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China, el gigante asiático
 
 
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 EL PAÍS DE LAS CONTRADICCIONES
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La plaza de Tian'anmen, en Pekín, se convirtió en 1989 en símbolo de la represión comunista.

En los años cincuenta, China ya conocía la publicidad. Hong, guang, liang (“rojo, brillante y naciente”). Así debía representarse a Mao Zedong en los carteles propagandísticos de la Revolución Cultural. Un líder presente en cada rincón –casas, escuelas, plazas y fábricas– capaz de irradiar la fuerza necesaria a sus compatriotas para creer en la dictadura del proletariado. “Mao Zedong es como el Sol, la Tierra brilla cuando llega su luz”, cantaban los obreros. Sin embargo, la “luz” del Gran Timonel estaba destinada a apagarse en menos de lo que tarda en pronunciarse la frase “Enriquecerse es glorioso”. Esto es lo que dijo Deng Xiaoping, el máximo líder chino tras la muerte de Mao. Tras las duras purgas emprendidas por el Partido Comunista Chino durante la Revolución Cultural contra los enemigos del comunismo, alguien, nada más y nada menos que el líder del país, el supremo dirigente y encargado de llevar a buen puerto las promesas del paraíso socialista, había de encender la mecha del capitalismo. Sería el chispazo de un amor a primera vista que, años más tarde está dando sus frutos económicos, aunque sigue sin reconocer su naturaleza. Los líderes chinos siguen denominándolo “socialismo con características chinas”. Porque a pesar del liberalismo económico encubierto, el régimen aún se sustenta en un modelo político autoritario.

Hoy China afronta las contradicciones de conjugar un capitalismo salvaje (sin libertades cívicas ni pluralidad política) con un sistema político autoritario. La revolución comunista se evapora entre los grandes carteles “rojos, brillantes y nacientes” que, desde los rascacielos, anuncian un nuevo paraíso: el del consumo. Pese a la falta de libertades políticas y a las violaciones de los derechos humanos, la comunidad internacional sancionó el éxito del modelo económico chino con la entrada del gigante asiático en la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001. China es ya la segunda economía del mundo y la primera potencia comercial. En tan solo unas décadas, China ha sacado de la pobreza a millones de habitantes y el número de multimillonarios chinos de deja de aumentar. Esta situación no puede sino calificarse de verdadera revolución para un país milenario cuya tónica son los avances sosegados.


LA OTRA REVOLUCIÓN
La revolución económica en China arranca con el ascenso al poder de Deng Xiaoping en 1978. Por aquel entonces, el líder se enfrentaba a un panorama poco prometedor. El Gran Salto Adelante de Mao había sido en realidad un gran salto hacia atrás. La colectivización brutal del campo y la apuesta estatal por el desarrollo de la industria pesada había sumido al país en la más absoluta de las pobrezas. Las hambrunas provocadas por la mala gestión económica habían matado a más de 20 millones de personas, a las que habían de sumarse cientos de miles de ciudadanos ejecutados durante la Revolución Cultural, y hasta una quinta parte del legado cultural chino había quedado destruido. El milenario país estaba sumido en el caos, y Deng solo veía un salida para recuperar el orden.

«Gato negro o gato blanco, poco importa si caza ratones». Este era su lema. Deng apostaba por el pragmatismo frente al dogma ideológico de Mao y no le importaba caer en el “pecado” de la propiedad privada si ello conllevaba aumentar la tasa de desarrollo. Quería convertir China en un país fuerte, y para lograrlo debía reinterpretar con una pizca de cinismo las verdades absolutas del comunismo. Su plan de reforma se llamaría “las cuatro modernizaciones” (agrícola, industrial, científico-técnica y de defensa) y tendría como ejemplo a la cercana y rebelde Taiwan (China siempre la ha considerado parte de su territorio y a menudo amenaza con atacarla). De 1965 a 1972 la isla había registrado un crecimiento en su economía del 10,1%.

Los atrevimientos económicos del dirigente comunista iban a ser progresivos. Su primer paso sería liberalizar la producción agrícola. Deng decidió extender a toda china el exitoso experimento que se había llevado a cabo durante tres años en la provincia de Sichuan: a cambio de una cuota para el Estado, el gobierno había dado libertad a varias familias campesinas para plantar lo que quisieran y vender el excedente en el mercado. Pequeños empresarios en todo el país no tardaron en multiplicar su producción y establecer industrias procesadoras de alimentos.

