimismo, las intensidades XI y XII corresponden a las magnitudes 8 y 9.

Gracias a la escala de Richter, utilizada a partir de 1935, se han podido medir con gran exactitud los terremotos ocurridos desde entonces hasta la fecha. Entre esos eventos, el de mayor magnitud fue el de 9,5 grados en la escala de Richter que tuvo lugar el 22 de mayo de 1960, en Valdivia (Chile), que desencadenó olas gigantes y erupciones volcánicas y provocó 5.000 muertos y dos millones de damnificados. Le siguen en orden descendente de magnitud el de 9,2 grados ocurrido el 28 de marzo de 1964 en el occidente del territorio del Yukón (Alaska) y la Columbia Británica (Canadá), con un saldo de 125 muertos y pérdidas materiales valoradas en 311 millones de dólares; el de 9,1 grados, el 9 de marzo de 1957, en las islas Andreanof (Alaska), donde además hizo erupción el monte Vsevidof (isla Umnak) y se generó un tsunami que alcanzó Hawai; el de 9,0 grados, el 26 de diciembre de 2004, en Aceh, provincia del norte de la isla de Sumatra (Indonesia), que desató un tsunami que alcanzó las costas del resto de Indonesia, Tailandia y la India, con un saldo de miles de muertos y una gran destrucción en toda el área; el de 9,0 grados, el 4 de noviembre de 1952, en Kamchatka, noreste de Siberia (Rusia), que provocó un tsunami que afectó los litorales de Antofagasta y Talcahuano (Chile), así como a las islas hawaianas y que, sin registro de víctimas, invadió 500 metros tierra adentro, alcanzando el agua un nivel de 3,60 metros por encima del nivel habitual del mar en esas zonas; y el de 9,0 grados, el 11 de marzo de 2011, en la costa oriental de la isla de Honshu (norte de Japón), al que siguió un devastador tsunami que causó miles de muertos y desaparecidos, enormes pérdidas materiales y el estado de alarma nuclear por los daños que produjo en la central nuclear de Fukushima.

En Latinoamérica, además del acaecido en Chile en 1960, han ocurrido terremotos de gran magnitud en Perú (7,9 grados), el 31 de mayo de 1970, cuando un desprendimiento de tierra sepultó la ciudad de Yungay, en los Andes peruanos, y causó 66.000 víctimas mortales; en Nicaragua (6,5 grados), el 23 de diciembre de 1972, cuando 10.000 personas murieron en Managua, la capital del país; en Guatemala (7,6 grados), el 4 de febrero de 1976, que dejó un saldo de 25.000 muertos; en México (8,1 grados), el 19 de septiembre de 1985, que causó gran destrucción sobre todo en el centro de la capital de la República y causó la muerte a más de 10.000 personas; en Haití (7,0 grados), el 12 de enero de 2010, donde fallecieron hasta 300.000 personas; y en Chile (8,8 grados), el 27 de febrero de 2010, al que siguió un fuerte tsunami, y que causó cerca de 500 muertes y enormes daños económicos.


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