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ENTENDER EL MUNDO/BIOGRAFÍAS
Rigoberta Menchú, revolucionaria por la paz
 
 
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 ASÍ ME NACIÓ LA CONCIENCIA
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Rigoberta Menchú Tum es embajadora de Buena Voluntad de la Unesco.
Ganadora del premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú Tum es el símbolo de toda una etnia, la maya quiché, y de todas aquellas personas que son marginadas, explotadas y humilladas por cuestiones culturales. Su lucha contra las injusticias y en favor de los derechos humanos ha formado parte de su día a día desde que era joven. Pero fue en 1982, tras exiliarse a México por motivos políticos, cuando se dio a conocer. Allí contactó con la periodista y antropóloga Elizabeth Burgos, a quien relató su infancia y juventud. Esta, después de mucho meditarlo, decidió publicar una biografía de Rigoberta, conocida en España con el título Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia. La obra, traducida a más de doce lenguas en todo el mundo, fue el primer eslabón de una intensa vida dedicada a la denuncia de las injusticias sociales. Unos años más tarde, le llegó el reconocimiento internacional a su importantísima labor en la defensa de los derechos de los indígenas. En 1992, cuando se conmemoraba el 500 aniversario del descubrimiento de América por Cristóbal Colón, Rigoberta recibió el premio Nobel de la Paz.

LA VIDA DE LA JOVEN MAYA
Según narra la propia Rigoberta en su libro, nació en una pequeña población campesina de Guatemala, Chimel, situada en el altiplano de Uspantán. La precariedad económica de su familia la obligó, desde muy pequeña, a trabajar en el campo recolectando granos de café y algodón. Como el fruto de las cosechas no era suficiente para la subsistencia de toda la familia, tuvieron que trasladarse a las zonas costeras para trabajar en la finca de un terrateniente. Allí empezaron los problemas. Las condiciones de trabajo que había impuesto el dueño de la finca eran muy duras. Los campesinos trabajaban a destajo y recibían a cambio un jornal tan escaso que apenas tenían dinero para alimentarse, lo que hacía que contrajeran todo tipo de enfermedades relacionadas con la desnutrición. Además, el terrateniente desconocía las lenguas indígenas, lo que agravaba la falta de comunicación y entendimiento entre las dos partes. La situación era tan grave y tensa que un hermano de Rigoberta murió por desnutrición y el día de su entierro, su madre fue despedida por acudir al sepelio.

Años más tarde, Rigoberta abandonó el campo para trabajar en la ciudad. Allí encontró un puesto de empleada de servicio doméstico. Tal y como explica en su libro, fue la época más dura de su vida. Hasta entonces había vivido en condiciones de absoluta pobreza, pero no había experimentado la discriminación, la humillación y la marginación racial. No obstante, pronto regresaría a su comunidad natal. Su padre, Vicente Menchú, había sido encarcelado por pertenecer a un grupo guerrillero. Una vez puesto en libertad, fundó el Comité de Unidad Campesina (CUC), en el que Rigoberta ingresó en 1979.

Poco después, la situación en Chimel empeoró. Los terratenientes necesitaban nuevas tierras para sus cultivos y el altiplano era una buena zona para conseguirlas. Así, con el fin de hacerse con el territorio quiché, engañaron a sus habitantes. Los indígenas, que no sabían leer ni escribir, firmaron la renuncia a sus tierras, cediéndolas a los señores. El enfrentamiento se hizo inevitable. Los mayas, como no comprendían las consecuencias de lo que habían pactado, se organizaron para defender su territorio ante la invasión de los latifundistas. Una vez más, los campesinos salieron mal parados de la lucha y perdieron sus tierras.

En el relato editado por Elizabeth Burgos, Rigoberta explica cómo perdió a gran parte de su familia a manos del ejército, y cómo su hermano y su madre fueron torturados y asesinados por militares del Gobierno. Su padre falleció en una protesta en 1981, cuando un grupo de campesinos mayas se manifestaban a favor de la causa indígena y por los derechos humanos en la Embajada de España en Guatemala. El Gobierno guatemalteco reprimió a los congregados mediante la fuerza y la violencia, llegando a incendiarse el edificio de la embajada. Aquel día quedó grabado en la memoria reciente de Guatemala.

A partir de aquel momento, Rigoberta decidió aprender español y otras lenguas indígenas para dar a conocer al mundo entero el sufrimiento de su comunidad. Convocó más manifestaciones en la capital guatemalteca y militó, hasta 1981, en el Frente Popular 31 de Enero, un movimiento revolucionario formado por trabajadores del campo que centraba su lucha en la mejora de las condiciones de vida de los campesinos indígenas.


DESDE EL EXILIO
El año 1981 estuvo marcado por el exilio de Rigoberta a México, donde su vida daría un giro radical. Rápidamente incrementó su fama como activista y defensora de los derechos humanos en Guatemala y Centroamérica. Dos años más tarde, gracias a la publicación de su libro, la discriminación que sufrían los indígenas guatemaltecos se dio a conocer internacionalmente y Rigoberta pasó a ser admirada por la izquierda revolucionaria.

