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ENTENDER EL MUNDO/BIOGRAFÍAS
Colón: rumbo a un nuevo mapa del mundo
 
 
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 LA TERQUEDAD QUE CAMBIÓ EL MUNDO
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Cristóbal Colón presentó su proyecto a los Reyes Católicos en 1486. En 1492, llegaba a América.

Pese a que existen muchas dudas acerca de la fecha de su nacimiento, la historia mayoritariamente aceptada dice que Cristoforo Colombo (nombre que castellanizado correspondería a Cristóbal Colón) vino al mundo en Génova entre el 26 de agosto y el 31 de octubre de 1451, fruto del matrimonio entre Giovanni Colombo y Susana Fontanarossa. Según se extrae de la Vida del almirante don Cristóbal Colón, escrita por su hijo Hernando, Colón trabajó durante un tiempo en el taller de su padre, de oficio tejedor. Sin embargo, esta época fue breve y el joven pronto encaminó su futuro hacia la mar, alentado quizá por su vocación y por la larga tradición marinera genovesa.

Así se introdujo en el mundo de la náutica a muy corta edad, y aprendió sus artes y cartografía con pasión autodidacta. Esta pasión explica que Cristóbal empezara muy pronto a surcar los mares, formando parte de expediciones comerciales. En 1476, se embarcó en la Pasquerius, una urca –barco grande y ancho que se empleaba para el transporte de mercancías– capitaneada por Cristoforo Salvago. La nave formaba parte de un convoy genovés que transportaba goma de la isla griega de Quíos para venderla en los puertos de Portugal, Inglaterra y Flandes. Sin embargo, el convoy no llegó a buen puerto; el 13 de agosto de ese año, la flota del corsario francés Guillaume de Casenove lo hizo naufragar y Colón tuvo que alcanzar las costas del Algarve a nado.


UNA RUTA HACIA LAS INDIAS
De este modo, Colón llegó a Lisboa en 1476, y así dio comienzo la parte más interesante de su vida. El navegante comenzó a trabajar como agente de la casa Centurione de Madeira, con la que ya había colaborado años antes y, en 1479, se casó con Felipa Moniz de Perestrello, hija del colonizador de la isla de Porto Santo (Madeira, Portugal), Bartolomé de Perestrello.

Este matrimonio permitió a Colón relacionarse con la elite náutica de Portugal, gran potencia marítima por aquel entonces. Esto, a su vez, le llevó a instruirse en astronomía, matemáticas y cartografía –disciplinas indispensables en el arte de la navegación– y a embarcarse en viajes comerciales a Cabo Verde, las islas Canarias o las Azores, con los que amplió sus conocimientos prácticos sobre el Atlántico y los vientos alisios. Fue durante esta época cuando Colón comenzó a bosquejar en su cabeza la empresa que marcaría su vida: llegar a las Indias navegando hacia Occidente.

A la concepción de este proyecto también contribuyó su lectura de varios estudios y teorías de la época sobre geografía, que sustentaban la creencia de que la Tierra era esférica y, por tanto, era posible arribar a Cipango (Japón) y Catay (la China actual) navegando hacia poniente. Las teorías de Paolo dal Pozzo Toscanelli, matemático y médico florentino, iban en este sentido. Toscanelli se basó en las experiencias de Marco Polo y llegó a la conclusión de que entre Lisboa y Quinsay (según algunas referencias, actual Hangzhou, ciudad cercana a Shanghai, China) no había más de 6.500 leguas marinas, y de que Antilia (las Antillas, islas por entonces desconocidas y legendarias) y Cipango solo distaban en 2.500 millas. Una tesis similar recogía el filósofo y teólogo francés Pierre d’Ailly en su Tractatus de Imago Mundi, libro de cabecera de Colón a juzgar por la gran cantidad de anotaciones que contiene su ejemplar, aún conservado.


“TENGO UN PROYECTO”
Así pues, con los estudios de Toscanelli en una mano y los cálculos de Pierre d'Ailly en la otra, Cristóbal Colón acabó de perfilar su plan de navegación a las Indias en dirección poniente. El viaje no tenía por qué complicarse: el trayecto era corto (según lo estudiado entre el archipiélago canario y el actual Japón solo había unas 2.400 millas marinas) y tenía proyectado hacer escala en varias islas. Sin embargo, sus cálculos resultaron equívocos. D'Ailly trabajaba en base a millas árabes y no italianas, por lo que las 2.400 millas calculadas por Colón se convertirían en 10.700.

Hacia 1484, el navegante aún no era consciente de este error y presentó su plan al rey Juan II de Portugal. El monarca recibió con buenos ojos el proyecto y decidió someterlo a la evaluación de un grupo de expertos. Sin embargo, Juan II no quería que Colón navegara hacia el oeste, por los derechos que tenía España sobre las islas Canarias reconocidos en el tratado de Alcáçovas, así que le propuso un itinerario alternativo.

La historia deja claro que Colón no se avino a las condiciones portuguesas. Por eso, en 1485, se trasladó a Castilla. Ese mismo año, su esposa falleció y él quedaba solo con el único hijo fruto del matrimonio, de nombre Diego. Ese vacío sentimental lo ocupó poco después, ya en Castilla, Beatriz Enríquez de Arana, una tejedora cordobesa. Colón no se casó con ella, pero permaneció a su lado toda la vida y tuvo un hijo suyo: Fernando, también llamado Hernando.


