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ENTENDER EL MUNDO/BIOGRAFÍAS
Santo Tomás, doctor de la Iglesia
 
 
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 FILÓSOFO DEL EQUILIBRIO
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Santo Tomás de Aquino y san Daniel (1402), en un lienzo pintado por un autor anónimo (Italia).

Tomás de Aquino (1224-1274) nació en Roccasecca, cerca de Aquino (Italia). En 1230, sus padres –el conde Landolfo y Teodora, hija de los condes de Chieti– lo llevaron a Montecassino con la esperanza de que llegara a ser abad del relevante monasterio benedictino. Fue enviado en 1239 a la Universidad de Nápoles para seguir cursos de artes y teología, pero, renegando de su condición de aristócrata italiano –"para poder servir a Dios con la inteligencia"–, Tomás manifestó su voluntad de ingresar en alguna orden de mendicantes y predicadores.

Este deseo chocó con la oposición de su familia. Fue incluso secuestrado por sus hermanos y retenido durante más de un año. Incorporado a la orden de los dominicos, se trasladó a París, donde trabó amistad y estudió con Alberto Magno, teólogo que reivindicaba la observación empírica como fuente del conocimiento. Junto con este, se trasladó a Colonia (hoy, en la actual Alemania), donde prosiguió sus estudios de teología. Luego regresó a París, en cuya universidad se licenció como maestro en teología, tras comentar, como era obligatorio en esa época, El libro de las sentencias, de Pedro Lombardo. A cargo de una de las dos cátedras reservadas para los dominicos, Tomás siguió un rumbo entonces tan audaz como peligroso en el seno de la Iglesia: el pensamiento de Aristóteles, acusado de "materialismo" por Roma. Para colmo de osadías, de la mano de su maestro parisino Siger de Brabante, estudió a Aristóteles no solo a través de la lectura directa del filósofo griego, sino también de las traducciones comentadas de Averroes, el gran pensador árabe. Pese a que Siger de Brabante fue condenado por la Iglesia y murió en la cárcel, Tomás siguió difundiendo la "teoría de las dos verdades", según la cual no hacía falta optar entre la fe y la razón, entre la Biblia y el saber empírico, porque cada cuestión puede ser verdad en su plano y lenguaje específicos.
Dar un margen de credibilidad a un espacio diferente al delimitado por el dogma de la Iglesia constituía en esa época un verdadero acto de arrojo, y no solo intelectual. Para Tomás, la teología partía inevitablemente de unos principios marcados por el "misterio" sobrenatural, pero los elaboraba a posteriori mediante el ejercicio de la razón. De este modo, se enfrentó a la hegemonía del pensamiento neoplatónico en la Iglesia, impuesto por el magisterio de san Agustín, que privilegiaba la revelación por encima de la experiencia y confería a la teología un carácter absolutamente espiritualista.


CONTRA EL AGUSTINISMO
En abierta oposición al agustinismo, Tomás relativizó los conceptos universales (abstracciones) de la doctrina de la Iglesia y se atrevió a negar la realidad previa de las ideas. En una especie de pragmatismo muy avanzado para la época, afirmó que, si bien los conceptos estables y los juicios sólidos poseen una peculiar existencia autónoma, tienen su fundamento en las cosas materiales. Y con una pincelada de empirismo señaló que incluso varias cosas que responden a una misma idea logran su propia individualidad por su respectiva materia "marcada por la cantidad".
En 1259, Tomás de Aquino volvió a Italia, donde permaneció hasta 1268 enseñando en la corte pontificia, a la que acompañaba, en calidad de teólogo consulto del papa, en sus desplazamientos. En 1269, al regresar a la Universidad de París, se encontró con un ambiente agitado por los graves enfrentamientos entre los "aristotélicos averroístas" y los "agustinianos". En un alarde de síntesis y equilibrio, Tomás integró las dos posturas al afirmar que existían tanto las verdades reveladas como las conocidas a través de la experiencia.

Realizó una relectura de Aristóteles, en cuanto metafísico, epistemólogo, antropólogo y lógico, pero sin dejar de conferir un componente "cristiano" –es decir, platónico– a sus exégesis. Por ejemplo, en la teoría del alma, Tomás distinguió los niveles aristotélicos –alma vegetativa, nutritiva, motriz, intelectual pasiva e intelectual activa–, pero afirmó que estos dos últimos ya conformaban el alma individualmente inmortal, incluso dotada de cierta capacidad cognitiva concedida por Dios. Al mismo tiempo que reconocía la existencia indiscutible de Dios como hecho previo a todo razonamiento, Tomás agregaba las pruebas establecidas por Aristóteles, a saber: por el movimiento del mundo y la causalidad universal, que requieren un primer motor inmóvil; por la contingencia del mundo, que postula que todo lo que existe sea necesario; por los grados de perfección, que inevitablemente remiten a un plano de perfección absoluta, y por la necesidad de que el mundo tenga origen.


CONCEPCIÓN TOMISTA DE LO SOCIAL
En el orden de la organización social y los principios morales, Tomás de Aquino mostró una creciente tendencia a la conciliación, que también se inspiraba en Aristóteles. El tema de la quaestio de la propiedad privada, en especial de la tierra, era muy debatido en esos tiempos, dado que, en manos de los señores feudales y de la propia Iglesia, la propiedad latifundista constituía el medio de producción y enriquecimiento fundamental de la Edad Media. En su pugna con la nobleza secular por la apropiación de tierras, las jerarquías eclesiásticas a veces optaban por hacer un guiño de complicidad hacia los sectores campesinos, que eran los más afectados por el régimen del latifundio. En especial, esta política era impulsada por las órdenes menos beneficiadas, de cuyo seno surgieron los franciscanos, que establecieron el culto de la austeridad. En este conflictivo debate, Tomás adoptó una posición conciliadora, y es este factor el que hizo que el tomismo pudiese desplazar al pensamiento agustiniano y se convirtiese finalmente en teoría oficial de la Iglesia. En este debate, Tomás reconoció, como los primeros teólogos, que para el cristiano la propiedad privada no tiene sentido ni justificación, porque, en principio, la tierra, por ser de Dios, no es de nadie. Sin embargo, en vez de condenar a los ricos terratenientes, apeló a la costumbre como principio de legitimación o como mal menor. De esta manera, a partir de esta singular jurisprudencia, los levantamientos campesinos de la época, muchos de los cuales se hacían en nombre del verdadero cristianismo, pudieron ser condenados por la Iglesia, cuyos intereses económicos eran más próximos a los dueños de la tierra que a quienes la trabajaban.

Un año antes de su muerte, cuando sus ideas empezaban a ser adoptadas por los dominicos, una de las órdenes más poderosas de la Iglesia, Tomás minimizó sus escritos, hasta se burló de ellos, y dejó de trabajar. Falleció cuando, invitado por el papa Gregorio X a asistir al II Concilio de Lyon, tuvo que detenerse en el castillo de Maenza, de donde fue trasladado por propio deseo al monasterio de Fossanuova. A los tres años de su muerte, su obra –en especial su Summa contra gentiles, su Summa theologica y sus Disputationes– quedó en entredicho por condena eclesiástica. En 1323 Tomás de Aquino fue canonizado y su obra fue rehabilitada. En 1567 fue declarado doctor de la Iglesia y en 1880, Doctor Angelicus, patrono de todas las escuelas católicas y teólogo máximo y casi dogmático del catolicismo.


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