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Pasteur, padre de la microbiología
 
 
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 NUEVAS POLÍTICAS
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Edward Jenner, descubridor de la vacuna contra la viruela en un retrato de J. Northcote.

Louis Pasteur compartió con los hombres de su época la ilusión positivista del progreso indefinido de la humanidad. Sus propios descubrimientos científicos formaron parte de esta extendida euforia. Esta especie de religión laica, que entronizó a la ciencia como motor del avance de la historia, perduró durante la segunda mitad del siglo XIX, pero comenzó a resquebrajarse cuando se hizo evidente que los problemas de la humanidad eran mucho más complejos como para pensar que se podían resolver en un laboratorio.

Entre otras circunstancias, la debilidad del progresismo positivista se hizo evidente cuando el desarrollo de las fuerzas productivas no pudo evitar las guerras ni la miseria. Al contrario, el modelo social capitalista, que se consolidó aceleradamente a partir de 1850, culminó su espectacular desarrollo en mayores grados de explotación y cotas de mortandad. Basta recordar las dos guerras mundiales (1914-1918 y 1939-1945) para demostrar lo dicho; en los comienzos del siglo XXI, basta verificar cómo se incrementan rápidamente los índices de pobreza, la proliferación de las enfermedades en los países pobres y la capacidad destructiva del armamento. Si bien es cierto que el desarrollo científico ha llegado a prolongar las expectativas de vida y que está en condiciones de curar y prevenir numerosas patologías, es evidente que la miseria y la marginación, en cuyo contexto proliferan las enfermedades, responden a causas sociales que no se modifican en un laboratorio.

La ingeniería genética representó un salto en el desarrollo de las vacunas. En 1986, por ejemplo, este método desarrolló la primera vacuna contra la hepatitis B. Sin embargo, esta enfermedad sigue haciendo estragos en África, donde las condiciones de vida infrahumanas impiden la adquisición de los nuevos medicamentos. También se hace evidente que una mayor producción de alimentos no resuelve el problema del hambre. En la actualidad, con el gran desarrollo de los medios de transporte, las reservas de alimentos existentes en los países ricos podrían ser repartidos fácil y rápidamente en las zonas más necesitadas y, en pocas semanas, el problema del hambre podría ser resuelto en todo el mundo. Pero esta posibilidad solo podrá consumarse en la medida en que los centros de poder mundiales –es decir, los gobiernos de los países ricos y los grandes organismos mundiales– implementen nuevas políticas de distribución, que antepongan los criterios de la solidaridad a los de la ganancia.


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