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Marte, expediciones al rojo vivo
 
 
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 VIAJE AL PLANETA ROJO
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Recreación artística que muestra uno de los rover enviados a Marte mientras circula por el planeta rojo.

Hoy se sabe que no hay agua en estado líquido ni colinas azules. Que no existen galerías de piedra ni anfiteatros de mármol en Marte. Que allí, cuando atardece, ningún alienígena de ojos dorados pasea en barquichuela por los tranquilos canales de vino verde. Las templadas noches de verano descritas por Ray Bradbury en sus Crónicas marcianas ya no pueden ser imaginadas, porque el hombre ya tiene cómo posar sus ojos en el planeta. La ciencia vuelve a dar un manotazo a la imaginación para poner en orden el mundo. Un mundo en el que, quizá, sí quede sitio para la vida en Marte.

Tras casi dos meses paseando por el planeta rojo, en 2004 la sonda estadounidense Opportunity aportó la primera prueba física de que en Marte hubo agua en el pasado. Fue el descubrimiento en suelo marciano de jarosita, un mineral casi desconocido y escaso que puede encontrarse en la Tierra en el barranco de El Jaroso (Almería, España), lugar del que proviene su nombre. El extraño mineral solo se origina a partir de una alteración acuosa, lo que implica que en Marte hubo agua.

El descubrimiento del Opportunity indujo a pensar que si hubo agua, también pudo existir vida en el planeta rojo. De hecho, los científicos creen que en el pasado Marte fue un planeta húmedo, y que en el desertizado Meridiani Planum, lugar en el que aterrizó el Opportunity, se extendía una laguna del tamaño de los Grandes Lagos de Estados Unidos.

La llegada a Marte de la sonda Phoenix en mayo de 2008 arrojó nuevas luces sobre uno de los planetas más misteriosos del sistema solar. La Phoenix identificó en el suelo marciano indicios de la presencia de carbonato de calcio, que apuntan a que ese suelo estuvo en el pasado en contacto con agua líquida, y confirmó la existencia de hielo en una capa subterránea en el hemisferio norte del planeta.

El vehículo de exploración Curiosity, que llegó a Marte en agosto de 2012, descubrió indicios de un antiguo flujo de agua. Halló grava y guijarros que indican, por su dispersión y su forma redondeada, que el agua fluyó en el pasado por la superficie marciana.

Desde hace décadas los científicos han intentado aportar pruebas que justifiquen la existencia de agua en Marte. Antes de la llegada de las sondas Opportunity y Phoenix ya se habían barajado datos provenientes de los análisis geológicos del planeta: los grandes cañones que surcan su superficie solo podían haberse originado por ríos o mares hoy secos. Además, los orbitadores lanzados por la NASA, Rusia y la Agencia Espacial Europea (ESA) habían dejado constancia hace tiempo del hielo existente en los polos marcianos. Sin embargo, esta era la primera vez que se obtenían pruebas concretas. Hasta llegar a ellas, los científicos tuvieron que recorrer un largo camino lleno de dificultades.


REUNIÓN ESPACIAL
A principios de 2004 se reunió en Marte y alrededores una especie de flota internacional. Las sondas Opportunity y Spirit, los orbitadores Mars Global Surveyor, Mars Odissey (todos enviados por la NASA) y Mars Express (ESA), lanzados entre 1997 y 2003, aunaban fuerzas para indagar en el pasado del planeta rojo con la intención de abrir una puerta a la vida en el futuro. Cada uno cumplía una función específica. Hasta el descubrimiento de la jarosita, las que más datos habían aportado a las investigaciones eran las naves en órbita alrededor de Marte, que proporcionaron una valiosa información científica sobre el planeta. De este modo, se había avanzado en el conocimiento geológico y climático de Marte.

Por su parte, los rover Spirit y Opportunity aportaron a la investigación proximidad, espectacularidad y la posibilidad de practicar la geología in situ, aunque el equipo científico permaneciera en la Tierra, a 170 millones de kilómetros del planeta rojo. Del tamaño de un carrito de golf y equipados con ocho cámaras cada uno, los rover fueron el mayor “juguete” de la NASA. Un juguete que además de atraer de forma inusitada la atención de los internautas, que se han descargado hasta 15 terabytes (20.000 CD) de fotos de los robots, presentaron las pruebas irrefutables de que en Marte existió agua. La Spirit confirmó la presencia de depósitos de sílice en el subsuelo marciano y analizó muestras muy puras de cuarzo y ópalo, minerales cuya formación va ligada a procesos geoquímicos que no pueden producirse sin la presencia de agua. Este descubrimiento confirmó que en las marcianas Colinas del Columbia hubo hace millones de años grandes mares de agua en estado líquido.