ANTE LOS REYES CATÓLICOS
La llegada de Colón a Castilla se entiende por el deseo fervoroso de llevar a cabo su proyecto, por lo que necesitaba patrocinadores. Los escogidos eran los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. El navegante se dirigió primero a Huelva, donde tenía planeado dejar a su hijo Diego. Allí permaneció una temporada en el monasterio franciscano de La Rábida (Palos de la Frontera), donde hizo una serie de contactos entre los que destacan el prior fray Juan Pérez y fray Antonio de Marchena. Los religiosos recibieron con entusiasmo la idea de Colón y le condujeron, en última instancia, a reunirse con los Reyes Católicos. De hecho, Antonio de Marchena recomendó al navegante a fray Hernando de Talavera, confesor de la reina Isabel.

La audiencia de Cristóbal Colón con Fernando de Aragón e Isabel de Castilla fue el 20 de enero de 1486 en Córdoba, donde estaba instalada la corte en ese momento. El primero se mostró poco partidario de los planes del navegante pero Isabel, más cauta, decidió confiar la decisión a una junta de expertos. Los técnicos se mostraron contrarios al proyecto en varias ocasiones, pero la corona se resistió a descartar la empresa definitivamente. Y fue en Granada, al concluir la Reconquista, donde un 17 de abril de 1492 se aprobaron las Capitulaciones de Santa Fe, pacto entre Colón y los Reyes que estipulaba los derechos del navegante respecto a la expedición que comandaría: sería almirante en todas las tierras que descubriese en la mar Océana con carácter hereditario y con el mismo rango que el almirante de Castilla; sería virrey y gobernador general en dichas tierras y tendría el derecho de proponer ternas para el gobierno de cada una de ellas; cobraría el diezmo o 10% del producto neto que consiguiera en los límites del almirantazgo; tendría la jurisdicción comercial de los pleitos derivados del comercio en la zona de su almirantazgo, y participaría en las ganancias de la expedición en el mismo porcentaje con el que podía financiarla, hasta un octavo.

El recién nombrado almirante Cristóbal Colón se desplazó a Palos para formar su tripulación con la ayuda de fray Juan Pérez. Este le puso en contacto con el afamado armador de la zona Martín Alonso Pinzón, quien ofreció una embarcación propia que se sumó a los dos barcos que los Reyes habían mandado construir. Las carabelas Pinta y Niña, y la nao Santa María, partieron de Palos el 3 de agosto de 1492 hacia las Canarias.


LOS VIAJES
En la primera travesía se evidenciaron los errores en los cálculos de Colón acerca de la distancia del recorrido. No fue hasta pasados más de dos meses, concretamente el 12 de octubre, cuando el grumete sevillano Rodrigo de Triana anunció el avistamiento de tierra. Así llegaron a la isla que los nativos denominaban Guanahaní y que Colón bautizó como San Salvador. También desembarcaron en Juana (la actual Cuba) y en La Española (Haití y República Dominicana), donde los restos de la Santa María, que se hundió, fueron utilizados para establecer el primer asentamiento español en América: el fuerte Navidad. Las dos carabelas restantes, al mando de Colón, zarparon a mediados de enero para arribar de nuevo a la península Ibérica el 15 de marzo de 1493. El almirante comunicó su descubrimiento a los Reyes Católicos en Barcelona a principios de abril.

El segundo viaje se inició en septiembre de 1493, con el objetivo de explorar y colonizar los territorios descubiertos. El 3 de noviembre Colón avistó una isla que bautizaría como Dominica. Y poco después, el 19 de noviembre, la expedición llegó a la actual Puerto Rico, isla que fue denominada San Juan Bautista. Mientras navegaba por el Caribe, el almirante intentaba identificar aquellos territorios con Catay. Fue a partir de esta expedición, y sobre todo de la siguiente, cuando Colón se empezó a granjear odios entre los indígenas, a los que pedía grandes cantidades de oro si no querían convertirse en esclavos, y entre sus colaboradores, que renegaban de quien se había revelado como un mal gobernante.

Los Reyes Católicos recibieron numerosos informes negativos de Colón durante su tercer viaje, en el cual se exploraron territorios como Granada (bautizada Concepción), Asunción (Tobago), la isla de Trinidad y el golfo de Paria (que separa esta isla y Venezuela). Los descubrimientos eran importantes, pero pesó más la inoperancia del navegante como administrador. Por eso, Isabel y Fernando enviaron a los nuevos territorios un comisario real, Francisco de Bobadilla, con plenos poderes. Este apresó a Colón y a sus hermanos, y los envió de nuevo a España. El almirante ya solo conservaba ese rango y el de virrey: anularon el resto de sus privilegios.

En esa situación, el navegante volvió a enrolarse en una nueva expedición que duró dos años y medio –de mayo de 1502 a noviembre de 1504– y en la cual exploró las actuales Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. El 20 de mayo de 1506, con el convencimiento de que las tierras a las que había arribado eran las Indias, Cristóbal Colón moría en la ciudad de Valladolid aquejado de gota y de otras enfermedades.


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