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Orinoco, la serpiente enroscada de Venezuela
 
 
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 EN BUSCA DE LA FUENTES DEL ORINOCO
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En 1498 Alonso de Ojeda descubrió la boca del Orinoco y sus construcciones de palafitos.

La cuenca del Orinoco destaca por su disimetría, una característica poco usual que hace que el río, en lugar de fluir por el centro de la depresión, lo haga arrimado al macizo de la Guayana, al que se va adhiriendo como una serpiente. Este complicado trazado, unido a su gran extensión, hizo que las fuentes del río no se localizaran hasta mediados del siglo XX.

Cristóbal Colón fue el primer europeo en intuir la grandeza del Orinoco. En su tercer viaje al Nuevo Mundo (1498), el navegante advirtió en Tierra de Gracia la presencia de un gran río que se adentraba en el mar llevando sus aguas a cientos de metros de la costa. Sorprendido por el fenómeno, Colón bautizó la desembocadura de este río como Mar Dulce, pero no llegó a ver la orilla y desvió su rumbo atraído por las perlas de la isla Margarita, lugar que el navegante, según algunos historiadores, ya conocía desde su segundo viaje. Un año más tarde, Alonso de Ojeda descubrió la boca del río y las construcciones de palafitos que le recordaron a la ciudad de Venecia, por lo que bautizó el lugar como Venezuela o “pequeña Venecia”. En 1500, Vicente Yáñez Pinzón fue el primero en pisar tierra firme tras desembarcar en el inmenso delta de la gran serpiente enroscada.

Las expediciones de estos años alimentaron las leyendas y llenaron el Orinoco de figuras mitológicas como las sirenas, nombre con el cual los primeros exploradores españoles bautizaron a los manatíes que habitan las aguas del gran río, y las anacondas, serpientes de gran tamaño que se consideraban criaturas monstruosas. Pirañas, jaguares, caimanes y tarántulas sembraban de peligros los periplos por las selvas vírgenes del Orinoco, mientras el descubrimiento de tribus de indígenas que se sorprendían al ver a hombres blancos de largas barbas (los indios eran imberbes) y sus curiosas costumbres convirtieron el río en un lugar misterioso donde muchos creían que se ocultaban las grandes riquezas del paraíso.

Los misterios de una naturaleza nunca vista convirtieron la selva venezolana en un lugar atrayente para aventureros y cazatesoros. Diego de Ordaz fue el primero en remontar el cauce del Orinoco hasta el río Meta en 1531, mientras que el pirata Walter Raleigh y el español Antonio de Berrío contribuyeron unos años más tarde a forjar una nueva leyenda al situar en el río los tesoros del mítico El Dorado. Esto hizo que las expediciones en busca de oro se multiplicaran en la zona, donde comenzaron a proliferar las historias fantásticas, al mismo tiempo que se iban descubriendo los secretos del río y se dibujaba el mapa de su cauce.

En los siglos XVII y XVIII los misioneros jesuitas José Gumilla, autor del libro El Orinoco ilustrado y defendido, y Manuel Román, descubridor de la comunicación entre el Orinoco y el Amazonas a través del río Casiquiare en 1744, contribuyeron a precisar la fisonomía del río.

En 1799 el naturalista alemán Alexander von Humboldt emprendió un viaje por el Orinoco dispuesto a investigar sus recursos naturales, especialmente su fauna y su flora. Le acompañaron en la expedición el botánico francés Aimé Bonpland, que llevó a cabo un catálogo con miles de plantas desconocidas, y el pintor alemán Ferdinand Bellerman, que retrató la belleza de los parajes venezolanos descubiertos en una serie de pinturas paisajísticas. En 1889 el expedicionario francés Jean Chaffanjon creyó haber encontrado el nacimiento del Orinoco en un punto que, aunque cercano, años más tarde se revelaría erróneo. A pesar del fallo, esta expedición inspiró a Julio Verne y le proporcionó los datos necesarios para escribir El soberbio Orinoco. En 1931, el físico y explorador estadounidense Herbert Spencer Dickey volvió a errar. Tampoco tuvieron éxito las diversas expediciones venezolanas y brasileñas que, guiadas por fotografía aérea, intentaron llegar entre 1944 y 1950 hasta el origen del río. Finalmente, el 27 de noviembre de 1951 Franz Rísquez Iribarren, en misión gubernamental, capitaneó la expedición franco-venezolana que logró identificar el lugar exacto del nacimiento del Orinoco en el cerro Delgado Chalbaud, a 1.047 metros de altitud. Se había tardado más de 450 años en coronar un río que aún guarda grandes secretos por descubrir entre sus aguas.


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