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Confucio, el sabio supremo
 
 
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 UNA VIRTUD MILENARIA
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El filósofo Confucio representado con rostro hierático en una escultura china.
Hegel, como otros muchos filósofos occidentales, decía de él que era un simple moralista con una buena colección de proverbios. Esta visión sesgada de Confucio se ve negada cada día más con el lento transcurrir del tiempo. Tras más de 2.500 años, el confucianismo, en cuanto a doctrina filosófica y religiosa, sigue vivo en la sociedad china. El Sabio Supremo, como se conoce al filósofo oriental, ha logrado superar desfavorables dinastías y ha salido indemne incluso de la persecución comunista sufrida durante 30 años (entre 1951y 1989). Por este motivo, algunos intelectuales como el alemán Karl Jaspers, lo consideran algo más que un filósofo y lo sitúan entre los “cuatro individuos paradigmáticos” que, “al ser lo que son, hicieron más que los demás para determinar la historia del hombre. Su influencia se extendió a lo largo de dos milenios hasta llegar a nuestros mismos días”.

Así, Confucio no fue solo un simple pensador que aportó al mundo oriental su visión de la vida. Fue algo más: un plebeyo que pasó a la historia por su sabiduría; un hombre que evitó los cargos y acabó convirtiéndose en una figura sagrada; y por último, un pensador que creó toda una cultura y forjó una tradición, para determinar, así, la idiosincrasia de la civilización china.


LOS ORÍGENES
Confucio (o K'ung fu-tzu) nació en 551 a.C. en Ch'angp'ing, en la actual provincia de Shandong. Su padre era un importante general del estado de Lu, descendiente de la dinastía Shang. Durante muchos años sus ancestros habían vivido en el estado de Song, hasta que se desplazaron a Lu. Allí, su padre, ya sexagenario, contrajo matrimonio con una joven de 14 años. El matrimonio estaba destinado a fracasar, pero dio sus frutos: de la pareja nació Confucio. La madre pronto abandonó el hogar y se trasladó a Qufu con el pequeño, que al cabo de un año quedaría huérfano de padre. Aunque apenas conoció a su progenitor, el maestro siempre le guardó gran respeto y según cuenta la leyenda, no cejó en su empeño hasta descubrir dónde se encontraba su tumba; no fue fácil, ya que su madre había decidido llevarse el secreto a la tumba.

Parece ser que cuando era niño ya mostraba un gusto esencial por los rituales. Sus biógrafos narran como al pequeño le gustaba disponer los vasos como en los sacrificios, y también cómo pronto creció hasta convertirse en un gran hombre, tanto literal como literariamente. A los 15 años Confucio tenía una altura extraordinaria, por lo que muchos le apodaban “el gigante”.

Por aquella época trabajaba guardando rebaños, ya que a pesar de su noble ascendencia, los recursos familiares eran limitados. “De humilde condición en mi juventud, sabía manejarme con muchas cosas de inferior categoría”, explicaba él mismo a sus amigos. Era un joven curioso y de fuerte voluntad, por lo que la economía no lograría obstaculizar su camino hacia la sabiduría. Su pasión por la Historia Antigua y quizá, la necesidad de hacer honor a sus nobles orígenes, le impulsaron a adentrarse en el estudio de los clásicos. De este modo, Confucio comenzaba a forjar su propia idea del mundo y del orden social.

Con 19 años, Confucio ya estaba casado y trabajaba como profesor privado de Mong Yi-Tseu, hijo de un alto oficial de Lu. Poco a poco, sus alumnos se fueron multiplicando. Hombre recto y generoso, cobraba a los que tenían y perdonaba el pago de sus clases a los que no disponían de dinero. Su método pedagógico consistía en estimular a los alumnos para que se hicieran preguntas y, de este modo, poder moldear su personalidad. El estímulo venía dado por conversaciones informales en las que Confucio abordaba los libros clásicos, la filosofía, los ritos y costumbres, la poesía y la música.


LA DOCTRINA CONFUCIANA
Los suyos eran tiempos difíciles. El poder que la dinastía Zhou ostentaba desde 1122 a. C. empezaba a declinar, y los nobles gobernantes de cada reino aprovechaban la circunstancia para promover luchas intestinas en pos de un mayor poder y más amplios territorios. Los gobernantes eran corruptos e irrespetuosos con los ritos clásicos, y carecían de piedad a la hora de ejercer la justicia, que imponía numerosas penas en exceso crueles, como la castración o la amputación de brazos y piernas. El caos reinaba y el sabio lo achacaba a la falta de virtud.