El éxito de estas misiones animó a la NASA a enviar una nueva sonda, la Phoenix, destinada a buscar hielo en los polos del planeta rojo e indicios químicos de vida primitiva. Después de recorrer 679 millones de kilómetros durante nueve meses la Phoenix consiguió posarse suavemente en el polo Norte del planeta el 25 de mayo de 2008. El aterrizaje, que se realizó sin globos amortiguadores, fue todo un éxito y sorprendió incluso a los ingenieros de la NASA. Minutos después de pisar la superficie de Marte la sonda desplegó sus paneles solares y comenzó a enviar fotografías a la Tierra. Peter Smith, principal investigador de la Universidad de Arizona y uno de los responsables de la misión, aseguró que las imágenes recibidas confirmaban la ausencia de rocas, tal como se esperaba, y no mostraban presencia de hielo en la superficie. Durante cinco meses (el verano del hemisferio norte marciano), la Phoenix utilizó su brazo mecánico para recolectar muestras de suelo y confirmó la existencia de agua en forma de hielo bajo la superficie del planeta.

Después de analizar las primeras pruebas enviadas por la sonda Phoenix los científicos de la NASA se reafirmaron en su hipótesis de que en Marte existió algún tipo de vida primitiva, probablemente en las zonas del planeta que poseen un clima más cálido y habitable. La presencia de agua, carbono e hidrógeno demostraría que Marte fue una zona habitable.

“Misión cumplida”, podría decirse, ya que este era el principal objetivo de las naves allí enviadas y una de las principales motivaciones de los científicos. Pero las razones podían ir más allá: ¿por qué Marte?

Además de porque, como dice la ingeniera Donna Shirley, creadora del robot Sojourner (primero en pisar la superficie marciana), “¡Todo el mundo adora Marte!”, la investigación y conquista de otro planeta contribuye con creces a incrementar el prestigio y poder de los países implicados, que ven los nuevos territorios espaciales como una fuente de recursos económicos. Aunque hoy por hoy las investigaciones no tengan una aplicación inmediata, en un futuro pueden dar lugar a nuevos descubrimientos en otras disciplinas, como ocurrió hace cuarenta años con el proyecto Apolo. Las investigaciones llevadas a cabo por la misión lunar sirvieron años más tarde para revolucionar la microeléctrica, las comunicaciones globales, los sistemas digitales, descubrir la crionización y sintetizar nuevos materiales. Descubrimientos que han repercutido beneficiosamente en la economía de los países desarrollados.


¿CRÓNICAS MARCIANAS?
Por otro lado, está la cuestión científica, que también puede llevar consigo implicaciones prácticas. ¿Hay o hubo vida en Marte? Y lo que es más importante, en un futuro, ¿se podría vivir en Marte? En 1978 los científicos llegaron a la conclusión de que puede darse vida en cualquier ambiente donde haya agua y una fuente de energía. El planeta rojo cumple ambas condiciones. Según Jesús Martínez Frías, director del Laboratorio de Geología Planetaria del Centro de Astrobiología (España), los indicios “parecen indicar que hay agua en el suelo marciano en forma de permafrost”, una capa de hielo que permanece siempre en estado sólido en la superficie. De ser así, según afirma el doctor en declaraciones al periódico español El Mundo, establecer colonias humanas en el planeta rojo sería mucho más sencillo, ya que se podría extraer agua del subsuelo para humidificar el ambiente.

Otra de las posibilidades barajadas, que todavía suena a ciencia ficción, es inyectar en la atmósfera marciana compuestos químicos capaces de provocar un severo efecto invernadero que origine el deshielo de los casquetes polares. Después se generaría una atmósfera de dióxido de carbono capaz de albergar vida vegetal que, mediante la fotosíntesis, originara una atmósfera respirable para los mamíferos. Para acelerar la transformación del planeta se pondrían en órbita grandes espejos generadores de energía solar y se aprovecharía la energía térmica. Según los cálculos efectuados por los científicos, el proceso podría comenzar en 2030 y duraría unos 300 años.