Un segundo paso, más complicado, sería convencer al partido para abrir el país a la inversión extranjera. Para lograrlo, Deng propuso liberalizar la economía, pero no la política. Conservaba el sistema de un solo partido y, así, si la iniciativa económica no funcionaba, se podía dar marcha atrás fácilmente. Emprender los cambios suponía, no obstante, remodelar el tejido industrial del país, tanto en materia de mano de obra, como en infraestructuras.

China necesitaba expertos que fueran capaces de llevar a cabo la reconversión, lo que implicaba una reforma del sistema educativo. Por un lado, el país debía formar ingenieros lo suficientemente preparados para levantar empresas potentes capaces de competir en el extranjero; por otro, abogados que pudieran dibujar el cuadro legal adecuado al plan de “las cuatro modernizaciones”. Con este objetivo, el gobierno promocionó a los mejores estudiantes del país y los mandó al extranjero para que se especializaran en disciplinas como el derecho internacional. Además, también se fundaron institutos dedicados a la investigación y se formaron equipos de asesores para encauzar la modernización del país.

El inicio del cambio arrancaría en los denominados centros experimentales, industrias elegidas para poner a prueba la liberalización. En ellas, el Estado daba libertad a los empresarios para gobernar su propia empresa: modernizar los medios de producción y establecer unas determinadas normas laborales que incluían primas y despidos en función de la eficiencia de los trabajadores.

Pronto los centros experimentales fueron aumentando, hasta que, en 1984, se establecieron Zonas Económicas Especiales (ZEE) en hasta 14 ciudades costeras. Poco a poco, estas ZEE se han ido concentrando alrededor de tres grandes focos industriales: el delta del río Zhu Jiang (conocido en castellano como el río de las Perlas), en la provincia de Guangdong, donde se encuentran Hong Kong y Macao; el delta del río Min, en Fujian, frente a la isla de Taiwan; y el delta del río Yangzi, con la histórica ciudad comercial de Shangai como emblema.

Quizá la zona más representativa del gigante económico en el que se ha convertido China hoy sea el delta del río de las Perlas, conocido en castellano como Perla. Cuando comenzó la liberalización de la economía china, hacia 1978, la provincia de Guangdong era una zona sumida en la miseria y dedicada a la agricultura de subsistencia. En menos de tres años, las industrias maquiladoras (productoras de manufacturas textiles) invadieron la región para convertirla en “la fábrica del mundo”. A esta evolución contribuyeron notablemente los bajos niveles impositivos y las pocas restricciones al establecimiento de empresas extranjeras. El delta del río de las Perlas no tardó en acaparar la cuarta parte de la inversión extranjera que entraba en China y en convertirse en la principal área productora de exportaciones del país y del mundo. Además, los porcentajes de negocio alcanzarían cotas impensables con la devolución por parte de Reino Unido y Portugal de las colonias de Hong Kong (en 1997) y Macao (en 1999) respectivamente. Consideradas como regiones administrativas especiales por la China actual, ambas han conseguido conservar su régimen económico-político liberal, de modo que han contribuido a convertir el delta del río de las Perlas en una zona industrial capaz, incluso, de alterar los flujos de inversión del planeta.

Las medidas tomadas por Deng Xiaoping dieron un espectacular impulso a la economía china que, dejaba el anquilosamiento comunista a un lado para convertirse en una gran fuerza productora. En 1990, Jiang Zemin tomaba las riendas del gobierno con una misión: convertir el país en una de las grandes potencias mundiales. En catorce años al frente del gigante asiático, tres fueron las principales contribuciones de Jiang al desarrollo chino. Por un lado, la remodelación del Partido Comunista Chino, su estructura y sus principios, para impedir que la modernización económica lo fuera desplazando. Este cambio de orientación quedaría reflejado en el 16º congreso del partido, en el que, por primera vez, se reconocía la importancia de la empresa privada en el desarrollo de la economía y se abrían las puertas a empresarios y ejecutivos. Además, quedaría plasmado en la Teoría de las Tres Representaciones, un ensayo en el que Jiang abordaba la adecuación del partido a los nuevos tiempos y que, a la vez, le servía para hacerse un hueco en la historia, ya que la teoría pasaría a formar parte del corpus doctrinal del partido. Por otro lado, Jiang pondría en marcha la reducción progresiva del sector estatal, que hoy todavía constituye un lastre para el desarrollo del país. En 2001, China entraba a formar parte de la Organización Mundial de Comercio y el 14 de marzo de 2003, Hu Jintao tomaba el relevo de Jiang y ascendía a la presidencia de China.