Confucio se rebeló ante esta sociedad; creía que la manera de alcanzar el orden social pasaba por el estudio y la asimilación de las enseñanzas de los grandes sabios de la Antigüedad, y el perfeccionamiento moral del hombre. Esta reivindicación de la tradición ya estaba presente durante los primeros años de la dinastía Zhou, más de cinco siglos antes del nacimiento de Confucio. Se denominaba ru, que significa “doctrina de los letrados”, y abogaba por el estudio de los libros clásicos, la práctica de las virtudes y el respeto a los antiguos reyes sabios. Algunos estudiosos consideran que su origen procede de un antiguo cargo de gobierno que consistía en ayudar al gobernante a seguir el camino del ying-yang e ilustrar al pueblo mediante la educación.

Confucio se convirtió en el gran difusor de la tradición ru. Quería revitalizar el gobierno a través de las antiguas y sabias costumbres. Para él, la armonía social y la paz dependían de la virtud del gobernante que, a su vez, dependía de una instrucción adecuada. El ideal de hombre de Confucio debía poseer cinco virtudes esenciales: la cortesía, la magnanimidad, la buena fe, la diligencia y la ternura; y regirse por una regla de oro: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. Para adquirir las citadas virtudes, el hombre debía profundizar en el estudio de las seis artes esenciales: los ritos, la música, la escritura, las matemáticas, la conducción de carros y el tiro con arco. La práctica de tales materias le dotaría del autocontrol y la disciplina necesarios para llegar a ser un hombre virtuoso.

Este ideal de hombre perfecto y sabio estaba destinado a dirigir la sociedad, ya que, mediante su ejemplo, esta se tornaría también sabia y virtuosa. Confucio creía en la bondad intrínseca del hombre y en el poder de los sabios para “contagiarla”. Pero este “contagio” pasaba por la práctica de los ritos y costumbres ancestrales Confucio les atribuía el poder de proyectar las virtudes. Así pues, con un gobernante virtuoso y un pueblo virtuoso, podía alcanzarse la paz y la armonía con el universo o Cielo (dios supremo por encima de dioses y hombres), del que al final, todos dependían.


AÑOS DE ENSEÑANZA
A los 30 años, Confucio ya se había convertido en un sabio reconocido, y sus servicios eran reclamados por doquier. Era consultado ante cualquier descubrimiento, y su respuesta siempre era rápida y documentada. Por este motivo, contaba con el beneplácito del duque de Lu que, en 518 a.C., le proporcionóun carro con dos caballos y un sirviente para viajar a Luyang, capital de los Zhou, y profundizar en el conocimiento de la música y los ritos de la dinastía Zhou. Allí tuvo lugar su famoso encuentro con Laozi (o Lao Tse), fundador del taoísmo y, por aquel entonces, archivero en la Biblioteca Real de la ciudad. Según los escritos, Laozi recibió a Confucio montado en un buey y este le regaló un ganso. Durante la estancia, los dos sabios tuvieron ocasión de conversar largo y tendido sobre diversos temas.

Durante dos décadas, Confucio rechazó numerosos cargos oficiales. El maestro prefería dedicarse al estudio y la enseñanza, antes que adentrarse en el corrupto mundo de la política. A cambio de sus enseñanzas, recibía numeroso regalos. Sus discípulos (se cuenta que tenía 3.000, 72 de ellos íntimos), le ofrecían carnero ahumado. Sin embargo, llegó un momento en el que el sabio decidió poner en práctica sus teorías.


PREDICANDO EN EL DESIERTO
Tras la muerte del duque de Lu, a cuyo servicio trabajaba, Confucio comenzó a ocupar cargos en el gobierno. Ejerció como magistrado, más tarde como consejero de Obras Públicas, después como ministro de Justicia y finalmente, en 496 a.C., como consejero del príncipe. Según narran las crónicas, el maestro contribuyó a restaurar el orden político y la equidad social, pero no por mucho tiempo. Los desmanes del príncipe y sus descuidos de cara al pueblo, así como la escasa influencia de su autoridad moral sobre el gobernante, hicieron que Confucio, enfadado, abandonara sus funciones.

