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ENTENDER EL MUNDO/BIOGRAFÍAS
Alejandro Magno, el emperador perfecto
 
 
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 CONQUISTADOR DEL MUNDO ANTIGUO
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Busto de Alejandro Magno.
Joven, valiente y dotado de unas cualidades intelectuales extraordinarias, Alejandro Magno, rey de Macedonia, conquistó en muy poco tiempo uno de los imperios más extensos de la antigüedad. Su habilidad política, unida a una gran capacidad como estratega militar, fueron decisivas para dominar los territorios que colonizó. El legado de Alejandro tocó a su fin tan rápidamente como se creó. Al morir, sus generales se repartieron el imperio deshaciendo, además, su política de integración entre Oriente y Occidente.

Son muchos los factores que hicieron de Alejandro Magno un estadista envidiado por todos los emperadores de la historia. Su vida fue corta. En sólo ocho años consiguió conquistar un territorio de 10 millones de kilómetros cuadrados y fundar una ciudad con su nombre que durante siglos sería el faro de la cultura occidental: Alejandría.

No es casual que fuera allí donde Julio César recibiese la cabeza de Pompeyo tras la victoria de Farsalia, o donde Octavio se proclamara dueño de Oriente tras vencer a Cleopatra, la Serpiente del Nilo. Federico II respondió con la sexta cruzada a la llegada de los emisarios del sultán Malik-el-Kamil, asentado en la ciudad egipcia. Y Napoleón Bonaparte quiso iniciar en Alejandría una aventura digna de un “nuevo Alejandro”. El corso creía tener el mando de un ejército tan indestructible como el del macedonio, pero, a diferencia de éste, nunca supo ganarse la confianza de la mayor parte de los colonizados. Napoleón no sólo admiraba de Alejandro sus dotes militares. Lo que más le subyugaba del macedonio era su energía y maestría en el gobierno de su imperio.

Alejandro Magno era hijo del rey Filipo II de Macedonia y de la princesa Olimpia de Epiro, actual Albania. A los veinte años heredó el trono de su padre. En aquella fecha –año 336 a.C.– era ya considerado un militar valeroso y un joven con unas cualidades intelectuales brillantes. Probablemente nadie como él encarnó tan bien al gobernante que Platón imaginó para su República (“La felicidad del mundo no estará asegurada hasta el día en que el poder político y la filosofía se concentren en la misma persona”).

Los historiadores polemizaron sobre las razones de la larga expedición de Alejandro Magno contra los persas. Algunos la atribuyeron a un instinto de venganza contra ellos, que habían derrotado a los griegos 150 años atrás. Pero en realidad fue la personalidad de Alejandro –su ambición, su vitalidad– la que le llevó en el 334 a.C. a cruzar el Helesponto –el actual estrecho de los Dardanelos, que separa Europa de Asia– y combatir, con un ejército mucho más limitado en número de hombres y armas, a Darío III, el monarca persa.

El genio de Alejandro era más vivo que el de su padre. Por eso, cuando éste fue asesinado y aquél subió al trono, ejecutó sin contemplaciones a todos los conspiradores e inició una campaña para frenar cualquier pretensión de rebelión extranjera. Todavía hoy sigue fascinando la extraña personalidad de Alejandro Magno, capaz al mismo tiempo de adoptar las medidas más astutas y prudentes, y de cometer las crueldades más abyectas movido por arrebatos de ira.

Cuando Filipo de Macedonia, padre de Alejandro, venció a atenienses y tebanos en la batalla de Queronea (338 a.C.), eludió asumir las responsabilidades de rey de Grecia. Prefirió proclamarse hegemon, es decir, un simple federador. En esa batalla, Alejandro, que tenía entonces 18 años, dirigió la caballería. Tal vez esa inteligente decisión de Filipo fue el primer ejemplo práctico de conquista por el que pudo conocer a su hijo.

Sus padres lo instruyeron en la dirección de ceremonias religiosas. Hallándose imbuido de muchas de las ideas de la religión tradicional y de los misterios extáticos, no es extraño que Alejandro estuviese convencido del componente divino de su misión.


LAS FALANGES, CLAVE DE SUS ÉXITOS
Alejandro es el primer militar “moderno”. Sus victorias no se deben a la facilidad para formar un ejército numeroso, como había sido el caso de Ciro el Grande, sino a una estudiada planificación de la estrategia. Una de las aplicaciones militares más famosas de Alejandro fueron las falanges, un modo de disposición de sus tropas en el campo de batalla “como un enorme erizo de largas lanzas”. Gracias a su complejo funcionamiento, la invulnerable falange macedónica esperaba el agotamiento del adversario para luego embestirlo y destrozarlo con la potencia de choque de su caballería. Aunque muy eficaces para quebrar el orden de ataque del adversario, estas unidades tenían dos defectos: la necesidad de luchar en terreno plano y la dificultad para retirarse si el oponente las cercaba.

La falange no fue la única demostración de inteligencia logística de Alejandro. Su ejército no arrastraba armamento pesado. En caso contrario, la expedición a Asia hubiera agotado a los combatientes en poco tiempo. El rey macedonio contaba en sus filas con todo tipo de especialistas capaces de improvisar cualquier clase de arma. Eso le ayudó a vencer todo tipo de dificultades.

Otra demostración del genio militar de Alejandro Magno fue la flexibilidad de su corte de expedicionarios. Alejandro iba dejando destacamentos no beligerantes en las plazas que se anexionaba, e iba incorporando a sus filas soldados de cada una de esas ciudades.


EL FIN DEL "MAGNO IMPERIO"
Al igual que muchos emperadores, Alejandro tuvo una marcada conciencia del sentido religioso de su misión. Cuando peregrinó al templo egipcio de Amón, el dios carnero, ya tenía la idea de concebir un imperio estable y de larga vida. Fue ese afán de posteridad el que le llevó a fundar nada menos que catorce ciudades con su nombre en los lugares más diversos: la Alejandría egipcia fue sucedida por una larga serie de villas homónimas, o bien con apelativos compuestos como Alejandría Escate, Alejandría de Aria o Alejandría Proftasia. Todas ellas gozaron de un emplazamiento envidiable y de unos excelentes servicios para la época: suministro de agua, buen pavimentado, ágil administración...

Cerca de Nicea, en el tramo final de su andadura, Alejandro Magno fundó Bucefalia, una ciudad dedicada a su amado caballo. Los últimos monumentos erigidos en su trayecto asiático, los pilares del Hifasis, debían recordar a los futuros habitantes de la Tierra la magnitud de la empresa alejandrina. Pero Alejandro no tuvo tiempo de preparar el aparato burocrático para el mantenimiento de su imperio. La prematura muerte de Alejandro IV, su sucesor natural, le hizo rodearse de un grupo de jóvenes colaboradores de los que siempre receló. En sus últimos días de vida, Alejandro Magno afirmó que legaba su imperio “a los más fuertes”. Esta lacónica frase dejó abierta la puerta a una lucha fratricida. Sus antiguos camaradas se enzarzaron en luchas internas que aceleraron la rápida desmembración del gigantesco imperio conquistado.


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