ÉXITOS Y FRACASOS
Hoy se mira a Marte como una posibilidad de futuro. Pero tras estos cálculos e investigaciones difíciles de creer aun hoy, existe toda una historia plagada de éxitos y de fracasos. La carrera marciana comenzó en 1960, en plena Guerra Fría, con más fallos que aciertos. La URSS fue el primer país en intentar mandar una nave a Marte, aunque sus sucesivos intentos durante la década, nada menos que siete, resultaron fallidos. Las sondas soviéticas o bien perdían el contacto con la Tierra o bien explotaban en el camino. La reacción de Estados Unidos no se hizo esperar. En 1964 el Laboratorio de Propulsión a Reacción (JPL) de la NASA construyó diez sondas llamadas Mariner con el objetivo de explorar Venus y Marte. Ese mismo año envió al planeta rojo la Mariner 3, que no alcanzó su destino, y la Mariner 4, que entró en órbita y durante tres años envió más de cinco millones de bits de información.

En 1969 la Mariner 6 y la Mariner 7 continuaron la labor de sus predecesoras, mientras los soviéticos seguían errando el tiro. Dos años más tarde, la Mariner 9 se convirtió en el primer satélite artificial de Marte. La sonda superó todas las expectativas y proporcionó gran cantidad de mapas y fotos del planeta. Ese mismo año la URSS se convirtió en la primera potencia que posaba una nave sobre la superficie marciana, aunque la experiencia solo duró veinte minutos. Después se perdió la señal.

En la siguiente década todos los intentos de explorar Marte con éxito vinieron de Estados Unidos y Europa. En 1976 el proyecto estadounidense Viking se convirtió en la primera misión en situar dos naves sobre la superficie del planeta durante un largo período. La Viking 1 y la Viking 2 recogieron gran cantidad de datos y realizaron varios experimentos biológicos, que llevaron a los científicos a concluir que la superficie de Marte era autoesterilizante, es decir, que impedía la formación de seres vivos. Tras el fin del proyecto Viking en 1980, la crisis energética que acuciaba al mundo llevó a que la exploración de Marte quedara suspendida durante 17 años.

En 1996 Estados Unidos decidió retomar sus proyectos en Marte y posó sobre el planeta una de sus sondas más emblemáticas, la Pathfinder. Tanto el módulo de aterrizaje como el rover Sojourner superaron con creces las expectativas fijadas. Juntos transmitieron más de 17.000 imágenes, más de 15 análisis químicos del suelo y numerosos datos meteorológicos.


NUEVOS RETOS
En los años sucesivos se encadenaron los fracasos, debidos sobre todo a fallos bochornosos, pero a comienzos del siglo XXI las agencias espaciales empezaron a respirar tranquilas después de las exitosas puestas en órbita de la Mars Global Surveyor y la Mars Odissey (ambas de la NASA) y la Mars Express (ESA). El buen funcionamiento de los rover Opportunity y Spirit animó al lanzamiento de un tercer robot, el Phoenix, destinado a descubrir los secretos de Marte.

Tras varios meses intentando recuperar su señal, la NASA dio por finalizadas oficialmente las misiones de la sonda Phoenix (en mayo de 2010) y del vehículo espacial Spirit (en mayo de 2011), mientras que el Opportunity continuaba con su exploración más allá del tiempo previsto. La NASA lanzó a finales de 2011 el vehículo de exploración Curiosity, que aterrizó en el cráter Gale de Marte en agosto de 2012. Se trata del mayor y mejor equipado de todos los robots enviados al planeta rojo y se espera que su misión se prolongue, al menos, durante un año marciano (687 días terrestres). Su objetivo fundamental es estudiar la habitabilidad del planeta.

Los robots de la NASA han enviado a la Tierra espectaculares imágenes y datos. En la central de la NASA, un equipo de más de 1.000 científicos espera con paciencia la información que llega con un retardo de dos horas, ya que la comunicación interplanetaria no es nada fácil.

La enorme distancia que separa los planetas impide que los profesionales puedan ver lo que hace a cada momento, en directo, un rover. Así, si un robot está a punto de cometer un error o caer en un agujero, no cabe advertencia. La señal tardaría en llegar a Marte diez minutos viajando a la velocidad de la luz, y ya sería demasiado tarde. La distancia, 170 millones de kilómetros, y el consiguiente desfase de tiempo en la comunicación provocan que, cualquier error por pequeño que sea, suponga un gran problema para la misión. Esta problemática no existiría si se enviara una misión tripulada a Marte: una solución, por el momento, fuera del alcance monetario y técnico de las agencias espaciales.