CHINA EN EL SIGLO XXI
Dos han sido las bazas que mejor ha jugado China con la llegada del nuevo siglo: su apertura cada vez mayor al exterior y su evidente éxito en el crecimiento económico. Desde la entrada de China en la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001, los posteriores gobiernos chinos (liderados por los presidentes Hu Jintao, entre 2002 y 2013, y Xi Jinping, desde 2013) han apostado por la constante presencia de China en el panorama internacional y por las políticas aperturistas.

CRONOLOGÍA DE UNA APERTURA
En los últimos años se han sucedido los hitos aperturistas en el país asiático: en marzo de 2004, la protección de la propiedad privada se incluyó en la Constitución de China; en noviembre de 2005, China y la Unión Europea (UE) alcanzaron un histórico acuerdo de colaboración comercial; en octubre de 2007, se aprobó la Ley de Propiedad, que por primera vez protegía los derechos de la propiedad privada; en verano de 2008, tuvieron lugar los Juegos Olímpicos de 2008, que sirvieron de escaparate del esplendor económico de China; y en septiembre de 2013, se aprobó la apertura de una nueva zona de libre comercio en Shanghai, donde se permitió el libre cambio del yuan o dejar los tipos de interés bancario en manos del mercado.

UN MOTOR ECONÓMICO
Hoy en día, China es la segunda economía mundial según su volumen de PIB, solo por detrás de Estados Unidos. Este éxito ha supuesto la última etapa de la gran reforma económica china emprendida por Deng Xiaoping en 1978, que pretendía transformar la empobrecida economía planificada de China en una economía de mercado. Más de tres décadas después, sus efectos han sido claros: un fuerte crecimiento económico (en 2013 se situó en el 7,7 %), la urbanización masiva de la población (hoy las ciudades concentran el 52 % de la población) y un incremento del bienestar de los ciudadanos chinos (se prevé que los salarios crezcan una media anual del 13 %). Pese a todo no se han frenado las desigualdades sociales y en 2012 China poseía un coeficiente de Gini de 0,474, uno de los más altos del mundo. No obstante, su éxito en el ámbito económico y, sobre todo, comercial es indudable, como ahora veremos.

LA PRIMERA POTENCIA DEL COMERCIO MUNDIAL
En enero de 2014, la Administración General de Aduanas de la República Popular China dio a conocer una noticia histórica: China se había convertido en la primera potencia comercial del mundo, por delante de Estados Unidos, Alemania y Japón. Según dicho organismo, los datos de 2013 respecto al volumen total de las exportaciones e importaciones de bienes en China ascendían a 3,05 billones de euros, lo que suponía un incremento del 7,6 % respecto a 2012. Estos datos arrojaban otro dato espectacular: en la actualidad más de un 10 % del comercio mundial de mercancías procede de China.

LOS CLIENTES DEL GIGANTE ASIÁTICO
Los principales clientes comerciales de China en el ámbito de las exportaciones son la Unión Europea (UE), Estados Unidos, Japón y los países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), junto con la región administrativa especial de Hong Kong. En cuanto a las importaciones, los principales clientes son la República de Corea y Taiwan. Analizando el volumen de mercancías entre todos estos países, hay que señalar que China tiene un gran déficit comercial con Taiwan, Corea y Japón, de los que importa componentes para sus actividades de producción para la exportación, y por contra, posee un gran superávit comercial con Estados Unidos y la UE, a los que exporta sus productos ya finalizados.

LOS PRODUCTOS ESTRELLA
China es una monumental fábrica de producción y exportación de bienes, cada vez más diversificada. El país asiático lidera el ámbito de los productos de oficina y los equipos de procesamiento de datos. Tras estos, se sitúan los equipos de telecomunicaciones, la ropa y los tejidos, los artículos electrónicos, los juguetes y los plásticos. Por otro lado, una gran parte de las importaciones de China tienen que ver con sus enormes necesidades energéticas. Así, el petróleo y otros combustibles fósiles suponen la mayoría de sus productos importados (actualmente China importa alrededor del 60 % del petróleo que consume). Además, China es también un destacado importador de productos alimenticios y agrícolas. Esto se debe a la masificación de la población y a las carencias sistémicas de la red agraria china, pese a los continuos cambios en las políticas agrícolas, así como al apoyo institucional para mejorar la infraestructura agraria y a la creación de fondos de ayuda y programas de sostenimiento de los precios del mercado.