Durante la década de 1980, Rigoberta fue persona non grata para el Gobierno guatemalteco. La publicación y la venta de su libro se prohibieron, y sus intentos de regresar a Guatemala acabaron desvaneciéndose por las continuas amenazas de muerte que recibía. Sin embargo, la situación no la desanimó y continuó colaborando con movimientos guatemaltecos desde el extranjero, como en 1986, cuando entró a formar parte del Comité Internacional del CUC (Comité de Unidad Campesina).

El verdadero reconocimiento a su trabajo llegó en 1992, cuando Rigoberta recibió el premio Nobel de la Paz. Su personalidad luchadora, el valioso testimonio que era de las discriminaciones culturales que padecían los pueblos indígenas en Centroamérica, su defensa de los derechos humanos y su lucha por una reconciliación étnico-cultural basada en el respeto fueron los aspectos que la Fundación Nobel tuvo en cuenta a la hora de concederle el galardón. Con el premio económico que recibió, Rigoberta creó la fundación que lleva su nombre, cuya sede está en Guatemala. Pero no todo fue perfecto, Rigoberta era la primera mujer indígena en ganar un premio de este calibre y la opinión pública pronto se hizo eco de ello.

Los grupos conservadores de todo el mundo no tardaron en denunciar que la ganadora del Nobel de la Paz había sido guerrillera y revolucionaria. Acusaciones de las que Rigoberta se defendió dejando clara su postura: “si hubiese optado por la lucha armada estaría escondida en las montañas de Guatemala con un arma en mis manos, y no defendiendo la dignidad de mi pueblo a través del diálogo”.

A pesar de la opinión de quienes creían que el premio no estaba bien concedido, Rigoberta siguió adelante con su lucha. En 1998 publicó su segundo libro La nieta de los mayas, en el que narraba sus vivencias desde el exilio en México hasta la obtención del Nobel. En esta ocasión, no solo relataba la historia de su pueblo, sino que también incluía reflexiones sobre el genocidio y los abusos de poder que se habían sucedido en su país durante la dictadura militar. Numerosos personajes públicos vinculados a la lucha por los derechos humanos colaboraron en la edición de esta obra. Eduardo Galeano, escritor y periodista uruguayo, exaltaba en el prefacio de la obra la tarea llevada a cabo por Rigoberta al explicar, a través de su testimonio, la historia de todo un pueblo. Además, el director general de la sección española de Amnistía Internacional, Esteban Beltrán, presentaba la obra y Humberto Ak’abal, poeta y narrador guatemalteco, la introducía.


RIGOBERTA EN EVIDENCIA
Un año más tarde, un periodista y antropólogo norteamericano, David Stoll, viajó a Guatemala, al altiplano de Uspantán, para verificar, punto por punto, la veracidad de la historia relatada por la joven maya. Entrevistando a los habitantes de la comunidad, se dio cuenta de que muchos hechos narrados en el primer libro no coincidían con lo que en realidad había sucedido. Alarmado ante este descubrimiento, puso en entredicho la autenticidad del relato de Rigoberta, a la que acusó de aprovecharse de la situación que vivía su país y de apropiarse de acontecimientos como propios para llamar la atención internacional. Desde la Fundación Rigoberta Menchú en ningún momento negaron las acusaciones y alegaron que Rigoberta narra en su libro hechos que presenció, cuya importancia no recae en si las víctimas fueron familiares, vecinos o amigos, sino que las hubo de verdad.

RECONOCIMIENTO EN ESPAÑA
La figura de Rigoberta no ha pasado desapercibida para la comunidad española. En 1998 le concedieron el premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional. Galardón que compartió con otras seis mujeres, todas ellas dedicadas a la lucha en favor de los derechos de la mujer y de la paz, y a su labor en defensa de la solidaridad entre personas y pueblos. Un año después, Rigoberta denunció en la Audiencia Nacional de Madrid la violación de los derechos humanos en Guatemala durante la dictadura militar. El juez Baltasar Garzón envió una comisión para indagar sobre la responsabilidad de militares guatemaltecos en la muerte y desaparición de españoles, en especial, durante el incendio del edificio de la embajada española en 1981.

EN EL SIGLO XXI
En la actualidad, Rigoberta es embajadora de Buena Voluntad de la Unesco. Además se ha adentrado en el mundo de la literatura infantil publicando dos libros de cuentos titulados Una niña de Chimel y El vaso de miel. En ellos se expone la espiritualidad y la forma de vida del pueblo maya y es una excelente manera de acercar la cultura de este grupo indígena a todos los niños del mundo. En el mes de mayo del 2004, Rigoberta visitó Barcelona vestida con su huipil -traje típico maya- para participar en el diálogo La memoria compartida, que tuvo lugar con motivo de la celebración del Fórum de las Culturas. En 2007 y 2011 se presentó a las elecciones presidenciales de su país, pero obtuvo unos discretos resultados.

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