Aunque George Walker Bush anunciara que en 2020 los astronautas ya podrán viajar a Marte, aún quedan muchas cuestiones por solucionar. Para empezar, la larga distancia que separa la Tierra de Marte hace que solo sea factible viajar al planeta rojo cada dos años, cuando los astros se encuentran más cerca. Este hecho implica que los expedicionarios deberían pasar allí más de un año esperando el momento idóneo para el retorno. Como la superficie de Marte es completamente estéril, los astronautas deberían llevar víveres y oxígeno para sobrevivir allí, lo que implicaría un mayor peso en la nave. Aun en el caso de que este hecho no supusiera un problema, sí lo supondrían los efectos nocivos que la falta de gravedad genera en el ser humano, que van desde la osteoporosis hasta el cáncer. Por otra parte, aunque los humanos actúen mucho más rápido que un robot, el coste de enviar una misión tripulada a Marte es más elevado que el de enviar un par de rover, con los que además se pueden correr riesgos sin poner en peligro la vida humana. Hoy por hoy estos robots son la solución más práctica, barata y efectiva para continuar las investigaciones.

A pesar de esto, la NASA ha encargado al astronauta costarricense Franklin Chang el diseño de un motor cohete con propulsión de plasma que permita viajar diez veces más rápido que los motores químicos que se utilizan actualmente. El motor de plasma VASIMR creado por Chang permitirá acortar el tiempo de travesía a Marte de los diez meses actuales a un mes y medio. Se prevé que esta tecnología estará lista en 2015, cuando se envíe el primer prototipo VASIMR a la Estación Espacial Internacional. En 2008 Franklin Chang afirmó con optimismo que en 2020 se podrá establecer una base operativa en la Luna desde la que se enviarán cohetes a Marte y otros planetas del Sistema Solar. Aún se mostró más esperanzado al asegurar que “el ser humano que va a pisar el suelo marciano ya ha nacido, y debe de ser un chico o una chica de unos 15 años”.


LO QUE SABEMOS DE MARTE
Mientras ese adolescente crece y se prepara para llegar a Marte, las sondas proporcionan todos los conocimientos que hoy se tienen sobre el planeta rojo. Gracias a ellas se sabe que Marte es un planeta muy parecido a la Tierra, aunque más pequeño y más frío. Tienen en común la inclinación de su eje, que genera unas estaciones iguales a las nuestras, la similitud de los días y el parecido de algunos paisajes. Las costas escarpadas, los perfiles erosionados y los fondos secos de Marte recuerdan a desiertos como el chileno de Atacama y a los barrancos de El Jaroso, en Almería (España).

El hallazgo de jarosita y depósitos de sílice de gran pureza ha certificado las sospechas de los científicos: en Marte hubo agua en el pasado. Algunos profesionales dicen que quizá el planeta sufrió inundaciones catastróficas, otros que un océano cubría su hemisferio Norte. A falta de que la sonda Curiosity recoja pruebas concluyentes de vida primitiva, lo que sí sabemos es que en sus polos hay hielo y que sus temperaturas, cuando cae el sol, llegan a treinta grados bajo cero. También que su atmósfera es excesivamente tenue, lo que provoca que no fluya el agua por la superficie del planeta. La presión atmosférica es tan baja (cien veces menos que la terrestre), que cualquier líquido se evaporaría instantáneamente. De este modo, las condiciones de vida hoy en Marte son ínfimas. Sin embargo, si en el pasado existieron océanos, también tuvo que existir una atmósfera marciana semejante a la terráquea. La cuestión es: ¿dónde se fue?

Según las sospechas de la sonda Mars Global Surveyor, la atmósfera marciana pudo ser aventada por el viento solar que azota a los planetas de nuestro sistema. La Tierra constituye una excepción, ya que gracias a su magnetosfera, logra desviar los iones de viento solar antes de que estos entren en la atmósfera y la dañen.

Marte también pudo tener una magnetosfera similar, ya que hoy aún quedan “paraguas” magnéticos alrededor del planeta. Sin embargo, son insuficientes para retener la atmósfera que el viento solar, en el pasado aún más fuerte, le robó. Así, la siguiente pregunta sería: ¿qué fue de la magnetosfera marciana? En el caso de la Tierra, su magnetosfera está producida por un dinamo activo, lo que lleva a pensar que el dinamo de Marte un día dejó de funcionar. Se desconoce cuándo y por qué se apagó.

Posiblemente dentro de unos años se sepa qué ocurrió con Marte. Quizás conocer el pasado marciano enseñe a los habitantes de la Tierra a no destruir el mundo y a garantizar el futuro. Si hay hombres que creen que pueden cambiar el mundo, ahora hay científicos que creen que pueden cambiar un planeta. Viajar al planeta rojo y escribir unas verdaderas crónicas marcianas es cuestión de tiempo. En un futuro, quizá podamos dar la razón a Bradbury y decir: “Era una noche de verano en el templado y apacible planeta Marte...”.


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