LAS ASIGNATURAS PENDIENTES
En la actualidad, la vida política de China tiene un gran número de asignaturas pendientes, un conjunto de problemas muy enraizados en la burocracia comunista desde hace décadas. El nuevo gabinete del presidente Jinping debe mostrar al mundo una mayor entereza a la hora de acabar con estos males endémicos para generar más confianza en los mercados internacionales. Los principales asuntos a solucionar son, entre otros, la lucha contra la corrupción, la situación de los derechos humanos, el control de Internet y los problemas medioambientales.

LA LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN
La resolución en septiembre de 2013 del caso Bo Xiliai (exministro de Comercio condenado a cadena perpetua por delitos de corrupción y abuso de poder durante su mandato) ha supuesto el caso más llamativo de la persecución de las malas artes en política. Durante los primeros meses de mandato, Jinping ha emprendido diversas medidas para frenar los abundantes casos de corrupción en el país, provocados por el enriquecimiento acelerado de las élites. Estas se pueden resumir en dos vías: enviar grupos de inspecciones a las provincias para investigar las actividades anómalas y aprobar nuevas normas para mejorar la transparencia.

LOS DERECHOS HUMANOS
Sin duda, otro de los grandes problemas de China es la continua vulneración de los derechos humanos a pesar de sus tibios intentos de apertura. Así, en diciembre de 2013 la comunidad internacional vio con buenos ojos la decisión de Pekín de relajar la política del hijo único (se permitirá un segundo hijo en aquellos matrimonios en los que uno de los cónyuges sea hijo único) y abolir los campos de reeducación por el trabajo creados en los años 1950 (y que hoy afectan a 600.000 personas). A ello se ha sumado el reciente compromiso de las autoridades de reducir los delitos castigados con la pena de muerte, perseguir el uso de las torturas en las detenciones, proteger la acción de los letrados y permitir la actividad de forma legal de algunas ONG. No obstante, la realidad sigue siendo dramática y los informes anuales de Amnistía Internacional colocan a China a la cabeza de los países más represivos tanto en número de sentenciados a pena de muerte (que, a pesar de la negativa china a ofrecer datos, se calcula en miles de personas ajusticiadas) como de represaliados, torturados y censurados.

EL CONTROL DE INTERNET
No obstante, donde las autoridades chinas siguen siendo extremadamente severas es en el férreo control de los contenidos de Internet. De hecho, en su primer año Jinping ha endurecido sus medidas de control con el objetivo de vigilar las opiniones divergentes y luchar contra lo que ellos consideran ser crímenes en la red, aunque no sean más que noticias consideradas impropias. La censura se realiza desde el Ministerio de Seguridad Pública y su principal herramienta es el proyecto Escudo Dorado (activo desde 2003), más conocido como el gran cortafuegos, un sistema de servidores y firewalls que permite a las autoridades chinas bloquear contenidos, prohibir direcciones IP, intervenir sitios y blogs e interrumpir correos electrónicos. Asimismo son continuos los desencuentros con gigantes del sector como Microsoft o Google y con medios internacionales por la censura reiterada de sus contenidos digitales.

LOS PROBLEMAS MEDIOAMBIENTALES
Por último, el deterioro ambiental es otro de los males endémicos chinos. En concreto, según el informe de política china de 2014 elaborado por Casa Asia, los principales problemas ecológicos actuales de China son la mala calidad del aire (en 2013, 31 regiones registraron una media de 4,7 días de niebla tóxica), la escasa reducción del consumo de energía (de poco más de un 5 %, en lugar del 16 % deseable) y las masivas emisiones de gases y metales contaminantes causadas por la sobreabundancia fabril (más 100.000 fábricas operan ilegalmente en China). Todo ello ha causado que en una década el número de cánceres de pulmón se haya doblado en Pekín (hasta alcanzar los 63,09 casos por cada 100.000 personas en 2012). Además, según el Banco Mundial más de 700.000 chinos mueren cada año a causa de la polución. Sin embargo, la política oficial en este tema permanece estancada y el aumento de accidentes ecológicos (de más de un 120 %) ha encendido la agitación popular, cuyas protestas son duramente reprimidas por las fuerzas de seguridad.

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