Inició entonces una peregrinación por los territorios situados entre el río Amarillo (Huang He) y el río Azul (Yangzi Jiang) que duraría 12 años, desde 496 a.C. a 484 a.C. Viajaba sin ningún tipo de comodidad, acompañado de sus discípulos, y en más de una ocasión se vio en dificultades, atrapado en intrigas nobiliarias e incluso sitiado. Era entonces cuando recurría al poder tranquilizador de la música: Confucio tocaba su qin (antiguo instrumento de cuerda) para mantener la calma. Y el recurso funcionaba, ya que, a pesar de todo, no desistía en su afán por moralizar a los gobernantes. Así, el sabio recorría los principados ofreciendo sus servicios. Pretendía disuadir a los mandatarios de la necesidad de restaurar el poder monárquico con el fin de lograr la armonía entre las distintas regiones. Pero sus consejos siempre acababan cayendo en saco roto.

Finalmente, resignado ante la escasa influencia de sus consejos en los gobernantes y superado por al situación política, decidió regresar al estado de Lu y seguir dedicándose al estudio y la enseñanza. "En nuestra ciudad hay hombres jóvenes, algunos demasiado audaces y otros excesivamente modestos y cautos; debemos ir a ayudarles un poco: ¡volvamos a casa!", suspiró el sabio.


LOS CINCO CLÁSICOS
Durante su estancia en Lu, se le ofrecieron numerosos cargos oficiales, dado que el gobernante del estado había sido discípulo suyo. El anciano los rechazó todos. Su experiencia como consejero no había sido satisfactoria y quería emplear el tiempo en otros menesteres más productivos. Confucio se dedicó al estudio de los ritos de las dinastías Xia, Yin y Zhou y a la reedición de los cinco libros clásicos, denominados Yi Ying, que en algunos casos también comentó. Para Confucio, el estudio de estas obras era esencial en el camino hacia la sabiduría y la virtuosidad.

El más importante para Confucio era el Shujing o Libro de la historia, compilación de textos sobre los hechos y palabras de los antiguos emperadores que, según los estudiosos, fueron ordenados cronológicamente y prologados por el sabio. Constituía el principal libro de texto de los confucianos.

El segundo de los clásicos era el Shijing o Clásico de la poesía, una recopilación de 305 poemas que Confucio seleccionó entre más de 3.000 obras pertenecientes al período de la dinastía Zhou. Además, también reeditó el Yijing o Libro de las mutaciones, que versaba sobre adivinación, y el Liji o Memoria sobre los ritos, donde aparecían compiladas todas las ceremonias.

Según la leyenda, el último de los clásicos, llamado Chunqiu o Anales de las primaveras y los otoños fue editado o, según algunos historiadores, incluso escrito por el maestro con el ánimo de que sus enseñanzas y su nombre pasarán a la posteridad. La leyenda relata que en 481 a.C., durante el transcurso de una cacería, el conductor de uno de los carros capturó un unicornio. Confucio lo interpretó como un mal presagio e intuyó que su hora estaba cercana. “Nadie me conoce. Y si mi doctrina no ha sido llevada a la práctica, ¿cómo pasaré a la posteridad?”. El sabio decidió entonces trabajar en los Anales de las Primaveras y los Otoños, una crónica histórica sobre el estado de Lu en la época cuyo nombre forma parte del título del libro. Cuando acabó su tarea, Confucio exclamó: “He aquí el libro gracias al cual las generaciones venideras me harán justicia o me condenarán”.

Ambas cosas ocurrirían. Tras la muerte del sabio, en 479 a.C., la historia alternaría momentos de reverencia y rechazo hacia su figura. De un modo u otro, sus discípulos se encargaron de procurarle una larga memoria. Le guardaron hasta tres años de luto y recogieron en el Lun yu o Analectas sus dichos y conversaciones. La obra se convertiría en la principal fuente de conocimiento confuciano. Siglos después, la dinastía Han adoptó el confucianismo como doctrina oficial y esta adquirió con el tiempo el estatus de religión. Confucio suspiró antes de morir: “He aquí que cede la viga maestra y el sabio se va como la flor marchita”. Esta vez se equivocó. Su figura había de florecer para perdurar durante más de dos milenios


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