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ENTENDER EL MUNDO/BIOGRAFÍAS
Pasteur, padre de la microbiología
 
 
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 LA FE EN EL PROGRESO
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Auguste Comte, creador del positivismo filosófico, por A. Etex, 1852 (Casa de Auguste Comte, París).

La oleada de revoluciones populares y levantamientos nacionales que agitó a Europa en 1848 puso fin al llamado Antiguo Régimen, basado en el absolutismo y el clericalismo de las monarquías tradicionales. Olvidadas las promesas de justicia y democracia que había hecho para ganarse el apoyo mayoritario, la burguesía europea se afianzó en el poder, consolidó la explotación capitalista, buscó nuevos mercados para sus manufacturas, expandió su política colonial en Asia, África y América, y alentó el desarrollo de la investigación científica aplicada a la industria. Los grandes inventos y descubrimientos, que aplicados a la producción manufacturera desencadenaron una revolución tecnológica, sentaron las bases del gran mito de la modernidad: el desarrollo de las fuerzas productivas era sinónimo de progreso para toda la humanidad.

Entre 1830 y 1842, la publicación del Curso de filosofía positiva, de Auguste Comte, sentó las bases ideológicas del nuevo credo. En efecto, el positivismo afirmó que solo era legítimo el estudio de los hechos cuya existencia resultaba verificable empíricamente y que al filósofo o al hombre de ciencia solo le correspondía establecer relaciones entre los mismos según los criterios lógicos de la causalidad más elemental. La relación causa-efecto debía regir todas las instancias de la actividad humana, desde la económica hasta la política. Así como las enfermedades, ocasionadas por microorganismos, se resolvían con vacunas que eliminaban los gérmenes patógenos, los problemas sociales, como la desocupación o el hambre, se resolverían mediante la creación de fábricas o el incremento de la producción de alimentos. En este contexto de expansión capitalista, crecieron figuras científicas como la de Louis Pasteur, celebradas por todas las instancias sociales e institucionales. Por supuesto, hechos como la guerra franco-prusiana (1870) y las posteriores represiones que siguieron a la Comuna de París (1871) en toda Europa se encargaron de demostrar que la sociedad estaba lejos de ser un laboratorio y que el progreso no iba a ser indefinido ni para todos.


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